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    México transita el mes de diciembre bajo la dinámica del célebre “Maratón Guadalupe-Reyes”, un periodo que trasciende la simple festividad para convertirse en un fenómeno sociológico de escala nacional.

    Se trata de un intervalo único de sincretismo cultural y religioso donde convergen lo abrahámico, lo católico, lo prehispánico e incluso vestigios de ritos nórdicos y romanos antiguos, los cuales se fusionan con las exigencias y contradicciones de la posmodernidad. Aquí se observan reuniones que adquieren un carácter casi ecuménico, económico y transcultural; espacios donde individuos de diversos orígenes, estratos y sistemas de creencias coinciden con un objetivo común: el intercambio de obsequios, la manifestación de buenos deseos, afectos y la ritualización del cierre de ciclos.

    Es, en esencia, una sucesión ininterrumpida de eventos que saturan la agenda pública y privada: preposadas, posadas tradicionales, convivios corporativos, cenas de Nochebuena, celebraciones de Año Nuevo, los tradicionales “recalentados” y la culminación en la festividad de los Reyes Magos. Es un despliegue de convivencia humana que busca, en teoría, la cohesión e incluso recomponer el tejido social a través del festejo, la conmemoración y la celebración. No obstante, estas festividades no siempre arriban a buen puerto; lo que nace como un espacio de reflexión y unión a menudo naufraga ante el iceberg del rencor o termina en un campo de batalla familiar, en desencuentros psicológicos y, de manera pragmática, en afectaciones financieras.

    La relevancia de este periodo en diciembre de 2025 adquiere una profundidad simbólica extraordinaria debido a una coincidencia temporal de tradiciones que rara vez se alinean con tal precisión cronológica. Mientras el catolicismo celebra las posadas para preparar la Nochebuena, la comunidad judía conmemora la resiliencia y la victoria de la luz sobre la oscuridad en Janucá (del 14 al 22 de diciembre). Simultáneamente, el mundo islámico inicia el mes sagrado de Rayab (que en 2025 comienza alrededor del 21 de diciembre), un tiempo que, históricamente, ha sido destinado a la paz, la tregua y la suspensión de hostilidades.

    Todo este entramado de fe y tradición ocurre bajo el marco del solsticio de invierno, un evento astronómico que, desde la antigüedad nórdica y grecolatina, ha funcionado como un llamado natural a la introspección y al resguardo. Esta convergencia de luces, treguas y ciclos debería, en principio, fomentar un espacio de restauración de lazos desde la familia hasta las naciones. Sin embargo, en lo cotidiano de nuestros usos y costumbres, mientras el cosmos y la religión llaman al orden, el abuso de alcohol empuja al caos. Lo que inicia como una celebración multicultural y familiar termina por precipitar discusiones, rencillas y rencores que han permanecido latentes durante el año. Aquí, el alcohol no funciona como un lubricante social —promesa mercadológica recurrente—, sino como un catalizador negativo que evidencia nuestra fragilidad: los “buenos deseos” suelen expirar justo cuando la memoria, estimulada por el exceso, decide aparecer para cobrar facturas pendientes.

    El rencor —que en esencia podemos definir como el enojo hecho recuerdo— convierte festividades luminosas en eventos profundamente sombríos. En la práctica clínica, este comportamiento se identifica a menudo como autosabotaje, pero hay un trasfondo más denso: un deseo persistente, casi inconsciente, por arruinar la armonía. El Tánatos freudiano —esa pulsión de muerte y destrucción que habita en el ser humano— cobra fuerza en lo festivo. El individuo, superado por la presión social del bienestar, opta por dinamitar el entorno para igualar el caos exterior con su conflicto interno, buscando una especie de equilibrio ante las presiones de su propia estructura mental. Pareciese que hay algo muy angustiante en el hecho de ser feliz.

