Bajo los intensos desafíos económicos que supone la situación geopolítica regional, las fuertes tensiones sociales de un país aún polarizado y la dificultad de traducir las intenciones en políticas públicas eficientes, una idea recorrió los pasillos de Palacio Nacional. Una idea en cuya sencillez, claridad y sobriedad radican su fuerza: retomar el orgullo de la producción nacional, escalar el conocido sello “Hecho en México” —dentro del Plan México— como garantía de calidad y fomentar la priorización del consumo interno, buscando la unidad nacional.
Si bien el sello “Hecho en México” se estableció oficialmente en 1978, en la administración de José López Portillo, su nacimiento no fue una respuesta a una crisis. Por el contrario, ocurrió en un período de auge petrolero, donde México se preparaba para el sueño de “administrar la abundancia”. Creado por el diseñador Omar Arroyo Arriaga y dado a conocer por la entonces Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (SECOFI), el distintivo tuvo desde su origen el objetivo de promover el consumo e identificar y diferenciar los productos nacionales. A lo largo de este tiempo, el logotipo ha tenido varias modificaciones y relanzamientos, pero su propósito como símbolo de identidad, orgullo y calidad nacional se mantiene. Sin embargo, e indiscutiblemente, ha existido una evolución en la calidad de los productos que portan este sello: si bien en su origen no necesariamente generaba confianza al consumidor, hoy se ha transformado en un diferenciador internacional.
Esta visión, que encuentra paralelismos exitosos en experiencias internacionales como el caso de Italia con el “Fatto in Italia”, trasciende la esfera económica para anclarse en la identidad social y la psicología de la conducta. La verdadera fortaleza de esta estrategia reside en su capacidad para actuar como un poderoso aglutinante social y productivo.
Hoy, la estrategia de fomentar el consumo y la calidad nacional se vuelve una obligación ante las dinámicas del comercio global. El próximo ciclo de la renegociación del TMEC y la imposición reciente de aranceles a nivel regional o mundial subrayan la vulnerabilidad de las cadenas de suministro externas. En este contexto, el sello “Hecho en México” puede servir como barrera no arancelaria y activo de confianza estratégico, siendo sinónimo de calidad y cumplimiento de estándares que mitigan la dependencia de importaciones y exportaciones inciertas.
Pero más allá de las ventajas en las cadenas productivas, en la psicología del consumidor, el sello debe convertirse en una señal de fiabilidad que reduce la aversión al riesgo: es un voto de confianza que anula el miedo al fallo. La compra de un producto mexicano de calidad se transforma de una simple transacción económica a un acto de afirmación identitaria.
Al elevar la percepción de la calidad productiva nacional, se activa la Teoría de la Identidad Social de Henri Tajfel, que postula que la identidad de una persona se compone tanto de la identidad personal (características individuales) como de la identidad social, derivada de la pertenencia a grupos sociales (el “nosotros”). Las personas tendemos naturalmente a favorecer a nuestro propio grupo (endogrupo) y a compararlo positivamente con otros grupos (exogrupos) para elevar nuestra propia autoestima y sentido de valía. “Hecho en México” es por tanto una extensión del valor del grupo nacional al que pertenecemos.
Por un lado, el orgullo patrio funciona como un antídoto contra el pesimismo económico y la polarización social, ofreciendo un terreno de logro compartido. Dicho de otra forma, podemos ser partidarios de los Pumas o cualquier otro equipo, pero cuando juega la selección nacional, nos unimos en un entramado más relevante, en una sinergia colectiva que nos impulsa a gritar ¡Sí se puede! y a apoyar a jugadores otrora adversarios.
Así, al tiempo de fomentar la recomposición del multicitado tejido social, se ve la actividad económica como un lazo comunitario. Si sumamos a esto otras estrategias como el comercio justo, el combate al trabajo infantil, sellos verdes, economía circular y denominaciones de origen, se crea una cadena de valor simbólica donde el consumidor se convierte en un agente de cambio social. Está con su capacidad económica eligiendo no solo por lo más barato, sino por la integridad de la cadena de valor y el bienestar de las comunidades. Esto construye una identidad social basada en la acción, no solo en la retórica, elevando el prestigio y formando lazos a través de un proyecto económico compartido que impulsa el consumo interno y genera un prestigio nacional, regional y global. Como citan los clásicos, uno obtiene lo que paga.
