Hace dos años publiqué aquí mismo una columna sobre la llamada “Teoría del Internet Muerto”, una hipótesis que sostenía que buena parte de la red había dejado de estar habitada por humanos y comenzaba a llenarse de bots, automatizaciones y contenido artificial. En aquel momento parecía una exageración propia de foros conspirativos. Hoy, la discusión ya no es si esa teoría era cierta o no, sino cuánto tiempo falta para que la mayor parte de los contenidos digitales sean producidos íntegramente por máquinas.
Las cifras son difíciles de ignorar. El reporte 2025 de Imperva, empresa especializada en seguridad digital, reveló que el 51% del tráfico global de internet ya es automatizado, es decir, generado por bots y sistemas automáticos, es decir, justo en este momento hay más robots que humanos poblando, publicando e interactuando en la web. Más inquietante aún: el 37%, es decir, uno de cada tres de esos robots corresponde a bots maliciosos diseñados para manipular tráfico, generar fraude o inflar artificialmente interacciones. Lo que durante años entendimos como “actividad humana” en internet comienza a mezclarse con una capa masiva de actividad sintética.
Los ejemplos abundan y van más allá de los textos. Por ejemplo, proliferan sitios completos escritos por inteligencia artificial, cuentas que reciclan contenido automático y playlists en Spotify diseñadas exclusivamente para monetizar reproducciones bajo títulos como “música para estudiar”, “lofi para concentrarse” o “ambient para dormir”, muchas veces creadas por nadie en particular, sino por modelos generativos optimizados para captar atención.
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El problema no es únicamente la cantidad de contenido artificial, sino la uniformidad cultural que esto comienza a producir. Los modelos de IA aprenden de grandes masas de información existente y tienden a generar piezas estadísticamente coherentes. El resultado es una cultura digital cada vez más homogénea: mismos estilos visuales, mismas estructuras narrativas, mismas fórmulas musicales, mismas perspectivas. Internet deja de parecer una mezcla caótica de voces humanas diferenciadas y empieza a funcionar como un enorme continuum algorítmico donde todo se parece un poco a todo.
Durante años celebramos internet como un espacio de diversidad, rareza y creatividad impredecible. Pero las plataformas actuales premian exactamente lo contrario: lo repetible, lo optimizado y lo escalable. Y la inteligencia artificial es perfecta para producir ese tipo de contenido infinito, rápido y barato.
Paradójicamente, mientras más sintético se vuelva internet, más valor adquirirán las señales de humanidad. Lo imperfecto, lo artesanal, lo torpe, incluso lo incómodo comenzará a apreciarse de una manera mucho más profunda. En un entorno saturado de imágenes impecables, voces perfectas y textos optimizados algorítmicamente, aquello que huela a experiencia humana real se volverá extraordinario. Quizá el futuro de la autenticidad no esté en competir con las máquinas, sino precisamente en aquello que las máquinas todavía no pueden simular del todo: la fragilidad, el error y la experiencia vivida.
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