Por Edgar Alonso Angulo Rosas*
No había terminado el año cuando iniciamos con “malas nuevas” para la presidenta. Pareciera que la tragedia la persigue: el Colegio Rébsamen, la Línea 12 y ahora el Tren Interoceánico. Estos sucesos marcarán no solo su gestión en cada cargo de elección popular que ha desempeñado, sino también su respuesta ante las víctimas.
Recordemos que, siendo Jefa de Gobierno y tras una recomendación de derechos humanos, fue obligada a pedir perdón por el caso del colegio. Posteriormente, tras contratar a la que calificó como “la mejor empresa del mundo” para el peritaje de la Línea 12, el contrato se canceló bajo un argumento de supuesto conflicto de intereses, justo cuando el dictamen final apuntaba a la falta de mantenimiento como causa del “incidente”, eufemismo técnico usado por su gobierno para la tragedia.
Hoy, las investigaciones del Tren Interoceánico están en manos de la misma figura que la exoneró en los casos previos. La duda persiste: ¿hasta dónde llega la responsabilidad técnica, jurídica, política y moral de un mandatario ante el desastre? Más aún, ¿cómo entender la respuesta de gobernantes que muestran cada vez menos empatía ante el dolor ajeno? ¿Cuál debe ser el papel de una presidenta a la que se le juzga por falta de sensibilidad en temas críticos como el desabasto de medicamentos, las madres buscadoras, la violencia, la libertad de prensa y el diálogo con la oposición?
Mientras tanto, la geopolítica se redefine. La cuestionada caída y detención de Nicolás Maduro en Venezuela anuncia un posible efecto dominó sobre regímenes señalados como totalitarios. Gustavo Petro en Colombia aparece como el siguiente en una lista que integran también Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, junto a Miguel Díaz-Canel en Cuba.
El presidente Donald Trump demuestra una visión transaccional del poder; no entiende de lo que quizá considere “romanticismos democráticos”. En el tablero internacional, opera con pragmatismo político y económico. No sorprende la falta de un respaldo a María Corina Machado a pesar de su larga y heroica lucha en Venezuela que le mereció el Premio Nobel de la Paz —galardón que él consideraba merecer—. Para Washington, no hay obligación moral hacia ella; impera el “Roma no paga traidores”, una máxima que nació cuando el cónsul Servilio Cepión despreció a los asesinos de Viriato, líder rebelde que humillaba a las legiones romanas en Hispania. Aunque la traición le fue útil para eliminar a su enemigo, el cónsul romano no entregó la recompensa prometida porque el traidor es, por naturaleza, desechable.
El totalitarismo es nocivo sin importar el espectro ideológico. La principal virtud de la democracia es el diálogo y la convivencia sana entre opositores; cuando a estos se les persigue, se les silencia o se les sanciona mediante el aparato judicial, fiscal o la estigmatización pública, el andamiaje democrático se destruye. ¿Cómo exigir respeto al derecho internacional cuando existen violaciones graves a los derechos humanos? El pacto de no intervención supone que la autodeterminación de los pueblos no justifica la violencia política ni la persecución. La pregunta actual es desgarradora: ¿la no intervención es respeto soberano, o es complicidad y complacencia? No hay respuestas simples.
Lo cierto es que las tiranías actuales carecen de la fuerza moral y la estatura histórica de antaño. Fidel Castro y Hugo Chávez han muerto; Rafael Correa y Evo Morales lejos están de poder participar activamente.1 Las leyendas de los grandes oradores que podían enfrentar los escenarios internacionales y a la prensa han desaparecido. Hoy, sus sucesores son figuras menores en intelecto, capacidad política y presencia, pero mayores en fracasos. El otoño de patriarcas es el invierno de sucesores.
En México, esperemos que la sombra de la gran figura que representó Andrés Manuel López Obrador no eclipse las decisiones de Claudia Sheinbaum. No se trata de sacudirse el pasado ni de traicionar mentores, sino de definir un gobierno con ideas propias. Ojalá no se cumpla el presagio de que López Obrador deba salir de su retiro para defender la soberanía nacional ante la falta de mando y los cuestionamientos de “narco gobierno”.
En los últimos años, la izquierda latinoamericana ha perdido dramáticamente en las urnas; es un síntoma de agotamiento ante el fracaso del modelo propuesto. El péndulo se mueve con fuerza hacia el otro extremo: el 2025 cerró con la derrota del oficialismo en Chile, donde el electorado entregó un 58% de los votos al conservador José Antonio Kast, enterrando el proyecto de Gabriel Boric. En Bolivia, el histórico Movimiento al Socialismo (MAS) colapsó en sus fracturas internas; el pasado octubre, el centroderechista Rodrigo Paz alcanzó la presidencia con un 54.5%, dejando al partido de Evo Morales y Luis Arce fuera de todo, con un humillante 3% de los votos.3
En Honduras, el castigo fue igual de severo: el partido de Xiomara Castro fue relegado a un lejano tercer lugar, permitiendo la victoria de Nasry Asfura. Además, se debe contar con la debacle en Panamá, donde el derechista José Raúl Mulino arrasó en mayo de 2024, mientras la izquierda tradicional del PRD fue reducida a un insignificante 5.8%. En Ecuador, el correísmo de Luisa González volvió a perder frente a la reelección de Daniel Noboa, quien ganó con más de 12 puntos de ventaja.
El mapa de Latinoamérica ha cambiado. Ante la falta de resultados sostenibles, la izquierda está perdiendo su principal activo —la confianza popular—; jugar con la esperanza es crueldad que genera voto de castigo. El “descarrilamiento” no es solo una metáfora; es una realidad continental que la Presidenta no debería ignorar.
Ojalá la presidenta escuche voces disidentes y mentes críticas dentro de su propio movimiento. No debe dejarse guiar por el “canto de las sirenas”, por el aplauso de aduladores, ni por el teléfono rojo de Palenque; el poder absoluto suele ser un mal consejero. Ella misma ha hecho llamados a la humildad; hoy es el momento de demostrarla, escuchando a todas las voces de México. Es, más que nunca, momento de unidad, no de cerrazón.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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