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    Por Abril Rodriguez Esparza*

    Tras haber asumido su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump emitió una serie de órdenes ejecutivas en diversos rubros consideradas prioritarias para su administración. Específicamente en materia de diversidad, equidad e inclusión (“DEI”) firmó varios decretos dirigidos a desmantelar estas iniciativas dentro del gobierno y desconoció identidades de género divergentes al manifestar que su administración, en apego a la “realidad biológica”, solo reconocería dos sexos: el masculino y el femenino, borrando de un plumazo a las personas transgénero y no-binarias.

    Llama la atención que teniendo una infinidad de temas apremiantes que atender, ésta fuese una de las primeras acciones del nuevo presidente; y resulta muy preocupante, aunque no sorpresiva, la narrativa que pregona como justificación de estas medidas.

    Para dar un poco de contexto, en 2023, la Suprema Corte de Justicia estadounidense resolvió una controversia presentada por un grupo de estudiantes asiático-estadounidenses, quienes argumentaban que las acciones afirmativas de ciertas universidades que consideraban la raza como un factor en el proceso de admisión, resultaban discriminatorias pues restringían su acceso a estas escuelas privilegiando a otros grupos demográficos, mayoritariamente estudiantes afrodescendientes, latinos e hispanos. Los ministros resolvieron que dichas acciones eran inconstitucionales, revirtiendo de esta manera diversos precedentes en favor de los derechos civiles emitidos durante los últimos 45 años por ese mismo tribunal. 

    Extrapolando esa argumentación, Trump sostiene que los esfuerzos de DEI generan una “discriminación inversa” al afectar a quienes no forman parte de grupos poblacionales protegidos, limitando su acceso a oportunidades y priorizando “injustamente” a ciertos colectivos. Asimismo, el presidente ha sido muy vocal en afirmar que estas prácticas atentan contra la meritocracia y que son un despilfarro de recursos públicos. Esto tiene que analizarse con cuidado pues la meritocracia no es un antónimo de esfuerzos que busquen equilibrar las brechas de desigualdad estructural en el acceso, permanencia y desarrollo en el empleo. 

    Si bien no es la primera vez que un presidente estadounidense se pronuncia contra las iniciativas de DEI, pues Ronald Reagan también criticó éstas en su mandato, ahora existen más categorías protegidas que en los años ochenta, cuando estos esfuerzos versaban primordialmente sobre temas de raza o género, aunado a que actualmente el uso de redes sociales permite amplificar el alcance del discurso de intolerancia y generar “cámaras de eco”.

    Impacto en el sector empresarial

    Como reacción a estas normativas, varias empresas han manifestado públicamente su adhesión a estas posturas y han eliminado, modificado o reducido considerablemente sus políticas e iniciativas de DEI. Muchas de ellas son lideradas por personas cercanas a esta administración, quienes incluso han hecho evidente su repudio personal a estas prácticas. Pero muchas más organizaciones han mantenido su compromiso con los esfuerzos de DEI por convicción propia. Numerosos estudios sugieren que la implementación y adopción efectiva de políticas de inclusión en el ámbito laboral tiene un impacto inmediato y notable en las empresas, sobre todo en lo referente a la retención del talento, la innovación y la productividad.

    Estas organizaciones están reestructurando estas iniciativas para continuar con ellas, pero en estricto acatamiento de la ley para mitigar riesgos. Un ejemplo es que algunas están modificando el vocabulario utilizado eliminando términos que ahora resultan polémicos como “diversidad” para enfocarse más en conceptos como “cultura organizacional” o “sentido de pertenencia”. Por ello debemos ser muy críticos al leer los titulares de noticias que pueden ser engañosos y transmiten el mensaje de que DEI ya es algo del pasado o que genera desigualdad hacia grupos que no han experimentado la discriminación estructural. Esto es particularmente grave, pues algunas personas pueden sentirse legitimadas para expresar abiertamente su rechazo hacia la otredad, al percibir que su opinión es compartida por la mayoría.

    Actualmente están en discusión el alcance y los efectos de las órdenes ejecutivas, ya que existen leyes que protegen los derechos civiles y que son jerárquicamente superiores a estas órdenes. Sin embargo, en mi opinión, el discurso de Trump tiene como finalidad distraer dividir y desinformar. Distraer la atención de temas más urgentes, como el aumento del costo de vida y la precariedad de una creciente parte de la población, el desempleo y la crisis climática, entre otros. También, sirve para dividir al señalar como culpables de muchos de estos males a ciertas poblaciones que de manera sistémica han vivido en condiciones de desventaja; y desinformar al hacer campañas de desprestigio mediante declaraciones tendenciosas, falsas y simplistas que exacerban el miedo, el odio y la polarización social. 

    En esta posverdad trumpista, se deshumaniza al distinto, incentivando la violencia hacia la otredad y se desconoce la existencia de desigualdades estructurales que generan la necesidad de estos esfuerzos de inclusión, en aras de lograr una mayor justicia social y equidad. 

    Por ello, en estos momentos de incertidumbre resulta fundamental ser vocales y valientes, pues la historia nos ha demostrado que el odio nunca lleva a buen puerto. Debemos informarnos debidamente, cuestionar, ser aliados y conocer realidades distintas a las nuestras, lo cual nos permitirá convertirnos en personas más completas, humanas y empáticas, y ultimadamente en mejores líderes. 

    Sobre el autor:

    *Abril Rodriguez Esparza es Líder de Diversidad, Equidad e Inclusión para EY Latinoamérica, y Socia de Impuestos para EY México.

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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