Como cada año, el Consumer Electronics Show (CES) de Las Vegas nos da pistas de cuáles serán los pasos que el progreso estará tomando. Esta fiesta tecnológica es una especie de barómetro muy preciso que marca el rumbo que la tecnología global tomará en los próximos doce meses. En su edición más reciente que se celebró a inicios del año, quedó claro que el tema dominante no es una nueva pantalla más grande o un dispositivo futurista o una utilidad novedosa: es la inteligencia artificial (IA) en todos los rincones de la innovación. Hasta aquí, la tendencia era prevista, lo que nos sorprenden son los avances vertiginosos que se dieron a conocer.
Ahora sí, lo que pasa en Las Vegas, no se queda ahí: trasciende. Hay un fenómeno consistente e incontrovertible: la Inteligencia Arttificial ya no es nada más una etiqueta o un asistente digital que responde a comandos. Ahora, las empresas están integrando sistemas de IA como capas omnipresentes y autónomas que operan en segundo plano en automóviles, electrodomésticos, hogares inteligentes, robots e incluso pantallas y dispositivos personales. Sí, es cierto, eso ya lo estamos experimentando.
No obstante, lo que los líderes del sector ya anticipaban ya es una realidad con la que estamos conviviendo. La IA ha pasado de ser herramienta reactiva para convertirse en una presencia proactiva que es capaz de anticipar necesidades, organizar tareas y ejecutar acciones sin que el usuario la invoque cada vez que la necesita. Lo sabemos, parece que nuestros aparatos nos conocen más que nosotros mismos.
La verdadera novedad y que fue la tendencia en CES 2026 fue “Physical AI”. Se trata de una sorpresa que ya está incrustada en objetos, máquinas y robots con presencia física real. Se mostraron robots domésticos diseñados para realizar tareas cotidianas —como la serie CLOiD de LG— hasta asistentes industriales que colaboran con trabajadores humanos. Sí, el futuro nos alcanzó y no se trata de una trama de ciencia ficción. Esta tendencia no sólo despliega productos curiosos o futuristas, sino que abre la puerta a un tema enorme: la industrialización inteligente. La IA ya no se ejecuta en exclusiva en servidores o dispositivos móviles, sino que interactúa con el mundo físico. Ahora veremos como estos productos van a reorganizar almacenes, optimizar procesos logísticos o incluso colaborar en el cuidado de personas mayores o en ambientes domésticos complejos. Esto es esperanzador.
Parece que estamos en la etapa del salto de la eficiencia a la democratización: IA para todos. La expansión de la IA va más allá de los gigantes tecnológicos. Herramientas de código abierto y plataformas abiertas, como infraestructura para investigación médica están permitiendo que pequeñas empresas o investigadores independientes accedan a capacidades avanzadas sin depender exclusivamente de los grandes proveedores. Esto es una gran ventaja que tiene implicaciones profundas: impulsa la competencia, reduce barreras de entrada y puede acelerar la innovación a gran escala. evidentemente que está claro que los grandes nombres seguirán dictando el ritmo pero la puerta se abre para que ideas emergentes y aplicaciones especializadas florezcan.
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Cuando la IA se anticipa a nuestras necesidades, gestiona decisiones cotidianas y participa en la ejecución misma de acciones vitales —como en salud, movilidad o educación, se vuelve indispensable preguntarnos: ¿Cuál es el papel del ser humano? ¿Quién controla las decisiones automatizadas? ¿Cómo protegemos la privacidad, la igualdad de oportunidades y la rendición de cuentas? ¿Cómo defendemos nuestra integridad humana?
La reflexión es pertinente. Siempre que uno va a un reciento ferial, se nos llenan los ojos con las novedades. Lo mismo si la feria es de moda, de libros, de muebles, la curiosidad nos gana y queremos saber cuáles serán las tendencias que dictarán la siguiente temporada. Nos gusta saber los colores que se pondrán de moda, las líneas, los temas, las narrativas.
Pero el tema del progreso tecnológico llama a la reflexión. Es importante saber que la IA no es un juguete. Es algo que debemos comprender y aprender a usar. Lo cierto es que el asombro es la sensación regente. La tecnología en exhibición en CES 2026 es deslumbrante en muchos aspectos: desde gigantescas pantallas y robots domésticos hasta sistemas de IA que conducen vehículos o organizan procesos industriales. Sin embargo, el verdadero valor no estará en qué tan espectacular es la IA, sino en cómo la incorporamos responsablemente en nuestras vidas, empresas y sociedades.
Es nuestra responsabilidad dirigir y dar rumbo al progreso. La Inteligencia Artificial debe estar al servicio de la Inteligencia Humana, debe ayudar a democratizar y a propiciar la igualdad, no propiciar una tiranía o generar brechas entre la Humanidad. Sería terrible que quienes no saben manejar estos progresos por falta de oportunidades queden alienados, desterrados, olvidados.
Es pertinente pensar en nuestro futuro, hacer nuestras evaluaciones en forma sustentable y responsable. No podemos dejar de lado que el desafío ético va al parejo con el avance tecnológico. No podemos apartar el avance ni el progreso sin una evaluación profunda sobre el rumbo y las consecuencias que estos avances van a tener. La integración profunda de IA al tejido productivo y social plantea preguntas que van más allá de la fascinación por lo nuevo.
Esta claro, el festival tecnológico nos recuerda que la IA ya no es una promesa del futuro: es la infraestructura invisible que sostiene nuestro presente y, si no somos cuidadosos, también nuestras desigualdades y vulnerabilidades. La pregunta que debemos hacernos hoy no es si tendremos IA en todo, sino cómo establecer marcos éticos, educativos y regulatorios que aseguren que esta tecnología multiplique nuestras capacidades sin comprometer nuestros valores fundamentales.
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