Enlaces rápidos

    Todos hemos mirado las nubes y visto rostros, animales, objetos. El cerebro humano está programado para este tipo de fantasía. Pero algunas personas —quizás más de las que uno imaginaría— miran al cielo y ven complots gubernamentales y actos perversos escritos allí. Los teóricos de la conspiración afirman que las estelas de condensación —esas largas franjas que dejan los aviones— son en realidad chemtrails: nubes de agentes químicos o biológicos rociados sobre el público desprevenido con fines siniestros. Se les atribuyen diferentes propósitos, desde el control del clima hasta el envenenamiento masivo.

    La teoría de los chemtrails circula desde 1996, cuando los teóricos de la conspiración malinterpretaron un documento de investigación de la Fuerza Aérea de Estados Unidos sobre modificación del clima, un tema legítimo de estudio. Las redes sociales y los medios conservadores han amplificado desde entonces la teoría conspirativa. Un estudio reciente señala que X, antes Twitter, es un nodo particularmente activo de esta “amplia comunidad en línea de conspiración”.

    Soy investigador en comunicación y estudio las teorías de la conspiración. La teoría, completamente desacreditada, de los chemtrails ofrece un ejemplo clásico de cómo funcionan las teorías conspirativas.

    Impulsada hasta la estratósfera

    El comentarista conservador Tucker Carlson, cuyo pódcast promedia más de un millón de oyentes por episodio, entrevistó recientemente a Dane Wigington, un viejo opositor de lo que llama “geoingeniería”. Aunque la entrevista ha sido ampliamente desacreditada y ridiculizada por otros medios, es solo un ejemplo del reciente aumento de creyentes en los chemtrails.

    Aunque la creencia en los chemtrails abarca todo el espectro político, es especialmente visible en los círculos republicanos. El secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., ha expresado su apoyo a la teoría. La representante Marjorie Taylor Greene, de Georgia, ha redactado legislación para prohibir el control químico del clima, y muchas legislaturas estatales han hecho lo mismo.

    Influenciadores en línea con millones de seguidores han promovido lo que alguna vez fue una teoría marginal ante una audiencia masiva. Encuentra eco entre los negadores del cambio climático y los agitadores anti-deep state que temen el control mental del gobierno.

    Cara gano yo, cruz pierdes tú

    Aunque la investigación sobre la modificación del clima es real, la gran mayoría de los expertos calificados niegan que la teoría de los chemtrails tenga alguna base sólida en los hechos. Por ejemplo, el laboratorio del investigador en geoingeniería David Keith publicó una declaración tajante en su sitio web. Existen abundantes recursos en línea, y muchas de sus conclusiones se recopilan en contrailscience.com.

    Pero incluso sin un análisis profundo de la ciencia, la teoría de los chemtrails tiene fallas lógicas evidentes. Dos de ellas son la falsabilidad y la parsimonia.

    Puede resultar de tu interés: Tucker Carlson y el amanecer del capitalismo impulsado por la ira

    Según el psicólogo Rob Brotherton, las teorías de la conspiración tienen una estructura clásica de “cara gano yo, cruz pierdes tú”. Los teóricos de los chemtrails dicen que son parte de un plan gubernamental malévolo, pero su existencia está encubierta por los mismos villanos. Si hubiera evidencia de que la modificación del clima realmente ocurre, eso probaría la teoría; pero si la evidencia la refuta, también la probaría, porque demostraría que hay un encubrimiento.

    Quienes creen en la conspiración consideran que cualquiera que la confirme es un valiente denunciante, y quien la niegue es tonto, malvado o comprado. Por lo tanto, ninguna cantidad de información podría, ni siquiera hipotéticamente, refutarla para los verdaderos creyentes. Esa negación la hace infalsable, lo que significa que es imposible de refutar. En cambio, las buenas teorías no solo deben ser verdaderas: deben estar construidas de tal manera que, si fueran falsas, la evidencia pudiera demostrarlo.

