Hay instantes que encumbran o derrumban carreras políticas. De los primeros, el político que resiste a los temores y se mantiene entero ante el peligro, como Adolfo Suárez cuando el teniente Tejero, pistola en mano, irrumpió en el Congreso de España.
De la otra especie, es el que protagonizó el ministro Hugo Aguilar impávido, mientras dos funcionarios le limpian el calzado, manchado con restos de concha y nata, a unos metros del Teatro de la República en Querétaro.
El presidente de la Suprema Corte no se repondrá de lo que quedó plasmado en imágenes y videos. No hay control de daños que puede reparar eso.
Tardó horas en reaccionar, casi tanto como esos segundos eternos en los que observa, con las manos en los bolsillos del pantalón, como su coordinadora de comunicación social y un ayudante, en cuclillas, limpian, como pueden, su zapato.
Ofreció disculpas a sus colaboradores y llamó para que nadie crea que es como se vio en el video, ajeno y prepotente, incapaz de tener una respuesta adecuada, de reflejos, de esas que no se improvisan, sino que surgen de modo espontaneo.
Eso, lo que ocurrió, no le pasa a cualquiera. Por donde sea que se le vea, el incidente, si así puede llamársele, supera lo anecdótico, porque además pegar en la credibilidad del discurso, en los esfuerzos por la igualdad en el sistema judicial, en el respeto a las mujeres y cualquier servidor público.
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Los ministros también son ejemplo, por eso a lo largo del tiempo se buscó que llagaran los más preparados, que solo se pudiera acceder después de carreras de esfuerzo y de mérito.
¿Podemos imaginar a los integrantes del Pleno anterior, o de otras épocas no la Corte en un aprieto similar? No, no podemos, no solo porque no ocurrió, sino porque es prácticamente imposible que aconteciera.
¿Las crisis son irreversibles? No, todas tienen un principio y un final, el problema se encuentra en su escala, en las huellas que se quedan, en el impacto que ya es indeleble.
Las crisis requieren de un desarrollo, pero también de un cierre. Es decir, se tiene que establecer un relato creíble, una rendición de cuentas o balance que indique que todo terminó, que hay lecciones aprendidas y que se ajustará lo que se requiera.
Aquí se asuma el nudo complejo, porque no hay forma de desatarlo, de darle otra textura o tejido, se quedó y se quedará enredado.
Pero el daño será para el Poder Judicial, porque el ministro Aguilar solo tiene que aguantar el mal trago, ya que su llegada al Pleno de la Corte responde a un diseño que lo trasciende, en el que lo que importa es el control y no el comportamiento.
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