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    La motivación es el motor invisible que impulsa a los equipos y a las organizaciones hacia el éxito. El líder es el responsable de cargar de combustible ese motor, de aceitarlo, engrasarlo y mantenerlo a punto. Sin embargo, no toda la energía que observamos en nuestros colaboradores es un combustible de alta calidad. Es muy común escuchar que los equipos de trabajo quieren hacer cada vez menos, los empleados buscan mayores incentivos y que se les exijan pocos resultados. 

    El verdadero desafío y la prueba de fuego auténtica de un liderazgo efectivo reside en la capacidad de distinguir y fomentar la motivación intrínseca y duradera, separándola de su peligrosa contraparte: la falsa motivación.

    ​El primer paso es diferenciar las formas de motivación genuina de las falsas. El rol fundamental del líder en este ecosistema empresarial no es ser un animador temporal, sino un catalizador y un arquitecto de entornos. El líder genuino entiende que no se trata de ponerse la nariz de payaso ni de agitar los pompones de porrista sino de crear las condiciones para que la gente se afilie a los objetivos y se dé un camino común que nos lleve a la meta.

    La motivación genuina está compuesta por tres pilares que no deben faltar:

    1. Intrínseca: Nace del interior del individuo, impulsada por el placer del trabajo en sí, el sentido de logro, la autonomía y la maestría.

    2. Sostenible: Persiste incluso cuando los incentivos externos desaparecen o los desafíos aumentan.

    3. Orientada al Propósito: Conecta la tarea diaria con un objetivo mayor, dando significado al esfuerzo.

    Un líder fomenta esto al garantizar la autonomía de gestión. Me refiero a ofrecer a los colaboradores control sobre su cómo —el método— para alcanzar el qué —el objetivo—. Si queremos equipos efectivos, se les debe dar libertad para actuar y no estar jefeando y micro-gerenciando porque ese tipo de presión destruye la motivación. Por otro lado, el líder debe facilitar la maestría, es decir, debe capacitar a su equipo. Invertir en el desarrollo de habilidades y proporcionar desafíos que estén justo al nivel de su capacidad. Y, desde luego, el líder debe articular el propósito. Conectar el trabajo del equipo con la visión de la organización y su impacto real en el mundo.

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    Es preciso tener cuidado con caer en la trampa de la falsa motivación que se ve con tanta frecuencia en el mundo corporativo. La falsa motivación, a menudo seconfunde con la alta moral, es un fenómeno que agota los recursos a largo plazo. Es la motivación que depende exclusivamente de factores extrínsecos y superficiales, una inyección de adrenalina que tiene un pico y una caída abrupta.

    La falsa motivación se manifiesta como:

    1. Dependencia excesiva de recompensas: Es cuando el trabajo se hace únicamente por el bono, el título o el reconocimiento público. Cuando la recompensa no está presente, el esfuerzo se detiene. Por lo tanto, hay que tener mucho cuidado con ofrecer premios por actividades que son tareas de la cotidianidad u obligaciones que debieran ser realizadas. Por ejemplo, los bonos por puntualidad. Es nuestro deber ser puntuales, por lo tanto, no hay que ofrecer nada por hacer lo que se debe. Al hacerlo, estamos pervirtiendo el trabajo y destruyendo la motivación. Los premios se ofrecen y otorgan por un desempeño extraordinario, no por lo que debe ser el compromiso ordinario de las labores. Otro ejemplo, cuando se da un concurso en el que debe de participar el equipo de trabajo y al final todos reciben un premio de participación. Cuando los que se esforzaron y los que no reciben el mismo premio estamos desmotivando la excelencia y la innovación y fertilizando la mediocridad.

    2. La cultura de la felicidad forzada es una de las manifestaciones de falsa motivación más peligrosas. Se da cuando buscamos en forma artificial un ambiente de compañerismo que trata de tapar el sol con un dedo. Se da en estos ambientes en los que los colaboradores tienen sonrisas de cartón permanente, en la que se fuerza a los empleados a recitar frases aprendidas de memoria o a usar accesorios que los hacen sentir incómodos o ridículos con tal de conseguir un “me gusta” en las encuestas o en redes sociales. Son   equipos ruidosos o aparentemente entusiastas que ocultan problemas estructurales, falta de claridad o miedo al fracaso detrás de pizzas gratis y medallitas de chocolate.

    3. Motivación por Miedo: Es una de las prácticas corporativas más viejas y destructivas. Se trata de la urgencia de trabajar no por el resultado positivo, sino para evitar la reprimenda, la vergüenza o la pérdida de un puesto. El líder que recurre a esto se convierte en un manipulador de estados de ánimo, no en un generador de rendimiento. El problema es que esta táctica enmascara las deficiencias organizacionales. 

    Si el líder necesita constantemente recurrir a charlas grandilocuentes, premios excesivos o eventos con mucha fanfarria para que la gente simplemente haga su trabajo, es una señal clara de que el sistema de trabajo está roto y está usando motivadores falsos

    El compromiso del líder genuino viene del conocimiento de su gente. Si el líder analiza sabe administrar la energía del equipo. Cuando hay bajo rendimiento o apatía, la pregunta no debe ser: “¿Cómo los motivo?” sino “¿Qué obstáculo estructural o de propósito estoy fallando en eliminar para que su motivación intrínseca pueda operar?”

    El trabajo del líder es complejo y profundo. Requiere la valentía de abordar el conflicto, la transparencia para comunicar la verdad, incluso la que es más difícil. Pero, también tiene que ser valiente para aplicar la disciplina en momentos cruciales y construir un sistema donde el respeto y la claridad sean los verdaderos motivadores. 

    Estoy convencida de que el mejor incentivo no es el bono ni el trofeo, sino la satisfacción de saber que el trabajo importa y que uno es competente para realizarlo. Es ahí, en la intersección de la autonomía, la maestría y el propósito, donde el verdadero líder construye equipos imparables. Claro, un líder que quiere llegar a la meta mostrando a los integrantes de su equipo una zanahoria, sólo conseguirá resultados cuando exista esa zanahoria. El líder de verdad transmite el valor por el trabajo, enseña a su gente a cuidarlo, dice con claridad lo que no está bien hecho, corrige lo torcido y premia cuando los resultados lo ameritan.

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    Twitter: @CecyDuranMena

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