El reciente pacto entre la administración de Donald Trump y el gobierno iraní, mediado por Pakistán y Qatar, que deberá formalizarse este viernes 19 en Ginebra, Suiza representa un tanque de oxígeno para una economía global que ya mostraba signos de asfixia.
La reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento simultáneo del bloqueo naval estadounidense desactivan, al menos temporalmente, la crisis energética que amenazaba las proyecciones de crecimiento para el cierre del año. Sin embargo, para México, este acuerdo es un factor que altera variables críticas de su propia ecuación económica. Es un doble filo fiscal, una caída sostenida de los precios del petróleo reduce los ingresos petroleros del sector público. No obstante, el beneficio neto es positivo.
Una menor inflación global le dará respiro al Banco de México, para continuar con el ciclo de recortes a la tasa de interés, abaratando el crédito y estimulando el consumo interno.
El efecto inmediato del pacto se sentirá en los mercados de commodities, el estrecho de Ormuz es el cuello de botella por donde transita casi el 20% del petróleo mundial. La normalización del flujo y el alivio condicional de las sanciones a Teherán inyectarán certidumbre, estabilizando los precios internacionales del crudo a la baja, esto desacelerará las presiones inflacionarias globales.
El gran argumento de venta de nuestro país en los últimos años ha sido la estabilidad geopolítica regional, en comparación con los conflictos en Europa del Este y Medio Oriente. La paz en el corto plazo reducirá la volatilidad de los costos de los fletes marítimos, pero la vulnerabilidad demostrada por las cadenas logísticas transoceánicas durante estos meses de guerra no hace más que validar la importancia de la estrategia de la relocalización.
Las empresas globales no van a revertir sus planes de relocalización hacia Norteamérica solo porque Ormuz reabra; al contrario, la fragilidad de depender de vías navegables controladas por regímenes hostiles refuerza que la vecindad geográfica con Estados Unidos es el activo más valioso de la economía mexicana. Pero no se puede dejar de lado el factor político y la vecindad con la Casa Blanca, porque Donald Trump capitalizará este acuerdo como una victoria histórica de su doctrina de presión máxima combinada con el pragmatismo negociador.
Con el frente de Medio Oriente en vías de estabilización, abriendo una ventana de 60 días para negociar el tema nuclear, el foco de atención de la Casa Blanca inevitablemente se moverá hacia prioridades domésticas y de frontera. Esto significa que Washington redirigirá su capital político y recursos de inteligencia hacia temas como: El control migratorio, la seguridad fronteriza y el fentanilo y la antesala de la revisión del T-MEC en el corto plazo.
Para el gobierno mexicano, la paradoja que se le presenta es que la distensión en el Golfo Pérsico incrementa la atención y la presión estadounidense sobre su frontera sur. El acuerdo de Ginebra demuestra que, en la geopolítica actual, los conflictos agudos pueden encontrar salidas pragmáticas cuando el costo económico de la guerra se vuelve insostenible para ambas potencias.
México se beneficia del fin de la crisis energética mundial, pero debe leer este evento como un recordatorio de que la estabilidad global es frágil. La tarea de nuestro país no es reaccionar a los vaivenes de Medio Oriente, sino acelerar la tarea interna: garantizar infraestructura, energía limpia y Estado de derecho para consolidar el bloque norteamericano como el refugio económico más seguro del planeta.