    Lo que sucede en nuestras festividades decembrinas es una manifestación moderna de la Hubris griega: ese exceso de confianza alimentado por la sustancia que nos induce a creer que podemos cruzar impunemente la línea del respeto. Históricamente, esta pulsión desmedida encuentra su raíz en la figura de Baco —el Dioniso de los griegos—, deidad del vino, el éxtasis y la liberación de las inhibiciones. Si bien Baco representaba el alivio de las cargas cotidianas, su culto también advertía sobre la pérdida del “Yo” racional; invocarlo en exceso transformaba la alegría del banquete en la Manía o locura ritual, donde los lazos de sangre y el respeto social se disolvían en la violencia. Al ignorar los límites éticos, la fiesta se transforma en insolencia, y lo que era una tregua casi sagrada termina en una ruptura que, inevitablemente, atraerá su propia Némesis en forma de fracturas emocionales, familiares, laborales y financieras de difícil reparación.

    Esta degradación de la convivencia ya era una preocupación en la antigüedad. Durante las Saturnales romanas se nombraba a un Saturnalicius princeps o “Maestro de Ceremonias”, cuya función era evitar que la festividad cayera en la Incomitas, es decir, la rudeza que destruye el tejido social. Séneca, en sus cartas, lamentaba que en diciembre toda Roma pareciese sucumbir a una enajenación colectiva; afirmaba que la gente “abandonaba su mente” al beber, calificando a la embriaguez como una “locura voluntaria”. Siglos después, parece que el tiempo se ha congelado: nos habitan los mismos problemas.

    Las cifras en México respaldan la gravedad de este fenómeno con un rigor alarmante. Según los resultados del Levantamiento de la ENSANUT 2023 (Encuesta Nacional de Salud y Nutrición) y las proyecciones contenidas en el Informe sobre la Situación de la Salud Mental y el Consumo de Sustancias en México 2024 (de la Secretaría de Salud basado en los cortes preliminares de la ENCODAT 2024-2025 aún no publicada), el consumo explosivo de alcohol —el llamado binge drinking— ha mostrado un crecimiento sostenido tras la pandemia. Casi el 40% de la población consume de manera excesiva al menos una vez al año, concentrándose este comportamiento de forma crítica durante el último trimestre.

    En términos económicos y de seguridad, el impacto es devastador. De acuerdo con el Monitoreo de Ventas de la ANAM (Asociación Nacional de Abarroteros Mayoristas) y el reporte Consumer Insights de Kantar, diciembre experimenta un repunte en la comercialización de bebidas espirituosas de entre el 30% y el 50%. Este gasto absorbe, en promedio, el 20% del aguinaldo de los trabajadores, según el Análisis de Consumo de Temporada de la CONDUSEF sobre el comportamiento del gasto familiar en el cierre de año.

    Este flujo de capital se traduce en un incremento del 25% en incidentes de violencia y riñas familiares, conforme a las estadísticas del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). Asimismo, durante este periodo, los accidentes de tránsito vinculados al alcohol aumentan hasta un 30% —según los registros de atención de la Cruz Roja Mexicana y el Anuario Estadístico de Accidentes del IMT—, representando la principal causa de mortalidad en jóvenes durante la temporada. Finalmente, las detenciones en dispositivos de vigilancia como el alcoholímetro se disparan, saturando los juzgados cívicos y convirtiendo lo que debería ser un retorno seguro a casa en un proceso legal oneroso. Estamos ante una inversión masiva de capital que, en lugar de generar bienestar, financia la “locura colectiva voluntaria” de la que hablaba Séneca, transformando el patrimonio familiar en pasivos económicos y emocionales.

    Recuperar el sentido del festejo no es solo un acto de salud mental o espiritual; es una decisión financiera y social estratégica. Más allá de la fallida política pública en la materia, desde los hogares es momento de transformar el “Guadalupe-Reyes” en una inversión de capital social genuino, donde los buenos deseos no mueran cuando la memoria despierte, sino que sirvan de base para un año nuevo libre de culpas y de deudas emocionales. ¡Felices fiestas!

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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