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    Santo Tomás el Apóstol (el “Incrédulo”) fue el personaje bíblico que, según el Evangelio de Juan (20:25), dudó de la resurrección de Jesús. Su postura fue clara: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”

    Quizá, sin saberlo, hizo un aporte fundamental a la filosofía misma, generando la duda escéptica como una postura válida incluso ante la fe. Su exigencia de evidencia física y sensorial para un evento sobrenatural fue resumida en el clásico “hasta no ver, no creer”.

    Sin embargo, esta desconfianza no era nueva. Ya desde los griegos, la verdad no se confió ciegamente a los sentidos y la duda fue un motor civilizatorio. Esto impulsó la búsqueda de métodos para confirmar, refutar o explicar aquello que la tradición, la religión, la percepción, la lógica y el sentido común nos hacían creer.

    Como advertía Platón en la Alegoría de la Caverna, “Aquello que vemos… es una sombra”. Argumentaba que lo que nuestros sentidos perciben (la realidad sensible) no es la verdadera realidad, sino meras sombras proyectadas de un mundo inteligible. Establecía así una disonancia fundamental: nuestra mente influye en la percepción y la percepción, a su vez, moldea nuestra mente.

    Siglos después, Santo Tomás de Aquino (el filósofo que sintetizó la fe cristiana y la filosofía aristotélica) sí valoraba los sentidos. Su famosa máxima, siguiendo a Aristóteles, es “Nihil est in intellectu quod non sit prius in sensu” (Nada hay en el intelecto que no haya estado primero en los sentidos).

    De este modo, sentidos, percepciones y realidades han danzado una compleja coreografía intelectual, persiguiéndose mutuamente en busca de la prueba irrefutable. Fue el terreno de la filosofía de la ciencia el que buscó generar las nociones ontológicas que permitieran, al menos en teoría, perseguir la verdad. Paralelamente, hicimos una tregua con las “artes del engaño”, como el cine, la magia y la prestidigitación, asumiendo que, aunque la explicación no fuera conocida, existía. Se permitía el engaño en aras del esparcimiento y el asombro.

    Sin embargo, el desarrollo tecnológico trajo avances que permitieron la estafa a gran escala: la edición fotográfica y de video, la falsificación de firmas e incluso la imitación de voces. En estos casos, la duda se resolvía contrastando la reputación del acusado con la posibilidad de peritajes que desmontaran las falsedades. Nuevamente, era el factor humano —el experto— el que podía dar luz a un mundo cada vez más oscuro.

    Pero la irrupción de la inteligencia artificial representa un salto cuántico. Crea una “Caverna de Platón digital”: ahora ni siquiera podemos confiar en las sombras que vemos, ni sabemos el origen desde donde se proyectan. El mundo inteligible ahora es inelegible.

    Este vértigo no es nuevo. Ya la física cuántica había generado una angustia similar con el principio de superposición y su extraña relación con el observador. Es decir, el acto de observar colapsa la función de onda, irrumpiendo en el estado de lo observado. No obstante, estos saberes parecían confinados al mundo subatómico, sin aplicaciones prácticas evidentes en la conciencia cotidiana.

    Hoy, la IA saca esa incertidumbre del laboratorio y la instala en nuestras vidas. Toda noticia, video o imagen viralizada se guarda en una caja mental de Schrödinger, donde no se sabe si la verdad está viva o muerta, ni si se debe o no creer.

    Aquí, el viejo precepto de Joseph Goebbels —repetir una mentira hasta que se vuelva verdad— adquiere otra dimensión. Ya no se trata solo de socializar una mentira; ahora la mentira tiene una génesis. Se puede materializar desde cero y genera entrelazamientos que parecen cuánticos, a través de la difusión viral en las redes sociales. Las tendencias digitales son la nueva verdad.

    Es la hiperrealidad y el simulacro que describió Jean Baudrillard en los 80. Esto provoca que transitemos de la “post-verdad” —que se quedará como un breve pasaje— hacia la “post-realidad”, un concepto evolucionado de la hiperrealidad. Aquí, las emociones, las creencias personales y la lealtad al grupo —una especie de neotribalismo— se vuelven más importantes que los hechos objetivos, de por sí ya perdidos. Como resultado, la verdad fáctica es irrelevante. Ya no hay una realidad fáctica contra la cual comparar; hay un multiverso de realidades sintéticas, personalizadas, generadas algorítmicamente, compitiendo por nuestra atención y validación. Las encuestas de opinión son el parámetro de impacto.

