Como profesora del futuro del trabajo, la pregunta que más me hacen es si la IA acabará con todos los trabajos.
Lo escucho de estudiantes que temen que sus títulos queden obsoletos antes de graduarse. Lo escucho de oficinistas que ven aparecer nuevas herramientas en su software. Y lo escucho de personas que trabajan en comercio minorista, logística, hostelería y administración, quienes sospechan que sus trabajos los ponen en mayor riesgo.
El tema se convirtió en una preocupación generalizada en el ámbito laboral. Y, por supuesto, entiendo por qué la gente está preocupada.
Porque durante mucho tiempo, la tecnología se vendió a los empleadores como una forma de lograr más con una fuerza laboral más reducida. Cuando llega una nueva tecnología, a menudo significa reducir costos.
Sin embargo, hasta ahora, la IA no provocó desempleo masivo, y el uso de la tecnología por parte de la sociedad es, y probablemente seguirá siendo, matizado y complejo.
Los titulares contundentes que afirman que “la IA acabará con tu trabajo” son difíciles de ignorar. Y pueden colocar a los trabajadores en una posición pasiva, donde terminan esperando con temor a ver si serán parte de la eliminación selectiva tecnológica.
Pero también debemos ser cautelosos con el miedo en sí. Porque el miedo no es solo un sentimiento privado y desagradable; el miedo cambia el comportamiento de las personas y su relación con la sociedad.
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La ansiedad generada por la IA tampoco se distribuye de manera uniforme. Algunos profesionales con contratos estables se darán el lujo de tratar la IA como una herramienta de eficiencia, algo que elimina tareas tediosas y agiliza el trabajo rutinario.
Pero otros, que trabajan en centros de llamadas o en la entrada de datos, donde las tareas son repetitivas, medibles y estrechamente supervisadas, a menudo ven la IA como algo que podría eliminar la esencia de su trabajo. Para estas personas, la revolución de la IA no se siente como una actualización, sino como una cuenta regresiva hacia el desempleo.
Y es por eso que la amenaza percibida es importante. Porque incluso antes de que desaparezcan los empleos, el miedo a perderlos puede transformar vidas. Las investigaciones muestran que las personas que creen que sus medios de vida están en riesgo están comprensiblemente menos dispuestas a planificar el futuro.
Pueden retrasar decisiones importantes porque las sienten inútiles o inasequibles. Pueden desvincularse del trabajo porque asumen que la lealtad no será recompensada.
La ansiedad aumenta, la moral baja y el entorno laboral se convierte en un espacio de incertidumbre. Y entonces, la idea de que la IA se apodere de los empleos se convierte no solo en un problema económico, sino también psicológico.
El trabajo no es simplemente una forma de pagar las cuentas. Para muchas personas, es una fuente vital de identidad, dignidad y conexión social. Y cuando el trabajo se siente amenazado, las personas pueden sentirse personalmente disminuidas.
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Transparencia en los trabajos por la IA
Después de todo, si las tareas que an guiaron tu vida se describen repentinamente como algo que la IA podría hacer, es difícil no inferir que tus esfuerzos son (y han sido) de poco valor; que eres reemplazable y que tu contribución ya no importa.
Aquí es donde el miedo se convierte en alienación, y sus efectos trascienden el ámbito laboral. Con el tiempo, esa pérdida de confianza puede convertirse en cinismo sobre la propia sociedad.
La ansiedad por la automatización puede entonces mezclarse con cuestiones más amplias sobre la desigualdad. Y si millones de trabajadores creen que están a una actualización de software de ser despedidos, esa creencia puede ser socialmente desestabilizadora.
Lo que importa entonces es cómo se integra la IA en los lugares de trabajo y si esa integración facilita que las personas sigan trabajando en condiciones justas y predecibles. Esto requiere transparencia y la participación de los propios trabajadores. Sobre todo, es esencial darles voz y voto sobre cómo la IA afecta sus tareas, su ritmo de trabajo y las métricas con las que se les evalúa.
Porque si bien la IA transformará el trabajo, el futuro no debería estar predeterminado por la tecnología en sí. Y el mayor riesgo quizá no sea que la IA reemplace a todos de la noche a la mañana, sino que el miedo a ser reemplazado se generalice y se vuelva corrosivo, dañando el bienestar, socavando la dignidad y generando resentimiento.
Por lo tanto, debemos tomarnos en serio la amenaza de la IA. Pero también deberíamos dejar de tratarla como una fuerza imparable y empezar a verla como algo que la sociedad puede moldear.
Y la próxima vez que alguien me pregunte si la IA va a quitarle el trabajo a la gente, seguiré respondiendo con sinceridad: sin una reflexión adecuada, existe la posibilidad de que se implementen sistemas que cambien nuestra forma de trabajar y dañen la dignidad personal y la estabilidad económica.
Pero también intentaré abordar la pregunta más importante: qué puede hacer la sociedad para mitigar este daño y asegurarme de que el miedo a la IA no se convierta en una crisis grave en sí mismo.
*Abigail Marks es profesora de Futuro del Trabajo en la Universidad de Newcastle.
Este texto fue publicado originalmente en The Conversation
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