En la partitura geopolítica latinoamericana, México y Brasil han transitado con frecuencia por sendas paralelas, cada uno con su propia cadencia y herencia. A pesar de ser las dos economías más grandes de la región, pocas veces han tocado a un mismo compás. El mariachi y la samba destinados a sonar en espacios distintos. Ahora, otra modulación comienza a escucharse.
La visita a la Ciudad de México del vicepresidente de Brasil, Geraldo Alckmin, acompañado de una delegación de alto nivel, marca un momento singular. Su reunión con Juan Ramón de la Fuente y Marcelo Ebrard, secretarios de Relaciones Exteriores y de Economía, y la firma de documentos estratégicos para ampliar la cooperación en sectores clave como el comercio, agricultura y ciencia, marca el inicio de una agenda mayor.
El año pasado, el intercambio comercial entre ambos países alcanzó los 14 mil millones de dólares; la aspiración de Brasil es incrementarlo de manera significativa. Los dos gigantes latinoamericanos entienden que su futuro regional y global depende en gran medida de cómo se relacionen entre sí.
Este acercamiento no surge en el vacío. Apenas en junio, la presidenta Claudia Sheinbaum sostuvo un encuentro con su par brasileño Luis Ignacio Lula da Silva durante la cumbre del G-7 en Canadá. Aquel diálogo político abrió la puerta a la concreción de acuerdos recientes. México y Brasil están dispuestos a pasar de las coincidencias retóricas a proyectos palpables.
La importancia de este entendimiento no se reduce al comercio. Ambos países han emprendido estrategias paralelas de reconstrucción del tejido social. Brasil ha lanzado el programa Periferia Viva, con inversiones dirigidas a urbanizar 49 favelas en 12 estados. Pavimentación, drenaje, alumbrado público y mejoramiento de viviendas representan un intento de dignificar territorios de violencia.
En México, la capital nacional refleja esta misma lógica de intervención integral. La Jefa de Gobierno, Clara Brugada, ha impulsado programas de proximidad social, fortalecimiento de cuadrantes policiales y un robustecimiento del ecosistema de videovigilancia del C5. Este modelo, basado en la combinación de tecnología y prevención social, ha contribuido a una reducción del 61 por ciento en delitos de alto impacto entre 2019 y 2025.
La apuesta, como en Brasil, no es solo vigilar, sino acompañar a las comunidades, atender vulnerabilidades y crear un entorno urbano donde la seguridad se sostenga también en la confianza ciudadana.
En ambos casos se advierte un patrón: la seguridad deja de entenderse únicamente como el despliegue de fuerza y comienza a concebirse como un proyecto de dignificación urbana. Tanto Lula como Sheinbaum, ambos con orígenes políticos vinculados a la izquierda, coinciden en colocar la justicia social como pilar de la seguridad.
El mariachi se pone a ritmo de samba y la batucada toca con otro son.
Sobre el autor:
Salvador Guerrero Chiprés es Coordinador General del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano (C5) de la Ciudad de México.
X: @guerrerochipres
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Twitter: @C5_CDMX
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