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    Por Mario Chao*

    La inteligencia artificial se ha convertido en un factor decisivo para la competitividad de las empresas. Sin embargo, no todas las iniciativas de IA generan el mismo impacto.

    He visto cómo algunas organizaciones invierten grandes recursos en proyectos que terminan sin resultados claros, mientras que otras logran transformar por completo sus operaciones. La diferencia radica en saber elegir las áreas donde la IA realmente puede aportar valor tangible.

    El primer paso para lograrlo es reconocer que la IA no es un fin en sí mismo, sino una herramienta. Adoptarla únicamente por moda o presión competitiva es una receta para la frustración. La pregunta correcta no es “¿cómo usamos IA?”, sino “¿qué problema de negocio queremos resolver y cómo puede ayudarnos a hacerlo de manera más eficiente o innovadora?”. Esa claridad inicial evita esfuerzos dispersos y orienta la inversión hacia objetivos estratégicos.

    Hemos hecho análisis al respecto y las organizaciones que más beneficios han obtenido de esta tecnología son aquellas que vinculan sus proyectos con metas de negocio medibles: incremento en ingresos, reducción de costos, mayor satisfacción del cliente o mitigación de riesgos. Esto implica evaluar el retorno esperado antes de iniciar y priorizar las áreas con mayor potencial de impacto. Por ejemplo, en retail puede ser la personalización de la experiencia de compra; en manufactura, la predicción de fallas para reducir paros; en salud, la optimización de diagnósticos a partir de datos clínicos.

    Otro aspecto clave es la calidad y disponibilidad de los datos. Sin información confiable y estructurada, incluso el algoritmo más avanzado carece de utilidad. Identificar áreas con un ecosistema de datos maduro aumenta las probabilidades de éxito. A esto se suma la necesidad de contar con talento interno capaz de interpretar resultados y convertirlos en decisiones de negocio. La IA no reemplaza al criterio humano: lo potencia.

    La selección de casos de uso también debe considerar la escalabilidad. Un piloto exitoso que no puede extenderse al resto de la organización se convierte en un ejercicio limitado. Diseñar proyectos que sean replicables y sostenibles permite que la inversión inicial se multiplique en valor a largo plazo.

    En mi opinión, la clave está en combinar visión estratégica con pragmatismo. La IA tiene un potencial inmenso, pero no todas las áreas de la empresa están listas para adoptarla ni todas las aplicaciones generarán la misma utilidad. Elegir con cuidado, medir resultados y aprender de cada implementación es lo que diferencia a quienes logran transformar sus modelos de negocio de quienes simplemente experimentan sin impacto real.

    Lo cierto que es no hay una fórmula secreta o un manual para implmentarla. La inteligencia artificial seguirá evolucionando y lo que marcará la diferencia no será la tecnología en sí, sino la capacidad de cada organización para identificar dónde y cómo aplicarla con propósito. Y es ahí donde está el verdadero valor: en convertir la innovación en resultados tangibles que impulsen el crecimiento y fortalezcan la confianza en el futuro digital.

    Sobre el autor:

    *Mario Chao, CEO de NTT Data México

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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