    Incluso la Duda Metódica de Descartes y su “Genio Maligno” adquieren un nuevo sentido. Aquella idea de que toda nuestra realidad sensorial podría ser una ilusión elaborada por un ser todopoderoso deja de ser una alegoría. La IA es la encarnación tecnológica de ese genio maligno.

    A este juego se suman las advertencias de Hannah Arendt, quien nos previno sobre la extrema fragilidad de la “verdad fáctica” (los hechos) frente al poder político. Este no debate la verdad; simplemente la ignora y la reemplaza con una narrativa propia. Digamos que, antes que la historia oficial, está la narrativa oficial, donde los males desaparecen por decreto y la abundancia llega por ideales. Ejemplos son vastos: ríos “ligeramente desbordados”, mujeres que murieron “no por tortura, sino por infartos”, o la simple negación de lo dicho bajo el pretexto de “malas interpretaciones o descontextualizaciones”.

    Por su parte, Byung-Chul Han describe nuestra era como una “sociedad de la transparencia”, donde el exceso de información y el “ruido” digital no nos hacen más veraces, sino que ahogan la verdad en el mar de la irrelevancia. La inteligencia artificial materializa ambos peligros: es la herramienta perfecta para que el poder fabrique “hechos” alternativos a escala industrial (el temor de Arendt) y, a la vez, el motor que satura el ecosistema digital hasta que la verdad fáctica (el temor de Han) se vuelve indistinguible en el ruido.

    Esto nos deja en un doble estado de indefensión. Por un lado, un acusador puede crear “pruebas” falsas, dejando al acusado sin defensa. Por otro, alguien cercano al poder puede desmentir evidencia real con un simple: “Fue generado por IA”. Es el pretexto perfecto para invalidar lo que antes eran pruebas claras e irrefutables. Es la suma cósmica de cortinas de humo y cajas chinas.

    Y el peritaje, la supuesta solución, se vuelve un problema en sí mismo. A menudo, es otro programa de IA el que dictamina si algo fue creado por IA, lo que nos deja con la duda fundamental: ¿quién o qué lo programó y bajo qué preceptos, algoritmos, instrucciones y, sobre todo, bajo qué motivaciones?

    Estamos llegando a una era de profundo oscurantismo digital, donde la verdad, ya de por sí efímera y escabullidiza, parece escapársenos para siempre. Ya no se trata de viejas teorías de conspiración sobre si el ser humano alunizó. El problema es que ahora, cualquier cosa que presente un gobierno, un intelectual o un científico puede ser descartada, aceptada o simplemente ignorada… y con razón.

    La pregunta queda en el aire: ¿Quién o quiénes validarán la información? Porque, al parecer, ya no se podrá fiar de nadie.

    Parece increíble que la herramienta más poderosa creada hasta ahora sea también la responsable de los engaños masivos más importantes de la historia de la humanidad.

    Esta creación de la realidad ya fue profetizada por el cine. En la sátira Wag the Dog (1997), un productor de Hollywood y un estratega político fabrican una guerra completa contra Albania —con himnos, héroes y metraje de combate— usando la tecnología de la época (pantallas verdes) para tapar un escándalo presidencial. Esa película era una simulación artesanal. Hoy, la inteligencia artificial no necesita un estudio de Hollywood para crear “hechos alternativos”; la IA “democratiza” esa capacidad, permitiendo que el poder, o cualquiera, genere realidades sintéticas a escala masiva, instantánea y aterradoramente verosímil. Posiblemente sea el inicio de neoterroristas digitales y neodictaduras artificiales.

    Y aunque en México estamos acostumbrados a lidiar con lo surrealista, con lo improbable como cotidiano —al punto que la IA a veces podría asustarse de la realidad mexicana, donde los muertos regresan, los árboles curan, el tiempo se detiene—, al final, la culminación de nuestra búsqueda milenaria de la verdad fáctica es su abandono total. En un mundo donde la IA puede fabricar realidades a la carta, la verdad fáctica se vuelve inalcanzable, simplemente irrelevante.

    ¿Qué nos queda entonces? Paradójicamente, como dijo Sigmund Freud (si bien en el contexto clínico): la única verdad que cuenta y ahora sobrevive es la más subjetiva: la “realidad psíquica”. Es la victoria final del relativismo; en el apogeo de la lógica tecnológica y la simulación perfecta, la verdad fáctica, mientras tanto, permanecerá extraviada.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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