Por Edgar Alonso Angulo Rosas*
En el argot popular, y sobre todo en la cultura digital contemporánea, existe una expresión picaresca para la contradicción inmediata: “tres doritos después”. Es la estampa irónica de quien afirma tener una convicción inquebrantable, solo para traicionarla unos segundos después, el tiempo exacto y suficiente para degustar una botana. En redes sociales es material de comedia, escarnio público y crítica social; sin embargo, en la administración pública debe considerarse no solo un fracaso de las narrativas, sino la evidencia de la falta de convicciones, valores y congruencia del aparato de Estado.
Si bien ningún especialista dudaría de la salud mental de la mandataria, es innegable que el aparato de comunicación presidencial padece de una evidente y severa esquizofrenia discursiva. Ya Sigmund Freud nos advertía sobre la escisión del yo (Spaltung), ese mecanismo de defensa mediante el cual la mente logra sostener dos actitudes completamente contradictorias frente a la realidad sin colapsar. A esto se suma lo que teóricos como Pierre Janet estudiaron como disociación, o la necesidad clínica de dividir el mundo en polos de “buenos y malos” que describió Melanie Klein. Hoy, esta patología narrativa se ha institucionalizado: el gobierno sostiene verdades mutuamente excluyentes y, aunque son incompatibles, no parece experimentar ninguna disonancia cognitiva. El discurso de la cosa pública está fracturado, es irreconciliable y vive crónicamente disociado.
El más reciente síntoma de esta fractura lo encontramos en la administración del tiempo. La narrativa oficial exige indulgencia para sus aliados, pero condena eterna para sus adversarios. Así, se defiende al régimen castrista advirtiendo que el paso de las décadas es señal inequívoca para dejar atrás lo que pertenece al ayer; “tres doritos después”, esa misma voz insiste obsesivamente en remontarse quinientos años hasta Hernán Cortés o condenar a diario el sexenio de Felipe Calderón para justificar los agravios del presente. El reloj histórico del gobierno avanza o retrocede según la conveniencia ideológica de la mañana. En psicología distinguimos entre el tiempo lógico y el cronológico: el primero es puramente subjetivo, donde un agravio de hace siglos se experimenta en la mente como si hubiera ocurrido ayer; el segundo es inamovible y depende de los calendarios. El problema es que el Estado ha decidido gobernar saltando de uno a otro, persiguiendo al conejo que carga el reloj de “Alicia en el país de las narrativas”.
Otro síntoma es la proyección clínica en temas de seguridad. La tribuna presidencial cuestiona con severidad la colusión criminal del pasado, sosteniendo la premisa lógica de que es “incomprensible e imposible” que un presidente en turno no estuviera enterado de los nexos de Genaro García Luna con el crimen organizado. El argumento es impecable, hasta que lo sometemos a la prueba del espejo. Cuando la mirada se posa en el presente, ante los escándalos que envuelven al gobernador Rubén Rocha Moya en Sinaloa o los oscuros nexos de los encargados de seguridad en Tabasco, como Hernán Bermúdez Requena, la agudeza deductiva desaparece. De pronto, la ceguera institucional se vuelve plausible y la ignorancia desde el centro del poder se asume como inocencia, ingenuidad o buena fe.
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Quizá experimentamos una era con una moralidad de brújula rota. Encontramos un repudio fiero hacia la ostentación insensible, tachándola de frivolidad imperdonable si proviene de la oposición; pero la lupa de la austeridad se empaña con justificaciones cuando los lujos, los viajes o las residencias millonarias adornan los perfiles de la propia militancia. Como señalaba Jacques Lacan, el sujeto proyecta sus propias faltas para mantener intacta su imagen: el Otro (con mayúscula) se convierte en el depositario perfecto de lo indeseable. La frivolidad en casa es invisible; solo el Otro es el frívolo, solo el Otro encarna el clasismo. Es la versión clínica de ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio.
Un síntoma más se manifiesta en el terreno de la cada vez más frágil libertad de expresión. Desde la narrativa oficial se proclama, con orgullo inquebrantable, que “no hay censura” y que se respeta la pluralidad como nunca en la historia. Sin embargo, asistimos a una embestida sistemática y diaria contra columnistas, periodistas y reporteros que se perciben como no afines. A estos se les ha llegado a acusar, desde la máxima tribuna, de ser potenciales golpistas, traidores y conservadores. Revelando una piel sospechosamente delgada, resulta más fácil acusar de violencia que responder a una pregunta.
Esta hostilidad ha cruzado la frontera del escarnio verbal para adentrarse en el peligroso terreno de la judicialización de la pluma, amenazando con el diseño de nuevas leyes que, bajo eufemismos de protección de la imagen o de visiones de género, están siendo perfiladas para utilizarse como instrumentos de castigo y persecución. Se celebra la libertad en la teoría, mientras se afila la mordaza legal en la práctica.
Las fracturas llegan hasta las entrañas de su propio partido y gabinete. Se afirma categóricamente que ciertos funcionarios no dejarán su encargo, argumentando que son rumores malintencionados, para instantes después anunciar nombramientos cruzados en carteras clave del gabinete. La afirmación matutina es la refutación vespertina.
La lista de disociaciones es inabarcable. Los eufemismos del bienestar van desde justificar el dinero en efectivo como “aportaciones al movimiento”, hasta bautizar la falta de mantenimiento del Metro como “hechos atípicos o incidentes”. En este universo paralelo, a la prensa que documenta la realidad se le señala con el “no es falso, pero se exagera”; se clasifica el descarrilamiento del Tren Maya como una simple “interrupción del flujo sobre la vía”; y a los nuevos impuestos se les nombra simplemente como “actualización fiscal”, entre un sinfín de etcéteras. Un auténtico surrealismo simpsoniano.
Gobernar desde la esquizofrenia discursiva tiene un costo altísimo. Cuando la verdad se vuelve tan maleable que puede contradecirse en cuestión de horas sin que el emisor se ruborice, la confianza institucional se desmorona.
Hoy, el “tres doritos después” ha dejado de ser un simple meme de internet para convertirse en el sello de identidad de un gobierno donde la única certeza absoluta es que las afirmaciones de hoy serán, inevitablemente, las contradicciones del mañana.
Sobre el autor:
*Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.
Correo electrónico: [email protected]
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