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    Por Edgar Alonso Angulo Rosas*

    En 1954, Muzafer Sherif, investigador de la Universidad de Oklahoma, llevó a cabo un experimento fundamental sobre la naturaleza del conflicto humano. En el campamento de Robbers Cave, tras dividir a un grupo de adolescentes homogéneos en dos bandos y fomentar una hostilidad tan feroz que llegó a la agresión física y el sabotaje, Sherif demostró que los recursos teóricos de la época eran insuficientes. El diálogo, los llamados a la paz o el contacto forzado resultaron absolutamente inútiles para reconciliarlos.

    La única forma de disolver el odio tribal generado artificialmente y restaurar la cohesión original fue introducir lo que él definió como una “meta supraordenada”: una serie de crisis externas y apremiantes —entre ellas, la avería del suministro de agua del campamento— que amenazaban a todos por igual y cuya solución exigía, de manera inexcusable, la cooperación absoluta de ambos bandos. Ese riesgo de colapso compartido sirvió para superar rencillas previas y les otorgó un objetivo metagrupal.

    La historia antigua documenta cómo esta necesidad de cohesión ha cambiado el destino de naciones enteras frente a amenazas monumentales. Ocurrió en la Batalla de Salamina, cuando los otrora rivales atenienses y espartanos formaron un solo frente bajo el liderazgo estratégico de Temístocles para evitar ser aniquilados por el inmenso Imperio Persa de Jerjes. Y ocurrió de nuevo en Gaugamela, cuando Alejandro Magno, liderando una coalición de ciudades-estado griegas que antes se odiaban, logró que sus tropas se movieran con sincronía y motivación total para vencer al ejército de Darío III, un gigante que los superaba numéricamente. Demostraron que, ante el riesgo de extinción, la cohesión es muy superior al orgullo de la tribu y a la fuerza bruta del adversario.

    Aunque parezcan terrenos distintos, la política contemporánea y los fenómenos de masas operan bajo este mismo mecanismo psicológico. Hoy, México se encuentra frente a una doble coyuntura que exige una tregua interna y una cohesión absoluta: una de carácter simbólico en el ámbito deportivo, y otra relacionada con la estabilidad y el bienestar económico del país. El próximo Mundial de futbol y la inminente renegociación del T-MEC son más que eventos en el calendario; son nuestras metas supraordenadas.

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    Una de estas gestas, liderada por Javier “el Vasco” Aguirre, buscará cohesionar al país en el anhelado quinto partido; la otra, encabezada por Marcelo Ebrard desde la Secretaría de Economía, lleva sobre sus hombros no la ilusión de un torneo, sino la viabilidad financiera de millones de familias mexicanas.

    En el futbol entendemos este fenómeno a la perfección. Sabemos que nos enfrentaremos a selecciones con nóminas exorbitantes y mayor tradición de campeones; sin embargo, jugar en México supone un peso que trasciende la localía: es el impacto psicológico del estadio. En las gradas del Azteca, el tribalismo doméstico desaparece. El aficionado olvida si apoya a Pumas, América, Cruz Azul o Chivas; los colores de la liga se diluyen bajo la camiseta nacional. El canto unificado, el himno y el “Sí se puede” demuestran que la identidad colectiva es el verdadero motor frente a la adversidad. En la cancha, nadie en su sano juicio desearía que su propio equipo pierda solo porque no le agrada el director técnico.

    Esa misma racionalidad colectiva debe trasladarse a la renegociación del T-MEC. Si bien la figura de Marcelo Ebrard concita diversas opiniones en el espectro público, su rol actual trasciende las simpatías partidistas o las grillas de palacio. Como cualquier figura pública de primer nivel, puede verse asediado por animadversiones ideológicas. Sin embargo, él es el encargado de sentarse a la mesa frente a gigantes comerciales con un poder abrumador, voraces y movidos por sus propias agendas electorales y proteccionistas. En este momento crítico, someter a la delegación mexicana al “fuego amigo” o desear el fracaso de la negociación por pura mezquindad política equivale a perforar el casco del barco con tal de ver ahogarse al capitán.

    Una mala negociación comercial puede traducirse en incertidumbre económica y angustia social. La macroeconomía suele sonar a cifras abstractas en pantallas financieras, pero la realidad cotidiana demuestra que suele reflejarse en desempleo, estrés crónico, insomnio y fracturas familiares dentro de los hogares. El cerebro humano necesita certeza para funcionar y planear a futuro; sin ella, la sociedad colapsa en la desesperanza, en ese desamparo aprendido donde todo proyecto de vida se vuelve imposible.

    El éxito en la mesa del T-MEC no se trata del triunfo de un solo hombre; se trata de devolverle a la psique del mexicano la certeza de que el futuro sigue siendo viable. Y para lograrlo, necesitamos madurez cívica y pragmatismo de Estado. Es imperativo dejar de ser dos bandos en un campamento peleando por ver quién grita más fuerte, para convertirnos en un solo frente trabajando para que no se nos acabe el agua. Al secretario de Economía le tocará tirar el penal, pero el gol tendrá que ser gritado, defendido y celebrado por todos.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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