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    Trágicas fechas cuando la muerte se celebra, y no se conmemora. La Catrina está de fiesta. México ha sangrado en los últimos tres sexenios; las cifras oficiales recuerdan las peores guerras, pasando de 120,463 asesinatos en el sexenio de Felipe Calderón (2006-2012) a 156,066 con Enrique Peña Nieto (2012-2018). La administración de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) cerró como el sexenio más violento en la historia reciente, acumulando aproximadamente 199,619 homicidios. Ahora, la administración de Claudia Sheinbaum, que en su primer año (oct. 2024 – sep. 2025) ha registrado 25,848 homicidios, enfrenta el mismo desafío monumental.

    La tragedia, cada vez más olvidada, de la pandemia por Covid-19 no solo dejó un exceso de mortalidad que disparó las defunciones totales a un pico de 1,122,249 en 2021, sino que borró décadas de progreso: la esperanza de vida al nacer colapsó, cayendo de 75.1 años en 2019 a menos de 70 años en 2021, según datos del Inegi. Se expuso así la fragilidad de los sistemas de salud en todos los órdenes de gobierno.

    Sumado a ello, una gama de enfermedades y condiciones prevenibles no atendidas muestra el devastador panorama de la mortalidad en México, donde existe una fractura generacional evidente. Mientras que las principales causas de defunción en la población general están dominadas por padecimientos crónicos —siendo las enfermedades del corazón (con 192,563 decesos preliminares en 2024), la diabetes mellitus (112,641) y los tumores malignos (95,237) las tres primeras—, la realidad de los jóvenes es radicalmente opuesta.

    Para el grupo de 15 a 29 años, las principales amenazas no son enfermedades, sino causas externas. En este grupo, las agresiones (homicidios), los accidentes y las lesiones autoinfligidas (suicidios) se consolidan como las principales causas de muerte. A nivel nacional, estas causas sumaron más de 81,000 vidas en 2024 (33,241 por homicidios, 39,729 por accidentes y 8,856 por suicidios), dibujando un escenario de vulnerabilidad social y violencia que contrasta drásticamente con el perfil de salud del resto del país.

    El dato más revelador de nuestro fracaso se encuentra al comparar la esperanza de vida. A pesar de que México padece las mismas causas de muerte del «primer mundo» —enfermedades del corazón y diabetes—, no tenemos su longevidad. El promedio de vida en la OCDE es de 80.3 años, y en países como Japón o Suiza supera los 84 años; en México, donde ocupamos el último lugar de la OCDE, luchamos por alcanzar los 75.5 años. Esta brecha de 5 a 9 años es la factura de un sistema de salud que falla en la prevención y de una epidemia de violencia que, al matar a nuestros jóvenes, arrastra el promedio de todos. En resumen: padecemos las enfermedades del mundo desarrollado sin su capacidad de supervivencia.

    Lo que estas cifras revelan no es solo una tragedia humana, sino un suicidio demográfico y económico. Un país que pierde a su población de 15 a 29 años por la violencia, los accidentes y el suicidio, y no por la vejez, está aniquilando su bono demográfico. Se evapora la fuerza laboral futura, la capacidad de innovación y la base de contribuyentes que debería sostener a una población que, irónicamente, también envejece. Es una hemorragia de capital humano que ninguna beca puede reponer y ningún programa social puede compensar.

    En el fondo, esto representa una profunda crisis de sentido que choca de frente con nuestra identidad. Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, definió al mexicano como alguien que “persigue a la muerte, la burla, la acaricia… la festeja”, pero se refería a la muerte ritualizada, aquella que completa el ciclo de la vida. La muerte que padecemos hoy —la del joven en enfrentamientos, la del político emboscado, la de la mujer desaparecida, la del periodista o la del líder comunitario silenciado— es lo opuesto: es la muerte estéril, la muerte absurda. Y es aquí donde la tragedia se vuelve psicológicamente insoportable. Viktor Frankl definió que “el sufrimiento, en cierto modo, deja de ser sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido”. El problema de la violencia en México no es solo la muerte; es la absoluta y corrosiva falta de sentido que la acompaña.

    Las cifras parecieran no impactar en la aprobación del gobierno, pues existe una población que respalda, pero no deberían ser las encuestas los temas que rijan las políticas públicas. La salud y la seguridad deben ser prioridades de todo gobierno; proteger la vida y la salud son, en esencia, la razón de ser del Estado.