La propuesta de unidad nacional articulada a través del mérito productivo exige una tregua cívica fundamental. La unidad patria, en este sentido, no significa uniformidad ideológica, sino la suspensión consciente del conflicto en aras de un objetivo superior y compartido. El sello “Hecho en México” puede convertirse en ese objetivo unificador al que todos apostamos. Las diferencias y la agresividad social que se manifiestan en la polarización no desaparecen, sino que se canalizan (subliman) hacia la cooperación nacional. Esta tregua es un ejercicio de madurez colectiva que permite a la nación hermanar la acción y dejar las diferencias a las urnas o a los debates parlamentarios y charlas de café, donde el debate civilizado debe ser el único campo de batalla. Es esencial que los insultos sean vistos como la exposición de la fragilidad del argumento y no como la constante y única forma de diálogo. Es la elección consciente de poner México antes que las disputas ideológicas, electorales o políticas, un acto de respeto a la diferencia que nos une en el único fin innegociable: el éxito nacional. Esto supone pedir a los diferentes actores políticos altura de miras, dejar de promover la división e incorporar a los adversarios a los grandes planes y proyectos nacionales. Gobernar no debe ser un acto de revancha histórica, sino de inclusión presente, al estilo de Nelson Mandela, al tiempo que el ejercicio de la crítica y aún más de la oposición, conlleva siempre la necesidad de la propuesta y el reconocimiento de los avances y logros.
Octavio Paz describió al mexicano con miedos y heridas, que muchas veces impedían la consolidación del ser, pero también lo define como un ser que no se raja porque ello implicaría traicionarse. Décadas antes, Samuel Ramos había postulado la existencia de un “complejo de inferioridad” que llevaba a la simulación y la desvalorización de lo propio. Freud, quien exploró el poder de la canalización de la energía psíquica, aceptaría que debemos ofrecer un camino para que la energía que antes se gastaba en el mimetismo, la simulación o el resentimiento (las “máscaras” de Paz) sea sublimada en el trabajo de calidad. El esfuerzo por el país redime el dolor histórico y es una vía terapéutica y de reparación para la psique colectiva. Por ello, para sacudirnos estos lastres, no necesitamos que nos pidan perdón, en todo caso necesitamos perdonarnos a nosotros mismos en un sentido más amplio, por no reconocer que nuestra grandeza se explica con su historia. Somos el producto de la convergencia y el encuentro de culturas; en nuestra sangre recorren sueños, batallas y anhelos milenarios de orígenes distintos y distantes. Somos la fusión exitosa y no la derrota viviente.
Un ejemplo en la historia lo ofrece Japón. Derrotados en la Segunda Guerra Mundial, destinaron su trabajo a la reconstrucción. Supieron que la beligerancia conllevaba sus riesgos. Hicieron de los enemigos sus maestros a los que había que superar, aprendieron el valor de la educación y, sin perder identidad, se desarrollaron con orgullo nacional.
En este contexto, es fundamental entender que la economía es, ante todo, un sistema humano. Al alinear el orgullo productivo con la calidad y la identidad, el sello “Hecho en México” se convierte en una palanca para que el orgullo patrio regrese, no desde la retórica política, sino desde el mérito compartido de cada familia, empresa y comunidad del país.
“Hecho en México” es gritar al mundo que nuestro chocolate y café son de alta calidad, que nuestras manufacturas, nuestras frutas y hortalizas, nuestras materias primas, nuestros servicios turísticos, nuestra gastronomía, nuestra artesanía, nuestras ciudades y nuestros museos compiten con lo mejor en el mundo. Pero el sello debe ir más allá: trascender en lo deportivo, académico, cultural y laboral. Es el llamado a una generación que exige ser ciudadanos globales al tiempo de mexicanos orgullosos, que porten el sello “Hecho en México” para hacerse notar como aquellos que no se rinden ante la adversidad, resilientes y capaces de noquear en el último round o de callar los gritos con goles, aquellos que no se saben doblegar. Es la cultura que reivindica su historia no con heridas, sino como el privilegio de quien toma lo mejor de las culturas que le precedieron. Es sacudirse la supuesta mediocridad y el conformismo que se nos atribuye, y mostrar que los mexicanos no necesitamos guerras para demostrar valor.
Quizá debamos pensar que no es época de mujeres ni tampoco de hombres, no importa quién detente el poder; es época de mexicanos todos. Es el momento de la unidad nacional, es el momento de dar cuenta de lo que significa “Hecho en México”.
Es la reconciliación con el ayer para abrazar el presente y trabajar para el futuro.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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