En la Fórmula 1, donde todo sucede en milésimas de segundo y cualquier error puede costar carísimo, hay un grupo de personas que no gana un sueldo, pero carga con una responsabilidad enorme: proteger la vida de los pilotos. Son los Marshals, esos puntos naranjas que vemos a la orilla de la pista. A veces pasan inadvertidos, pero son quienes mantienen el orden cuando el caos toca la puerta.
Profesionales entre semana, Marshals el fin de semana
Lo curioso —y para muchos, sorprendente— es que casi todos son voluntarios. De lunes a viernes son maestros, ingenieros, estudiantes, oficinistas. Pero cuando llega el fin de semana de carrera, toman su overol, su radio y su casco, y se convierten en una pieza clave del Gran Premio. No lo hacen por dinero; lo hacen porque aman el automovilismo y porque les emociona formar parte del corazón del deporte.
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Mucho más que ondear banderas
Pensar que ser Marshal es solo estar cerca de la pista para ver los coches es un error. La exigencia es altísima. Para estar ahí, deben pasar por capacitaciones constantes certificadas por la FIA (Federación Internacional del Automóvil).
Su entrenamiento es tanto técnico como mental. Tienen que saber cómo apagar un incendio de combustible de alto octanaje, cómo extraer a un piloto de un chasis destrozado sin agravar una posible lesión y cómo comunicarse con la dirección de carrera de forma precisa. Pero lo más difícil es el temple: se les entrena para vencer el instinto natural de huir del peligro. Cuando hay un accidente y vuelan piezas, ellos no corren hacia atrás. Esa capacidad de mantener la cabeza fría mientras el resto del mundo contiene el aliento es lo que define a un buen Marshal.
La coreografía que nadie ve
La próxima vez que veas una bandera amarilla o un Safety Car, fíjate en los movimientos de los Marshals: parecen simples, pero están perfectamente sincronizados. Saben que cada segundo es importante y que su rapidez puede evitar un segundo accidente.
Pilotos como Hamilton o Vettel lo han dicho muchas veces: “sin los Marshals, la F1 no existe”. Para correr a esa velocidad, los pilotos necesitan la certeza de que, si algo sale mal a 300 km/h, habrá alguien listo para ayudarlos.
Son los primeros en llegar a la escena y los últimos en retirarse cuando los motores se apagan. No suben al podio ni salen en las fotos oficiales, pero su victoria es simple y enorme: que la carrera termine sin tragedias. Es un trabajo silencioso, muchas veces anónimo, pero absolutamente vital para que el “Gran Circo” siga girando.
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