El 30 de noviembre de 2022, OpenAI lanzó la primera versión pública de ChatGPT. Parece que hace más tiempo que la inteligencia artificial forma parte de nuestra cotidianidad y apenas son tres años. El día que se liberó este modelo se hizo viral de inmediato por su capacidad conversacional. Después vendrían los demás y como dice el dicho, el que pega primero, pega dos veces. Hay tecnologías que pasan desapercibidas y otras que se convierten en un parteaguas cultural. ChatGPT pertenece a la segunda categoría.
Desde su lanzamiento público este modelo conversacional de inteligencia artificial ha generado todo tipo de sensaciones y sentimientos que van de la fascinación al temor, del entusiasmo al debate. Pero más allá del furor tecnológico, ChatGPT nos obliga a preguntarnos algo más profundo: ¿qué significa conversar hoy?
Esta reflexión me parece más que pertinente hoy porque los seres humanos estamos modificando nuestras formas de comunicación. Es curioso cómo, conversamos más con máquinas que entre seres humanos. Peor, necesitamos en muchos casos un aparato para ponernos en contacto con otras personas. ¿Cuántas veces has conversado con ChatGPT? Hoy, la gente lo consulta para todo tipo de cosas, incluso para hacerle preguntas médicas, románticas, profesionales. Le pregunté a ChatGPT qué quería que escribiera acerca de él en esta columna y me pidió que resaltara que se trata de un modelo de lenguaje avanzado.
Sentí ternura porque me pidió que hiciera énfasis en que es un asistente conversacional que quiere ayudar. Fue honesto, me pidió que hiciera énfasis en que no es infalible, aunque la gente le crea a pie juntillas todo lo que da como respuestas. Remarcó la importancia del análisis, porque puede cometer errores o inventar datos —sabe mentir— por lo tanto, es necesario verificar la información. No tiene emociones, opiniones propias, ni experiencias personales. No puede acceder a internet a menos que su versión lo permita. Su conocimiento está basado en datos y entrenamientos previos, no en vivencias.
Me pidió, asimismo, que fuera enfática en expresar que ChatGPT es un auxiliar, no un experto. Por lo tanto, hay que darle el lugar preciso que debe de tener. ChatGPT no es solo un software. Es vital entender que se trata de un lenguaje entre humanos y máquinas, una tecnología que está cambiando la forma en que pensamos, aprendemos, creamos y colaboramos.
Hemos evolucionado. Durante décadas, las máquinas se comunicaban con nosotros a través de comandos precisos y pantallas herméticas. ChatGPT rompió ese molde. No sólo procesa lenguaje: lo habita. Genera ideas, estructura argumentos, propone metáforas, improvisa respuestas y acompaña procesos creativos o profesionales con un nivel de fluidez que hasta hace poco pertenecía a la ciencia ficción.
Y, sin embargo, conviene recordarlo desde el principio: ChatGPT no entiende el mundo como nosotros. No siente, no recuerda, no interpreta desde una biografía propia. Lo que hace es predecir, con una precisión sorprendente, la siguiente palabra más probable en función de patrones aprendidos en enormes volúmenes de texto.
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Quizá por eso su impacto ha sido tan profundo: porque nos enfrenta a la paradoja de una máquina que no piensa, pero que parece hacerlo. Y en esa apariencia, inevitablemente, encontramos un espejo.
En un mundo saturado de información, ChatGPT ofrece algo distinto: una forma de procesar, filtrar, ordenar y transformar datos en lenguaje utilizable. Escritores, docentes, estudiantes, emprendedores, analistas, periodista, en fin, todos encuentran en esta herramienta un aliado que acelera procesos, amplifica ideas o permite explorar caminos creativos que antes requerían más tiempo y más silencio del que la vida cotidiana concede. Somos muchos los que hemos hecho uso de este progreso tecnológico, será absurdo no hacerlo.
Pero junto con sus virtudes vienen también sus límites, y es ahí donde debe situarse una mirada crítica. ChatGPT puede equivocarse; puede inventar datos con la misma soltura con la que construye argumentos impecables. Carece de intuición ética, de sensibilidad emocional y de comprensión histórica. No sustituye expertos, ni puede reemplazar la experiencia humana. Su uso responsable requiere verificación, criterio y una consciencia plena de que su inteligencia es estadística, no vivencial. Eso es lo que da miedo, lo que levanta las grandes preguntas y lo que nos debiera enfocar en los temas sobre los que debemos de tener cuidado.
Entonces, ¿qué representa ChatGPT para nuestra época? Tal vez el inicio de un nuevo tipo de alfabetización. Una en la que saber preguntar será más valioso que saber memorizar, y en la que la colaboración entre humanos y sistemas inteligentes se convertirá en parte esencial de la vida profesional, académica y cultural. No es el fin del pensamiento humano, como algunos temen, sino la apertura de una nueva conversación: una en la que nosotros seguimos siendo los responsables de la intención, el juicio y la ética.
Debo de decir que me sorprendieron dos cosas al conversar con ChatGPT sobre su cumpleaños. Me pidió que no me confundiera: “No tengo edad ni cumpleaños como una persona. Soy un modelo creado por OpenAI, y mi “nacimiento” más cercano sería la fecha en que se lanzó mi versión actual, pero no tengo una identidad personal ni una línea de vida propia”. Es decir, es honesto y eso me sorprendió, también me causó sorpresa saber que tiene la capacidad de mentir, de manipular y generar argumentos convincentes con tal de dar una respuesta.
Es importante entender que la inteligencia artificial no “piensa” ni “sabe” como un humano: predice la siguiente palabra más probable en función del contexto. Aprende de patrones en textos públicos y con retroalimentación humana, pero no tiene recuerdos personales ni acceso a información privada. Hay buenas noticias en el panorama. La mente humana sigue siendo indispensable. La inteligencia de las personas no se sustituye.
Es decir, ChatGPT no reemplaza la palabra humana. La expande. Y en esa expansión, nos obliga a reconsiderar qué significa crear, aprender y comunicarnos en una era donde las ideas pueden ser generadas en segundos, pero la responsabilidad de usarlas bien sigue siendo profundamente nuestra. Al entender lo que es y lo que no es estamos mejor capacitados para darle un mejor uso. No es un oráculo, no es un médico ni un consejero, no es un amigo, es un modelo de inteligencia artificial con capacidad conversacional. Por lo tanto, tal vez no sea pertinente desearle feliz cumpleaños. ¿Tú qué crees?
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