En las plazas públicas, la historia es un problema de aviación. Los próceres de bronce, montados en caballos que tienen más anatomía que el jinete, cumplen una función cívica fundamental: servir de retrete para las palomas. Construimos pesados monumentos para delegar la memoria. Una vez que el mármol se asienta en la plaza, los ciudadanos quedamos exentos de recordar. La estatua hace el trabajo por nosotros. En el fondo, la obsesión por la permanencia física es un acto de pereza. Queremos que el bronce pelee contra el olvido porque nosotros tenemos cosas más urgentes que hacer, como revisar las notificaciones del teléfono o esquivar baches con soltura.
Así, vivimos en la era de los legados de concreto. En las páginas salmón de los diarios financieros y en las listas de millonarios, el éxito se mide por la capacidad de alterar el horizonte. Los magnates bautizan rascacielos con sus apellidos, levantan fundaciones de cristal y los políticos cortan listones de obras faraónicas bajo la ilusión de que el peso de los materiales equivale al peso histórico. Pero la arrogancia de lo eterno suele fracasar. El bronce conlleva tortícolis. Obliga al espectador a arquear el cuello hacia arriba, en la postura de sumisión diseñada por emperadores y replicada con entusiasmo por empresarios.
La artista Molly Gochman entendió esa trampa y decidió operar desde el completo opuesto: el nivel de los zapatos. En lugar de esculpir a un héroe de diez toneladas para lavar culpas sociales, Molly Gochman empuña un material que solemos sacudir con fastidio al volver de la playa.
A través de su iniciativa Red Sand Project, distribuye arena roja para rellenar las grietas de las banquetas. La metáfora es de una literalidad gritona. Se trata de visibilizar a los que caen por las rendijas del sistema. En un contexto social donde más de cincuenta millones de personas están atrapadas en las redes de la trata y la explotación, levantar la mirada hacia un hombre a caballo resulta, por decirlo suave, una distracción absurda.
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Un grano de arena suelto en la acera es insignificante, un átomo invisible que no altera el ecosistema de la calle. Pero cuando una comunidad se agacha a verter ese polvo carmesí en las fracturas del cemento, la grieta deja de ser un defecto de obra pública para transformarse en una herida expuesta. A diferencia del monumento que exige un espectador paralizado, la obra de Molly Gochman demanda cómplices.
La escultura monumental padece de una masculinidad exhausta. Es la herencia de hombres empeñados en demostrar su poder batallando contra el tiempo mediante la fuerza bruta de la piedra y el metal. Esos materiales nos sobreviven con su rigidez, recordando nuestra propia pequeñez y la consecuente incapacidad para trascender. Molly Gochman opone a esa soberbia patriarcal la ética de los cuidados.
La arena es intrínsecamente efímera. Con el paso acelerado de los oficinistas, el viento de la tarde o la primera lluvia, la intervención desaparece.
Ahí está su conmovedora eficacia para sacudir conciencias: al ser impermanente (como todo, pues), exige que la acción de recordar se repita constantemente, obligando a la comunidad a involucrarse de nuevo para mantener el tejido social.
El arte que en verdad transforma no intimida desde un pedestal, sino que invita a nivel de cancha. En la banqueta. Agrietada. Reparte tanto el peso de la denuncia como el regalo de la empatía, como cuando la propia artista invitó a la gente a desenrollar lonas pesadas y compartir ostras enlatadas en la Isla del Gobernador, diluyendo la frontera entre el autor y el paseante.
Dejar huella no debería ser sinónimo de aplastar la tierra bajo un bloque inamovible. Una de las señales más claras para una época obsesionada con el éxito individual es aceptar que la verdadera trascendencia carece de peso. Mientras los héroes de bronce siguen petrificados en las avenidas principales, tolerando la insolencia de las aves, la arena roja fluye en las fracturas de la ciudad, recordando que la memoria no se funde en un taller a puerta cerrada. Se barre, se cuida y, si hace falta, se vuelve a esparcir al día siguiente.
Sobre el autor:
Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.
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