    Las teorías infalsables son sospechosas por naturaleza, porque existen dentro de un ciclo cerrado de autoafirmación. En la práctica, las teorías no suelen declararse “falsas” tras una sola prueba, sino que se evalúan según el peso de la evidencia y el consenso científico. Este enfoque es importante porque las teorías conspirativas y la desinformación suelen afirmar falsar las teorías aceptadas o explotar el desconocimiento del significado de la “certeza” en la ciencia.

    Como la mayoría de las teorías conspirativas, la historia de los chemtrails tampoco cumple con el criterio de parsimonia, también conocido como la navaja de Occam, que sugiere que mientras más suposiciones requiera una teoría para ser cierta, menos probable es que lo sea. Aunque no es una regla perfecta, este principio ayuda a pensar en términos de probabilidad. ¿Es más probable que el gobierno esté encubriendo un gigantesco programa de control del clima o mental que involucra a miles o millones de cómplices silenciosos —desde meteorólogos locales hasta los Jefes del Estado Mayor—, o que lo que vemos sean cristales de hielo formados por los motores de los aviones?

    Claro que llamar a algo “teoría de la conspiración” no lo invalida automáticamente. Después de todo, las conspiraciones reales existen. Pero conviene recordar el adagio del científico y divulgador Carl Sagan: “Las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. En el caso de los chemtrails, esa evidencia simplemente no existe.

    La psicología de la creencia conspirativa

    Si la evidencia en su contra es tan contundente y la lógica tan débil, ¿por qué la gente cree en la teoría de los chemtrails? Como sostengo en mi nuevo libro, Post-Weird: Fragmentation, Community, and the Decline of the Mainstream, los teóricos de la conspiración crean lazos entre sí mediante prácticas compartidas de interpretación del mundo, viendo cada detalle o fragmento de evidencia como una señal irrefutable de un significado oculto más grande.

    La incertidumbre, la ambigüedad y el caos pueden ser abrumadores. Las teorías conspirativas son síntomas: intentos improvisados de lidiar con la ansiedad que causa sentirse impotente en un mundo caótico donde cosas terribles como tornados, huracanes o incendios forestales parecen ocurrir al azar por razones que incluso las personas bien informadas tienen dificultades para entender. Cuando las personas se sienten sobrepasadas e indefensas, crean fantasías que les dan una ilusión de control.

    Aunque existen creyentes liberales en los chemtrails, la aversión a la incertidumbre podría explicar por qué la teoría ha ganado tanta popularidad entre la audiencia de Carlson: los investigadores han argumentado durante mucho tiempo que las creencias autoritarias y de derecha tienen una estructura similar. En cierto nivel, los teóricos de los chemtrails prefieren verse como víctimas de una malvada conspiración antes que enfrentarse a los límites de su conocimiento y poder, aunque esas creencias no sean completamente satisfactorias.

    Sigmund Freud describió un juego llamado fort-da (“ido-aquí”) que jugaba su nieto: lanzaba un juguete lejos y luego lo arrastraba de vuelta con una cuerda, algo que Freud interpretó como una simulación de control cuando el niño no tenía ninguno. Las teorías conspirativas pueden cumplir una función similar, permitiendo que sus creyentes sientan que el mundo no es realmente aleatorio y que ellos, los que “ven a través del engaño”, tienen algún control. Cuanto más grandiosa la conspiración, más brillantes y heroicos deben ser sus creyentes.

    Las conspiraciones son dramáticas y emocionantes, con líneas claras entre el bien y el mal, mientras que la vida real suele ser aburrida y a veces aterradora. La teoría de los chemtrails es, en última instancia, orgullosa: una forma de sentirse poderosos e inteligentes frente a lo que no se comprende ni se puede controlar. Las teorías conspirativas van y vienen, pero responder a ellas a largo plazo implica aprender a aceptar la incertidumbre, la ambigüedad y nuestros propios límites, junto con una renovada confianza en las herramientas que sí tenemos: la lógica, la evidencia y, también, la humildad.

    *Calum Lister Matheson es Profesor asociado de Comunicación, Universidad de Pittsburgh

    Este texto fue publicado originalmente en The Conversation.

    ¿Te gusta informarte por Google News? Sigue nuestro Showcase para tener las mejores historias