Por Maripina Menéndez*
Cada vez que llega un Mundial, millones de personas alrededor del mundo nos reunimos frente a una pantalla para celebrar el fútbol. Admiramos la técnica, la velocidad, la estrategia y la disciplina de quienes llegan a competir al más alto nivel. Pero hay un aspecto igual de importante que pocas veces ocupa un lugar central en la conversación: la salud mental.
Detrás de cada penal decisivo, de una jugada que cambia el rumbo de un partido o de una derrota inesperada, hay personas enfrentando presión, miedo al error, expectativas externas, frustración y una enorme exigencia personal. Hablar del rendimiento deportivo sin hablar del bienestar emocional es dejar fuera una parte fundamental de la historia.
Durante mucho tiempo entendimos el deporte principalmente desde lo físico. Asociamos la fortaleza con resistir, callar y seguir adelante a pesar del desgaste emocional. Sin embargo, cada vez más atletas de alto rendimiento hablan abiertamente sobre ansiedad, agotamiento mental y la necesidad de cuidar su bienestar psicológico. Esa conversación, que antes parecía impensable, hoy nos invita a replantear qué significa realmente ser fuertes.
Hemos visto cómo la capacidad de reconocer, regular y responder adecuadamente a las emociones transforma la manera en que las personas enfrentan distintos desafíos. El deporte no es la excepción. Por eso considero valioso hablar de herramientas que fortalezcan también la mente.
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En ese contexto, la meditación ha cobrado relevancia como una práctica complementaria dentro del entrenamiento integral. No se trata de una moda ni de una solución mágica, sino de una herramienta que puede contribuir a mejorar la concentración en momentos decisivos, ayudar a gestionar la presión y la ansiedad propias de la competencia, fortalecer la resiliencia después del error o la derrota, y favorecer estados de atención plena o flow, en los que mente y cuerpo operan de manera sincronizada.
Pero esta reflexión va más allá del fútbol profesional. Para millones de niñas, niños y adolescentes, el deporte representa una escuela de vida. En la cancha se aprende sobre trabajo en equipo, disciplina, perseverancia y tolerancia a la frustración. Si además incorporamos herramientas para desarrollar la regulación emocional y el autocuidado, estaremos formando no solo mejores deportistas, sino personas con mayores recursos para afrontar la adversidad y relacionarse de manera más saludable consigo mismas y con los demás.
Ha llegado el momento de ampliar nuestra manera de entender el éxito deportivo. El futuro del deporte probablemente no dependerá únicamente de atletas más fuertes o rápidos, sino también de personas emocionalmente mejor preparadas.
Quizá una de las grandes enseñanzas que nos deja el fútbol es que el verdadero rendimiento surge del equilibrio entre cuerpo y mente. Porque, al final, no todo se juega con los pies. También se juega con la mente.
Sobre la autora
*Maripina Menéndez, Presidenta Ejecutiva de Fundación Medita México
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.
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