En junio de 2025, Texas aprobó una ley histórica, apoyada por el exgobernador Rick Perry, que asigna 50 millones de dólares para apoyar la investigación sobre la ibogaína, uno de los psicodélicos más potentes, en el tratamiento de la adicción a los opioides y del trastorno de estrés postraumático resistente a terapias convencionales.
En mayo, Arizona aprobó una ley similar para financiar estudios sobre la eficacia de la ibogaína en el tratamiento de veteranos y personas con lesiones cerebrales traumáticas.
Estas iniciativas se suman a las de estados como Oregón, Colorado, Kentucky y Georgia, que en los últimos dos años han legalizado la ketamina —un psicodélico usado como anestésico en salas de emergencia— con fines terapéuticos.
En términos generales, los psicodélicos son sustancias psicoactivas que alteran la percepción, la cognición y el estado de ánimo mediante su interacción con neurotransmisores como la serotonina.
La antropóloga médica, Pardis Mahdavi, he dedicado 25 años al estudio de enfoques alternativos para los tratamientos de salud mental, y en los últimos cuatro se ha centrado, específicamente, en el impacto de los psicodélicos en la conciencia y la espiritualidad.
El impulso para legalizar estas sustancias en EU no es nuevo. Sin embargo, lo que distingue a esta última ola de apoyo es el respaldo de una suerte de “santísima trinidad” de partidarios: científicos, políticos y clérigos. Históricamente, diversos grupos religiosos utilizaron psicodélicos con fines de sanación espiritual, y algunos líderes religiosos que tuvieron contacto reciente con estas medicinas abogan por su uso para obtener revelaciones místicas.
¿Qué dice la ciencia?
Existen distintos tipos de psicodélicos. Los clásicos incluyen la dietilamida del ácido lisérgico (LSD), la psilocibina (componente activo de los hongos alucinógenos) y la mescalina, presente en el peyote y el cactus San Pedro. Otro es la N,N-dimetiltriptamina (DMT), sustancia activa en la ayahuasca y otras plantas.
Más allá de los psicodélicos clásicos, otras sustancias psicoactivas asociadas a este grupo incluyen el MDMA, capaz de inducir sentimientos de amor, empatía y conexión. Un estudio de 2021 mostró que, tras tres sesiones de terapia asistida con MDMA, los síntomas de TEPT se redujeron en un 67% en una muestra de 104 participantes, lo que marcó un punto de inflexión en su consideración como modalidad terapéutica.
A esta categoría se suman los agentes disociativos como la ketamina, que pueden inducir estados alterados de consciencia. Aunque fue desarrollada como anestésico, hoy cobra relevancia en salud mental, en particular por sus efectos antidepresivos.
La ibogaína, derivada de la planta iboga originaria de África Occidental, produce visiones y sueños intensos. Fue utilizada durante siglos por curanderos tradicionales para tratar problemas como la ansiedad y la depresión.
Una revisión de 24 estudios publicada en 2022 por los Institutos Nacionales de Salud (NIH) reveló que la ibogaína redujo significativamente la depresión, el TEPT y la adicción a opioides en al menos dos tercios de 743 participantes. Estos hallazgos coinciden con un estudio de Stanford de 2024, que registró una reducción del 88% en los síntomas de TEPT tras su uso en 30 veteranos militares.
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El clero y los psicodélicos
Respaldados por esta evidencia, varios profesionales de la salud mental y científicos defendieron la terapia asistida con psicodélicos. Lo novedoso ahora es la adhesión de clérigos de alto perfil a este movimiento.
Un estudio reciente de la Universidad de Nueva York y Johns Hopkins incluyó a ministros episcopales, sacerdotes católicos, rabinos y monjes zen: 24 de los 29 participantes coincidieron en que los psicodélicos pueden propiciar experiencias espirituales profundas.
Un artículo de The New Yorker de mayo de 2025 destacó que varios de estos líderes religiosos se convirtieron en defensores del uso de psicodélicos como medicina espiritual. Aunque la muestra fue pequeña y mayoritariamente integrada por líderes cristianos, los resultados son notables: el 96% describió el consumo de psicodélicos como una de las cinco experiencias espirituales más significativas de sus vidas.
Otro estudio, realizado por los NIH en 2019, se centró en los efectos de la DMT y reveló que el 75% de los 42 participantes reportaron un “intenso encuentro místico” que los acercó a lo divino. Relataron haber visto destellos de luz blanca, escuchado sonidos angelicales, sentido un hormigueo en el cuerpo y experimentado una abrumadora sensación del amor de Dios.
Un ‘contacto con Dios’
En iglesias que utilizan psicodélicos como sacramento, los líderes describen estas sustancias como facilitadoras de una conexión más profunda con lo divino. Durante los servicios, se administran los psicodélicos y luego se entonan cánticos, rezos o meditaciones. Varios líderes con los que conversé describen su función como un medio para intensificar la concentración en Dios durante más tiempo.
La Iglesia Nativa Americana, considerada la organización indígena más grande de Estados Unidos, ha utilizado legalmente el peyote en sus rituales desde la década de 1990. La Ley de Libertad Religiosa de los Indios Americanos de 1994 permite el uso y transporte de peyote en contextos rituales, pese a ser una sustancia de la Lista 1, lo que implica que, en principio, es ilegal salvo por las exenciones contempladas en la ley.
Más recientemente, surgieron iglesias que emplean la ayahuasca como sacramento. En mayo de 2025, la Iglesia Gaia, en Spokane (Washington), se convirtió en una de las primeras en recibir una exención de la DEA para el uso ritual de esta bebida.
Un chamán que lidera una iglesia de ayahuasca en Hawái me dijo el año pasado que los psicodélicos son un “telesilla hacia Dios”, dado el número de personas en su congregación que reportan haber percibido lo divino tras consumirla.
“No cabe duda de que los psicodélicos pueden inducir experiencias espirituales profundas”, explica un sacerdote que ahora defiende la psilocibina. “Si esto es lo que puede unir a la gente y regresar a la iglesia, entonces armonizar las costumbres ancestrales con las plantas medicinales, las tecnologías modernas y la religión podría ser la manera de sanar los males sociales”.
Proceder con cautela
Aunque la mayoría de los psicodélicos clásicos se consideran seguros y no generan adicción, también conllevan riesgos. Su uso puede inducir ansiedad aguda, ataques de pánico o paranoia, e incluso, en casos extremos, episodios psicóticos o pensamientos suicidas, especialmente en personas con antecedentes de esquizofrenia u otras enfermedades mentales graves.
Además, pueden afectar temporalmente el juicio y la coordinación, aumentando el riesgo de accidentes o conductas peligrosas si se consumen en contextos recreativos. Estos riesgos se ven agravados por la variabilidad en las dosis, la adulteración de sustancias y la ausencia de facilitadores capacitados.
Por ello, la mayoría de los profesionales de la salud mental y defensores de estas terapias recomiendan que su consumo se realice bajo la supervisión de médicos o guías espirituales con formación en preparación, acompañamiento y cuidado posterior.
Para chamanes y practicantes indígenas, estas sustancias son medicinas sagradas empleadas en procesos de sanación. La ciencia moderna empieza a confirmar algunos de sus beneficios, tanto en el tratamiento del trauma y la adicción como en su capacidad de ofrecer experiencias místicas que permiten a las personas conectar con lo divino.
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*Pardis Mahdavi es Profesora de Antropología, Universidad de La Verne.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation










