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    El año termina como suelen terminar las cosas importantes: con cansancio. El agotamiento ya no es un estado físico, sino un requisito decembrino. Para estar en el mundo hay que dormir mal, responder mensajes a deshoras y llamar “descanso” a cerrar los ojos con el teléfono encendido. Cuando por fin dormimos, alguien más parece tomar decisiones por nosotros. En ese contexto, el llamado “sueño lúcido” resulta sospechosamente útil: no propone escapar de la realidad, sino ensayar una forma distinta de estar dentro de ella.

    Durante décadas se dijo que el sueño lúcido, despertar dentro del sueño, era una superstición con pretensiones académicas. Una manera sofisticada de decir “imaginé que estaba despierto”. Hasta que Stephen LaBerge, psicofisiólogo de Stanford, decidió hacer lo que la ciencia exige cuando desconfía: poner a prueba la experiencia sin quitarle lo incómodo.

    Si alguien sabe que está soñando, ¿puede demostrarlo sin despertar? LaBerge reclutó soñadores entrenados y les pidió una tarea que sonaba a chiste incompleto: mientras soñaban, debían mover los ojos siguiendo un patrón previamente acordado. No en el sueño, sino en el mundo físico. El cuerpo, paralizado por el sueño REM, no colabora. Los ojos, en cambio, siempre han sido traidores: siguen la imagen que manda la mente. En el laboratorio, los electrodos registraron las señales. El sueño lúcido dejaba de ser una anécdota de sobremesa. Tenía evidencia.

    Vinieron después pruebas más profundas. Algunos soñadores contaban segundos dentro del sueño y marcaban con los ojos el inicio y el final del conteo. El tiempo onírico, célebre por su elasticidad narrativa, se comportó con elegante puntualidad. El cerebro no se disolvía en simbolismos. Seguía contando.

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    Stephen LaBerge no estaba solo. Allan Hobson, desde Harvard, aportó una visión neurobiológica que ayudó a entender el terreno donde ocurre el fenómeno: el sueño REM, ese estado paradójico en el que el cerebro está casi tan activo como en la vigilia mientras el cuerpo queda inmovilizado. Más tarde, Ursula Voss y su equipo en Alemania encontraron un detalle fino: durante el sueño lúcido aparecen ondas gamma, asociadas con la conciencia reflexiva, como si el cerebro encendiera una lámpara dentro de una habitación que ya estaba iluminada. La ciencia, que suele llegar tarde a las buenas fiestas, terminó por aceptar la invitación.

    ¿Cómo se entra, entonces, a un sueño lúcido? No hay fórmulas místicas ni atajos algorítmicos. Hay hábitos. Dormir con regularidad, anotar los sueños, aprender a desconfiar de lo evidente. Mirar dos veces un reloj, preguntarse si una pared puede atravesarse, ensayar la duda en plena vigilia. La pregunta “¿estoy soñando?” repetida con disciplina acaba infiltrándose donde menos se espera. Sea en la vigilia o en el sueño. Entonces sucede algo incómodo: uno despierta sin salir.

    Los usos del sueño lúcido son menos espectaculares de lo que prometen los gurúes, y por eso mismo más serios. Se ha empleado para reducir pesadillas, ensayar movimientos en atletas, estimular la creatividad y para recuperar una forma básica de agencia. No se trata de dirigir el sueño como si fuera un videojuego, sino de dialogar con él. Escuchar lo que propone y decidir qué hacer con eso.

    Ahora que confundimos estar informados con estar despiertos, el sueño lúcido ofrece una paradoja saludable. Ahí, en el terreno más frágil de la mente, aprendemos a observar sin obedecer de inmediato. A intervenir sin destruir la escena. A entender que lo que vemos no siempre manda.

    Por eso el sueño lúcido incomoda. Se parece demasiado a una versión mejorada de la vigilia. Un espacio donde las reglas existen, pero pueden discutirse. Donde el miedo no desaparece, pero pierde el monopolio. Donde uno puede caer desde un edificio y, en lugar de despertar sudando, decidir volar.

    Si la realidad compartida se ha convertido en un sueño ajeno, administrado por algoritmos, urgencias y notificaciones, el sueño lúcido es una opción de entrenamiento silencioso. Nos recuerda que la conciencia no es un interruptor, sino un músculo. Que despertar no siempre implica abrir los ojos. Y que, en tiempos de vigilia automática, quizá el gesto más radical consista en aprender a soñar mejor.

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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