    La pérdida de un joven es también la pérdida de un hijo: un dolor simplemente inimaginable, irrepresentable e innombrable. Representa el fallo sistémico de la prevención de conductas de riesgo. Obedece a condiciones multifactoriales ominosamente ignoradas: la normalización del consumo de sustancias; la minimización del riesgo de la violencia; la falta de supervisión parental; la fractura de la familia como ente tutor; el abaratamiento del divorcio y el egoísmo de los adultos frente a las necesidades de los menores. Llama la atención que existan cada vez más políticas públicas para el cuidado de animales de compañía que para las infancias: parques para perros, hospitales gubernamentales para mascotas. Es, en suma, el fallo de las instituciones, desde la familia hasta los sistemas educativos, de salud y de seguridad.

    La salud mental de las infancias no ha sido prioridad. Como advirtió el psicólogo social Erich Fromm: «La indiferencia y el desinterés son la forma más sutil de la violencia». Y en este caso, es la violencia de la omisión oficial. Sin programas serios de prevención y atención, se arriesga el destino nacional. Por ello, no basta con becas si, a cambio, se promueven lugares para el libre consumo de drogas en lugar de ofrecer atención integral; no basta con becas si no existen espacios de esparcimiento libres de alcohol; tampoco basta si no se fomentan las artes, la cultura y el deporte. Es insuficiente si se relajan los niveles de exigencia educativa y formativa, o si se inculca el resentimiento en los planes de estudio, negando, por ejemplo, nuestra hispanidad en favor de una visión unilateral de la historia.

    Hoy, destacamos muertes cuyo significado revela el estado de cosas en un país al que le urge reconstruirse y sanarse. Apenas unos días antes del asesinato del alcalde Manzo, Bernardo Bravo, líder de los productores de limón en Apatzingán, también fue acribillado. Bravo se atrevió a hacer lo impensable en una zona silenciada por el terror: organizar a su gremio y denunciar públicamente la extorsión y el «cobro de piso» del crimen organizado. Su muerte fue la respuesta a su valentía, un mensaje claro de que la voz que se alza contra el sometimiento será apagada.

    El asesinato de Bravo fue el prólogo. Días después, Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, Michoacán, fue ultimado con cinco balazos en plenas celebraciones de muertos. A pesar de los múltiples llamados que hizo a reforzar la seguridad del municipio, la percepción nacional es que lo dejaron solo; aun cuando en comunicación oficial tenía 14 elementos de la Guardia Nacional, nada evitó que el crimen organizado lo silenciara. Más allá de las explicaciones oficiales, estos crímenes quedarán como una de las grandes manchas de sangre de la presente administración.

    Por contraste, otra muerte que recordamos este mes implica rendir homenaje: la de Jesús García Corona, el “Héroe de Nacozari”. El 7 de noviembre de 1907, este joven maquinista de 25 años sacrificó su vida al tomar control de la locomotora (conocida como la «Máquina 501»), cargada de dinamita en llamas, y alejarla a toda velocidad del pueblo minero. Su muerte salvó a Nacozari, Sonora, de la destrucción total.

    Hoy, más de un siglo después, Carlos Manzo y Bernardo Bravo son héroes distintos; quisieron alejar a su población de la dinamita en llamas del crimen organizado. El ferrocarril de Manzo fue la política pública, el contacto social y el llamado a las familias a hacerse cargo de sus hijos. El de Bravo fue el llamado a la unidad bajo la premisa de que «juntos somos más fuertes» y que «el silencio también es complicidad». Esperamos que su sacrificio no solo quede en el develamiento de placas, bustos y monumentos, sino que nos haga reflexionar profundamente que la división ya no es una opción. Ojalá su llamado, ahora sí, haga eco en Palacio Nacional.

    El mito de Ícaro es la tragedia de la hibris (la arrogancia). Cuando el poder deja de escuchar a la oposición, minimiza el sentir popular, regaña y contraviene a los periodistas y desestima toda crítica como producto de una conspiración, está repitiendo el vuelo de Ícaro. Él cae, no por la conspiración del sol, sino por su propia euforia: ebrio de su propia altura, se convence de su infalibilidad y, sordo a las advertencias, olvida que las alas son de cera. Al volar demasiado cerca del sol, la caída se vuelve inevitable.

    Hoy el país llora muertes de hombres, niños, jóvenes y mujeres; muertes que no deberían ocurrir y que, bajo la estadística, se normalizan, borrando nombres e historias por cifras y tendencias. En El malestar en la cultura, Sigmund Freud advirtió que la inclinación a la agresión es «el mayor obstáculo para la civilización». El problema es que, en México, ese obstáculo se ha convertido en el camino.

    Aun cuando en los altares aún hay fotos, copal, pan de muerto, comida y cempasúchil, la muerte dejó de conmemorarse el 1 y 2 de noviembre para instalarse como la nueva rectora del destino nacional.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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