“La mayor distancia entre un padre y un hijo no se mide en kilómetros, sino en la incapacidad de comprender lo que el otro intenta decir.”
En psicoterapia, cuando un profesional afirma que “no hay resonancia”, generalmente se refiere a una ausencia de conexión emocional: una falta de sintonía entre lo que se dice, lo que se siente y lo que realmente está ocurriendo.
Curiosamente, algo muy similar sucede en muchas empresas familiares.
Esta reflexión nació en una conversación con el Dr. Irving Mendoza. Entre el disfrute pausado de un buen vino tinto, surgió una idea poderosa: así como la salud de una persona depende de su equilibrio interno, la salud de una empresa familiar depende de la calidad de sus vínculos.
Porque padres e hijos hablan, se reúnen y trabajan juntos… pero en ocasiones dejan de escucharse verdaderamente.
Y cuando la resonancia desaparece, los conflictos comienzan a ocupar el espacio que antes llenaba la confianza.
La resonancia perdida
En las empresas familiares es frecuente escuchar frases como:
— “Mi hijo no entiende el sacrificio que costó construir esto.”
— “Mi padre nunca escucha mis ideas.”
— “Hablamos todos los días, pero no nos entendemos.”
Lo interesante es que muchas veces ninguno está equivocado.
El problema no es la falta de comunicación, sino la falta de resonancia.
La resonancia aparece cuando las palabras encuentran significado en quien las escucha.
Cuando la intención y la interpretación logran encontrarse.
Cuando existe una conexión emocional que permite comprender no solo lo que se dice, sino también lo que se siente.
Sin resonancia, las conversaciones se convierten en monólogos simultáneos.
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La analogía del diapasón
Imagine dos diapasones afinados exactamente en la misma frecuencia.
Si golpeamos uno, el otro comenzará a vibrar sin haber sido tocado.
Eso es resonancia.
Ahora imagine que uno de ellos está desafinado.
Por más fuerte que golpeemos el primero, el segundo permanecerá inmóvil.
Lo mismo ocurre entre generaciones en una empresa familiar.
Muchos padres elevan el volumen de sus mensajes pensando que así serán escuchados.
Muchos hijos aumentan sus argumentos creyendo que convencerán a la otra parte.
Pero el problema rara vez es el volumen.
El problema suele ser la frecuencia.
Están hablando desde experiencias, necesidades y expectativas distintas.
Señales de que no hay resonancia familiar
- Las reuniones terminan en discusiones recurrentes.
- Se habla mucho de resultados y poco de emociones.
- Padres e hijos interpretan los mismos hechos de manera completamente diferente.
- Las decisiones importantes se postergan.
- Se confunde obediencia con compromiso.
- Se escucha para responder, no para comprender.
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Preguntas para reflexionar
Para los fundadores
- ¿Estoy escuchando a mis hijos o solamente evaluándolos?
- ¿Quiero continuidad o quiero control?
- ¿Estoy compartiendo experiencia o imponiendo mi historia?
- ¿He explicado el propósito detrás de mis decisiones?
Para la siguiente generación
- ¿Comprendo realmente los sacrificios que hicieron mis padres?
- ¿Estoy buscando construir o simplemente cambiar?
- ¿Escucho para entender o para demostrar que tengo razón?
- ¿He ganado confianza o solo reclamo autoridad?
Para toda la familia
- ¿Qué conversación importante estamos evitando?
- ¿Qué tema genera silencio cada vez que aparece?
- ¿Qué necesita ser dicho antes de que se convierta en conflicto?
El papel del gobierno corporativo
Muchas familias creen que el gobierno corporativo trata de consejos, reglamentos y estructuras.
En realidad, su función más profunda es crear espacios donde vuelva a existir resonancia.
Un consejo familiar, un protocolo familiar o un consejo consultivo bien diseñado no sustituyen las relaciones; las fortalecen.
Ayudan a que las conversaciones difíciles ocurran antes de que se conviertan en crisis.
Porque los problemas familiares rara vez aparecen de repente.
Generalmente son conversaciones pendientes que permanecieron demasiado tiempo sin escucharse.
Cuando la empresa se enferma… casi siempre la familia ya lo estaba
En aquella charla con el Dr. Mendoza quedó claro algo que pocas veces se dice:
la empresa no se enferma sola.
Se deteriora cuando quienes la sostienen pierden la capacidad de resonar entre sí.
Las empresas familiares no fracasan únicamente por problemas financieros, estratégicos o de mercado.
Con frecuencia se debilitan cuando las personas dejan de comprenderse.
Cuando los padres ya no logran conectar con la visión de los hijos.
Cuando los hijos dejan de valorar la experiencia de los padres.
Cuando todos hablan… y nadie se siente escuchado.
Las mejores decisiones familiares no nacen de tener la razón, sino de lograr comprensión mutua.
Mientras más conectados estamos con el mundo exterior, más fácil resulta desconectarnos de quienes están sentados a nuestra propia mesa.
Y quizá el mayor desafío de la empresa familiar no sea preparar a la siguiente generación para dirigir el negocio, sino aprender a escucharse lo suficiente para seguir siendo familia mientras lo hacen.
Sobre el autor:
Twitter: @mariorizofiscal
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