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    Por Edgar Alonso Angulo Rosas*

    Nada es más apremiante que el interés superior de las infancias. La niñez y la juventud no son solo el tesoro vivo de un país, sino su verdadera riqueza estructural; representan la causa común definitiva y la razón de ser fundamental de todo gobierno.

    Sin embargo, hoy crecen en entornos de riesgo cada vez más severos. Se enfrentan a violencias sistémicas, acechanzas en el consumo de sustancias, reclutamiento por el crimen organizado y trata de personas; vulnerabilidades que no solo hipotecan a una generación, sino la viabilidad misma de la nación. En este entorno, la polarización política y el pleito de facciones no solo son inútiles para ofrecer soluciones, sino que terminan convirtiéndose en una abierta complicidad frente a estos riesgos.

    La polarización es, en sí misma, una amenaza; es el fomento activo de la violencia política y el denuesto sistemático de la diferencia. Las autoridades, obligadas a mantener una conducta ejemplar, deben dejar de escudarse en el “derecho de réplica” para contestar la crítica con violencia simbólica. Su deber es ser un modelo de asertividad, convocando al diálogo, fomentando la resolución pacífica de las diferencias y garantizando un juego político limpio, en lugar de dictar desde la tribuna pública qué televisoras ver o a qué columnistas leer.

    El deporte se asoma como una oportunidad coyuntural de unidad. México se encuentra ante la organización de una parte de la Copa del Mundo, uno de los pocos acontecimientos capaces de generar todavía una emoción colectiva compartida. La selección jugará en casa y el ánimo colectivo dependerá del desempeño de quienes nos representan. Miles de niños se ilusionarán. Mientras tanto, la pregunta ineludible es si desde la Presidencia se seguirá fomentando la división o si se jugará por la verdadera selección nacional. Quienes asumen el mandato deben entender su figura como suprapartidista. Un verdadero líder convoca a zanjar diferencias y jamás minimiza las voces críticas.

    Pero mientras esperamos el silbatazo inicial, la realidad fuera del estadio no admite pausas. Para entender la magnitud de la crisis, basta revisar la propia radiografía del Estado. Los datos exponen una regresión institucional alarmante. Debemos poner fin a la imposición ideológica en los planes de estudio y devolverle centralidad a la formación académica real. Los resultados de la prueba PISA 2022 evidenciaron un severo retroceso educativo: México cayó 14 puntos en matemáticas, regresando a niveles observados hace dos décadas. A fin de cuentas, los niños no pueden contestar un examen internacional con la idea de que ellos “tienen otros datos”.

    En el ámbito de la salud, el panorama es también sombrío. La ENSANUT documentó rezagos alarmantes en la cobertura de vacunación infantil, mientras los hospitales pediátricos continúan operando con carencias críticas de insumos médicos y medicamentos para tratamientos esenciales.

    El tejido social también se fractura desde la familia. Lev Vygotsky señaló que el desarrollo psicológico e identitario es un proceso indivisible del entorno sociocultural; la mente del niño se estructura a través del “andamiaje” y la contención que le proporcionan sus figuras de autoridad y apego, sus padres. Sin embargo, las cifras oficiales demuestran que este andamiaje se está colapsando. De acuerdo con el INEGI, la relación de divorcios frente a matrimonios ha crecido de manera alarmante en la última década, pasando de 18.6 separaciones por cada 100 enlaces en 2013 a una relación histórica que en el periodo 2023-2024 se ha consolidado en más de 33 divorcios por cada 100 matrimonios a nivel nacional. En una proporción gravísima de estos procesos, las disputas involucran directamente la manutención y custodia.

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    Las infancias están creciendo en medio de conflictos familiares cada vez más complejos, donde la instrumentalización de los menores termina por alienar o desdibujar por completo la figura paterna. Crecer sin este eje estructurante los expone a una profunda vulnerabilidad emocional, incrementa el riesgo de adicciones tempranas y los deja huérfanos de límites, convirtiéndolos en presa fácil para que el crimen organizado usurpe ese rol de pertenencia. Las infancias no deben ser objeto ni sujetos de disputas legales; los hijos no son un recurso para la agresión. El Estado debe garantizar su sano desarrollo cognitivo, emocional, familiar y social, y no convertirlos en rehenes de políticas públicas orientadas a satisfacer agendas adultocentristas. El interés superior de la niñez está muy por encima de cualquier guerra cultural.

    Por otro lado, de acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, a lo largo del último año cientos de niñas, niños y adolescentes fueron víctimas de homicidio doloso en México. Paralelamente, organismos ciudadanos especializados han advertido un incremento sostenido de delitos digitales vinculados a la explotación y abuso sexual infantil.

    En este entorno, las recientes reformas legislativas tampoco fungen como escudo. En las mesas del Congreso abundan leyes mal planeadas que, persiguiendo agendas globales y discursos de moda, intentan reivindicar “derechos de las infancias” ignorando por completo las etapas ineludibles del desarrollo cognitivo. A las infancias se les debe proteger, incluso, de sus propias decisiones. La tutela de los padres y del Estado tiene fundamentos clínicos ampliamente discutidos: diversos estudios en neurodesarrollo sostienen que los procesos de maduración cerebral, particularmente en áreas relacionadas con el control de impulsos, la planeación y la toma de decisiones, continúan desarrollándose hasta etapas avanzadas de la juventud. Las decisiones que se tomen en edades tempranas deben ser cuidadas bajo la estricta perspectiva de la inmadurez neurofisiológica. Emociones temporales no pueden conducir a decisiones permanentes ni irreversibles. Con demasiada frecuencia, las discusiones legislativas sobre infancia terminan subordinadas a consignas políticas, modas ideológicas o presiones externas, antes que a criterios clínicos, pedagógicos y científicos verdaderamente especializados.

    Por ello, es urgente convocar a un pacto nacional transexenal que blinde el presupuesto destinado a la salud pediátrica, la prevención psicosocial y el rescate educativo. Las infancias no pueden seguir siendo la variable de ajuste presupuestal ni el rehén de agendas ideológicas o partidistas.

    Si no se logra enmendar el rumbo por convicción democrática, debería hacerse por estas infancias. Se debe dejar de dividir el país entre pueblo “bueno” y “malo”. Gobernar desde el rencor no solo es un error ético, sino la muestra más cruda de miopía política. Estamos urgidos de estadistas capaces de visualizar el bienestar de las futuras generaciones y no el botín de las próximas elecciones.

    La nación no tiene dueño, no pertenece a un caudillo,  ni es de un solo tono; su riqueza reside en su pluralidad. No nacimos como una nación naranja, verde, azul, guinda o morada; nuestra identidad, por definición y por historia, es tricolor: un tricolor cívico y no partidista.

    Sobre el autor: 

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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