Hay hoteles que ofrecen lo que antes era gratis: silencio. No hay WiFi, no hay televisión, no hay señal. Prometen “reconectarte contigo mismo” justo después de cobrarte por desconectarte del resto. En el menú: aire puro, senderos sin cobertura 5G y desayuno orgánico. El descanso, en el siglo XXI, cuesta más que el estrés.
La desconexión se volvió un servicio premium porque el ruido ya no es sólo acústico: es digital, emocional, económico. Vivimos dentro de una bocina. Todo suena: los chats, las notificaciones, las urgencias inventadas. Cuando el mundo entero habla al mismo tiempo, el silencio se convierte en un bien escaso.
En los noventa, el lujo era tener un teléfono. Hoy es poder apagarlo. Las élites que antes presumían autos eléctricos o relojes suizos ahora comparten fotos de retiros en la montaña, donde no hay cobertura ni ruido. El descanso ya no se mide en horas sino en desconexiones. Los ricos no huyen del trabajo: huyen del WiFi.
La industria lo entendió rápido. Hay spas que ofrecen “desintoxicación digital”, oficinas con “zonas íntegras de silencio” y festivales donde se prohíben los celulares para “vivir el presente”. Pero todo eso tiene tarifa. El silencio dejó de ser un derecho para convertirse en un servicio con branding minimalista y música de fondo.
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El negocio de la calma es, en el fondo, una paradoja: pagamos por escapar de un mundo que nosotros mismos construimos. Nos saturamos de tecnología y luego contratamos terapias para olvidarla. Compramos aplicaciones de meditación, suscripciones con gurúes de mindfulness y retiros “todo incluido” donde el sonido más exótico es el de nuestra propia respiración.
En las ciudades, el descanso se volvió una microeconomía. Cafés sin conexión, bibliotecas silenciosas, cines donde nadie mastica con la boca abierta. El lujo ya no está en el ruido del poder, sino en la posibilidad de no escucharlo. Tener tiempo para no responder un mensaje es el nuevo símbolo de estatus.
Mientras tanto, los demás siguen atrapados en la hiperconectividad obligatoria. No pueden desconectarse porque su trabajo, su familia o su supervivencia dependen de estar disponibles. El silencio, como casi todo, también se distribuye de manera desigual.
El futuro quizás nos reserve un nuevo tipo de aristocracia: los que pueden desaparecer sin consecuencias. Un grupo selecto capaz de borrar su rastro por un fin de semana y volver intacto. Los demás seguiremos pegados a la pantalla, actualizando el feed en busca de una calma que no cabe en algoritmo alguno.
El silencio, ese antiguo bien comunal, fue privatizado. Ya no se encuentra en los templos ni en los bosques, sino en los catálogos de lo que sea: “Vive la experiencia”, dice todo el mundo. Y así, lo que antes era una pausa natural se volvió un lujo artificial: respirar sin interrupciones, mirar sin notificaciones, existir sin señal.
Sobre el autor:
* Eduardo Navarrete es especialista en Estudios de futuros, periodista, fotógrafo y Head of Content en UX Marketing.
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Instagram: @elnavarrete
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