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    La tierra de las libertades, los derechos, el imperio de la ley y la justicia, oportunidades abiertas para cumplir tus aspiraciones, condiciones únicas para acceder al conocimiento y la tecnología y el mejor clima para hacer negocios. Frases como solo en América y vivir algún día el sueño americano, fueron implantadas en el imaginario social en todas las regiones del planeta.

    Aunque siempre a debate, tales condiciones eran más o menos las que parecían predominantes; millones de seres humanos encarnaban las historias de éxito, estudiantes, emprendedores, migrantes, refugiados, trabajadores, empresas, marcas, proyectos y multimillonarios validaban esas afirmaciones; por supuesto con sus matices, tremendas contradicciones, altos costos sociales y una secuela de consecuencias graves para otras naciones.

    Películas, series, la tremenda influencia de los medios de comunicación y toda una reserva de canales, mecanismos, colores, presencia militar, exploración espacial, investigación, conflictos, mediaciones, hasta los deportes, entretenimiento, comics, figuras, líderes, todo un aparato a través del que circulaban todas estas narrativas de éxito, trascendencia y realización.

    Sin embargo, (aquí cabría un efecto de frenada intempestiva o un desgarre) desde el retorno del populismo mesiánico a la Casa Blanca las cosas no marchan bien en ese sentido.

    Las convulsiones internas, un clima permanente de exasperación, polarización, activismo, protestas, inconformidad contradicen y van minando la efectividad de las bases de esa fantasía aspiracional.

    En lo externo, la imposición de aranceles, proteccionismo, indolencia, insensibilidad, acuerdos comerciales basados en la sumisión y condicionamientos ponen en tela de juicio incluidas la racionalidad, lógica, habilidades diplomáticas y hasta el sentido común de sus liderazgos.

    El populismo es espectáculo, es teatralidad, drama, explota las percepciones de las mayorías para siempre concentrar los reflectores, explota la esencia de la identidad nacional para apropiarse de ella en sus discursos y hacerla parte de su protagonismo, resonancia e impacto.

    En este modelo lXs políticXs actúan, se fusionan y se mimetizan con las percepciones mayoritarias para que lXs adopten como suyXs; buscando que el pueblo los “acepte y sienta” como parte representativa de sus valores, su ser, sus modelos y sus vidas; el mensaje es claro, simple y concreto: pienso, vivo, hago todo igual que cualquier ciudadano promedio, tengo los mismos gustos, comparto sus problemas y sus ideas.

    Para complementarlo, se los hago saber todos los días, solo yo lXs defiendo, lXs protejo, trabajo siempre para servirles soy el único que se preocupa por la sociedad y (mesiánicamente) soy mejor -simplemente- porque me sacrifico por todos.

    Estas dos partes fueron esenciales para el presidente americano y su victoria se debe en gran parte en precisamente haber sabido reflejar y capitalizar las tendencias mayoritarias en las urnas.

    Pero toda moneda tiene dos lados, la propia personalidad tiene su parte colectiva, luminosa y virtuosa, pero -al mismo tiempo- una versión mas opaca, visceral, individualista.    

    En resumen, construir una América Grande otra vez requería de depuraciones, cambios, ajustes, segregaciones, selectividad, perspectivas, prioridades. Aún en el sistema económico más exitoso, no sale el sol para todos, no todos pueden ser millonarios, tener casa, vivir en el lujo, disfrutar de todos los privilegios y ser además exitosXs y famosXs.

    A los electores se les olvidó que alguien tiene que sacar la chamba, recolectar, procesar, lavar, trabajar, clasificar, ponerse enfrente de la pantalla, estudiar, producir, enfrentar los altos costos de la vida para comer, pagar las cuentas y proteger la salud.

    De la misma manera pasaron por alto que un líder populista y mesiánico promete proteger y cuidar, pero una vez en el poder no dudará en pasarse al lado oscuro del control, la imposición y el absolutismo.

    Una actitud de humildad, accesibilidad y sencillez, es ahora prepotencia, indiferencia, aislamiento, selectividad, soberbia y exigencia de lealtad incondicional. El discurso incluyente paso ahora a un rechazo lapidario: “no lXs necesito”. 

    Deserciones, reclamos, no han faltado, las encuestas muestran una pérdida de apoyo popular, pero nada merma ese estilo personalista irrefrenable y estridente.

    Esa actitud beligerante también se revierte, el culto a la personalidad es el foco de una veneración, parece que nadie puede llamar al orden y hacer entrar en razón, dejar el escándalo y la teatralidad para construir consensos, negociar, conciliar, construir en armonía, equilibrio, respeto.

    Para las mayorías no llego el sueño prometido, los aranceles aceleran la inflación, el dólar se debilita, hay menos actividad turística, comercial y de servicios, las ventas y el consumo también a la baja, las vacantes no se llenan, las mercancías escasean y los gastos cotidianos se incrementan todos los días.

    Las fronteras están selladas, es más difícil emigrar, pero eso cuesta persecución, intimidación y violaciones cotidianas a los derechos humanos documentadas, peor la ley y las instituciones parecen hundidos en la indiferencia e indolencia.

    Impuestos, intereses, especulaciones, ganancias, grandes fortunas se mantienen en los recónditos e inaccesibles espacios que el sistema se reserva para los intereses de siempre, alimentando nuevamente la idea de que algún día alguien puede alcanzarlos.  

    Parafraseando tétricamente: a este nuevo paraíso todos fueron llamados pero muy pocos los elegidos. 

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