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    “Acudí al psiquiatra por depresión y ansiedad. Me recetó benzodiacepinas, y empecé a mezclarlas con alcohol, que ya bebía de manera considerable desde antescosa que no le dije al psiquiatra. Las tomaba para todo y para nada.”

    Así comienza el testimonio de un exdirectivo corporativo que hoy lleva siete años en recuperación por adicción al alcohol y a las benzodiacepinas. Estas sustancias, legales y comúnmente prescritas, estuvieron a punto de costarle la vida. Cuando un psiquiatra se negaba a seguir recetándole, simplemente buscaba otro. Su rutina giraba en torno al consumo, hasta que ingresó a la clínica Monte Fénix. Allí reconoció su dependencia, comenzó su proceso de rehabilitación y, como él mismo relata, “recuperó las ganas de vivir”. Sobrevivió a una insuficiencia renal que pudo ser permanente. Hoy, salvo algunas secuelas en la memoria a largo plazo, goza de salud y plenitud. Se ha dedicado a la logoterapia, que ahora considera su vocación.

    El mercado global de las benzodiacepinas —medicamentos indicados para el insomnio, la ansiedad, la depresión o el trastorno por estrés postraumático— pasará de 3,530 millones de dólares en 2024 a 3,780 millones en 2025. Su prescripción se disparó durante la pandemia y no ha regresado a los niveles previos. Sin embargo, entre el 30% y el 50% de los tratamientos con estas sustancias carecen de justificación clínica, según especialistas, y con frecuencia se exceden las dosis y el tiempo de uso recomendado.

    El problema se agrava cuando estos medicamentos se perciben como inofensivos simplemente por ser recetados. Esa legitimidad médica disminuye la percepción del riesgo y retrasa la búsqueda de ayuda cuando el consumo se vuelve problemático.

    Entre las benzodiacepinas más prescritas en México están el diazepam, el alprazolam y el clonazepam. Se utilizan también como relajantes musculares, anticonvulsivos o sedantes. Pero en 2023, la Organización Mundial de la Salud (OMS) actualizó los lineamientos sobre su uso:  son fármacos de manejo delicado, con eficacia limitada en el largo plazo y con efectos secundarios que van desde la dependencia y la depresión hasta el deterioro cognitivo, especialmente en adultos mayores.

    A pesar de ello, muchos profesionales de la salud las recetan durante periodos prolongados, y no pocas personas acceden a ellas sin supervisión médica, mediante recetas falsificadas o comprándolas directamente.

    “Mi ginecólogo me recetó Tafil para calmar la ansiedad con la que amanecía tras una noche de alcohol. Empecé a aumentar la dosis por mi cuenta, tomándola a cualquier hora. No dejé de beber. Poco antes de ingresar a mi rehabilitación, un psiquiatra intentó sustituir el Tafil y el alcohol con Valium. Por supuesto, simplemente lo añadí a lo que ya tomaba.”

    Este es el testimonio de una mujer en recuperación, hoy especialista en el tratamiento de adicciones. Subraya que muchas de las benzodiacepinas son recetadas por médicos no psiquiatras, en un país donde contamos apenas con un tercio de los psiquiatras necesarios y cuya  presencia está concentrada en las principales ciudades. Esta falta de acceso especializado complica aún más el panorama. Las benzodiacepinas, comúnmente recetadas ante diagnósticos de ansiedad o depresión —que se han disparado en los últimos años— suelen administrarse sin un tratamiento integral ni seguimiento adecuado.

    Además, como en los testimonios anteriores, frecuentemente se pasa por alto una condición primaria: el alcoholismo. Cuando esto ocurre, el tratamiento con benzodiacepinas no solo no resuelve el problema, sino que lo agrava, añadiendo una nueva adicción.

    El uso problemático de alcohol o de benzodiacepinas, por separado, ya representa un riesgo significativo para la salud. Pero la combinación de ambas —ambos depresores del sistema nervioso central— puede ser letal. Disminuye el juicio, reduce la coordinación, afecta el control motor y, a largo plazo, puede dañar el sistema neurológico, hepático, renal y cardiovascular. También aumenta el riesgo de accidentes, hospitalización y muerte.

    Esta misma especialista advierte que si bien hay un perfil predominante de mujeres de mediana edad usuarias de benzodiacepinas, también hay quienes comienzan con alcohol y luego incorporan estos medicamentos. En su experiencia clínica, los jóvenes han comenzado a consumir benzodiacepinas para paliar la ansiedad que les provocan otras drogas estimulantes como las anfetaminas.

    Hoy sabemos que estas sustancias deben usarse solo únicamente en situaciones muy específicas, por ejemplo, el síndrome de supresión del alcohol, por tiempos breves y bajo supervisión psiquiátrica. De lo contrario, el riesgo de dependencia y daño a la salud es alto, incluso cuando provienen de una receta médica.

    ¿Cómo prevenir el abuso?

    Evitar la automedicación, incluso con medicamentos legales.

    Verificar que el tratamiento sea indicado por un psiquiatra, preferentemente con formación en adicciones.

    Usarlas por periodos breves, bajo monitoreo estricto.

    Promover estilos de vida saludables y, si es necesario, recibir apoyo psicoterapéutico.

    Si tú o alguien cercano enfrenta dudas sobre su consumo de alcohol o medicamentos ansiolíticos, se sugiere buscar ayuda profesional. Reconocer el problema a tiempo puede marcar la diferencia entre una vida limitada por la adicción… y una vivida en libertad.

    (*) el autor, es líder de opinión en adicciones a nivel nacional e internacional. Fue director de Monte Fénix y es fundador del Centro de Estudios Superiores Monte Fénix, Clínicas Claider y AMESAD. Es coautor del libro Adicciones, el creciente desafío y ha sido reconocido por su trayectoria con diversos premios, actualmente desarrolla la Fundación Espinosa-Larrea. Su visión ha marcado un antes y un después en el tratamiento de las adicciones en América Latina.

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