Siempre es un riesgo sujetar la comunicación política a la suerte que puede seguir los procesos judiciales.
Es lo que ocurre con Ismael “El Mayo” Zambada y sus secuaces. El gobierno de México decidió cargarle las tintas al FBI y al exembajador Ken Salazar por el acto, sin duda grosero y provocador, de exhibir el avión en que fue trasladado el líder del cártel de Sinaloa a Nuevo México en un museo en el desierto.
A raíz de una tarjeta explicativa, en la que se señala que se trató de “una operación peligrosa”, se concluyó que la participación de las agencias de seguridad de Estados Unidos en México, en ese caso, resultaba evidente.
Pero no lo es, no porque no hayan acordado recibir al narcotraficante y pactados beneficios en los juicios para Ovidio Guzmán, al grado de convertirlo en testigo colaborador, sino porque aún no existe evidencia sólida de participación de agentes del FBI, o de otra corporación, en Culiacán el día en que también murió, asesinado, quien fue rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa y era diputado electo, Melesio Cuén.
¿Tenía caso enfilar baterías desde Palacio Nacional contra Salazar y el FBI? Eso lo sabremos pronto, por las reacciones de La Casa Blanca, porque el diplomático Salazar se está defendiendo de sus propios problemas y de lo que apoyó y solapó mientras estuvo designado en nuestro país. Es más, en una suerte de control de daños, explica que él no tuvo nunca indicios de que existieran ligas con los bandidos y políticos nacionales.
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Como suele ocurrir, las explicaciones que tanto se exigen al gobierno de Donald Trumpo las pueden o los pudieron encontrar aquí mismo.
Las que son posibles radican en lo que sabe Rubén Rocha Moya, el gobernador con licencia de Sinaloa, y de las que se perdió la oportunidad son las que hubiera dado Mauro Núñez “El Jando”, jefe de la flota aérea del Cártel de Sinaloa, quien estuvo detenido en México, pero en el Consejo Nacional de Seguridad consideraron que era una buena idea mandarlo a Estados Unidos donde ya está colaborando con las autoridades de aquel país.
Un error de cálculo de grandes dimensiones, o una jugada de largo plazo de quienes no quieren ser involucrados en ese enredo, –el que respecta a la colusión del gobierno sinaloense con grupos criminales–, en el futuro.
“El Jando” sí sabe quiénes participaron en la operación, tripuló el vuelo, tuvo las coordenadas, fue recibido en el aeropuerto de Doña Ana y retornó a nuestro país, donde con posterioridad fue capturado, pero nunca interrogado sobre el caso más importante en décadas.
Una guerra de narrativas en la que lo que sostiene un día, debilita al otro. La clave es ver el panorama completo, o cuando menos intentarlo, saliendo de los cuadrantes sobre el peligro que representan los grupos delincuenciales mexicanos para Estados Unidos, obviando la propia crisis interna y, de este lado, los de la defensa de la soberanía atada a personajes que terminarán en prisión tarde o temprano.
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