Por Gonzalo Lira Galván
Los Premios Platino volvieron a suelo mexicano, a la Riviera Maya para ser más precisos hace unos días, y su regreso confirmó algo que la industria audiovisual iberoamericana llevaba años insinuando: El centro de gravedad del entretenimiento global ya no está exclusivamente en Hollywood.
Entre plataformas hambrientas de contenido en español y portugués, coproducciones multinacionales y una generación de creadores que dejó de pedir permiso para competir a escala internacional, la gala de los Premios Platino, celebrada en Xcaret, terminó funcionando menos como una premiación tradicional y más como una declaración de poder regional.
Porque durante años, el cine y la televisión iberoamericanos sobrevivieron bajo una lógica casi artesanal de presupuestos limitados, distribución fragmentada y la eterna dependencia de festivales europeos para validar su prestigio. Pero los Platino han logrado cambiar parte de esa narrativa.
Desde su creación en 2014 por EGEDA y FIPCA, los premios se propusieron construir un “star system” iberoamericano capaz de conectar a 23 países bajo una misma conversación cultural. Y hoy, más de una década después, esa apuesta comienza a traducirse en cifras y un alcance internacional sin precedente.
La industria regional vive un momento expansivo. El ecosistema audiovisual iberoamericano ha crecido impulsado por el streaming, las coproducciones y la internacionalización del contenido en español y portugués. Estudios de EGEDA señalan una evolución creciente de la presencia del cine iberoamericano en mercados europeos como Francia, Reino Unido e Italia, mientras que las plataformas digitales han multiplicado la circulación de series y películas de la región.
Los propios Premios Platino son reflejo de esa expansión. La ceremonia de 2026 amplió sus categorías hasta llegar a 35 apartados competitivos, incorporando reconocimientos técnicos tanto para cine como para televisión y streaming. No se trata de una decisión menor, ni mucho menos arbitraria. Significa que la industria ya no sólo celebra actores, actrices, directoras y directores, sino que reconoce una cadena profesional mucho más sofisticada.
Y esa sofisticación fue visible en los grandes ganadores de la noche. La brasileña El agente secreto se alzó con siete premios, incluyendo el de Mejor Película Iberoamericana, Mejor Dirección para Kleber Mendonça Filho y Mejor Actor para Wagner Moura. Este triunfo tuvo una carga simbólica poderosa: después de quedarse corta en la temporada de premios estadounidense. El agente secreto encontró en los Platino el reconocimiento definitivo a una producción que combina ambición política, tensión narrativa y un nivel técnico que no le pide nada al cine anglosajón.
Brasil atraviesa uno de sus mejores momentos creativos en décadas. El éxito consecutivo de producciones brasileñas en el circuito internacional demuestra que el país logró convertir su industria audiovisual en una herramienta de exportación cultural. Ya no sólo se hace cine de autor para festivales; ahora hablamos de productos capaces de generar conversación global, atraer inversión y posicionar talento regional dentro de las grandes plataformas.
Algo similar se podría decir sobre la serie El Eternauta en el rubro de las series. La producción argentina arrasó con ocho galardones. El proyecto, encabezado por Ricardo Darín y desarrollado por Netflix, se erigió como la prueba definitiva de que América Latina puede producir ciencia ficción de alto nivel sin perder identidad cultural.
Y aunque nombres como el de Ricardo Darín, Wagner Moura y Kleber Mendonça no son nuevos, en los Premios Platino 2026 también hubo espacio para voces emergentes. La joven Blanca Soroa sorprendió al ganar Mejor Interpretación Femenina por la película Los domingos, consolidándose como uno de los rostros más prometedores del cine español. Lo mismo que Eva Libertad, quien obtuvo el reconocimiento a Mejor Ópera Prima por Sorda, una señal de que los Platino también están funcionando como plataforma de renovación generacional e historias diversas.
Este año, México no tuvo el mismo protagonismo en el palmarés principal que en años anteriores, sin embargo consiguió un momento relevante gracias al triunfo de Paulina Gaitán por su trabajo en Las Muertas, la serie de Netflix dirigida por Luis Estrada e inspirada en la novela de Jorge Ibargüengoitia.
Aunque quizá uno de los premios más simbólicos de la noche fue el obtenido por República Dominicana con la victoria de la cinta animada Olivia y las nubes, confirmando que Iberoamérica empieza a abrirse paso en un territorio históricamente dominado por paisajes como Estados Unidos y Japón.
Pero como suele ocurrir en cualquier evento donde convergen cultura, política y medios, la conversación pública no se limitó al talento audiovisual. La presencia de Isabel Díaz Ayuso en la Riviera Maya terminó polemizando parte de la cobertura mediática de los Premios Platino. La presidenta madrileña denunció haber sido excluida del evento en medio de tensiones diplomáticas y críticas derivadas de declaraciones previas sobre México. Ante ello, representantes del complejo turístico donde se realizó la ceremonia rechazaron presiones gubernamentales, aunque sí reconocieron que la invitación fue retirada para evitar politizar la celebración.
Este episodio no es menor, ya que dejó una lección incómoda pero inevitable: cuando la industria cultural alcanza relevancia económica y mediática, también se convierte en territorio político. Y quizá esa sea una de las señales más claras del crecimiento de los Premios Platino. Hace apenas diez años, una controversia diplomática habría pasado prácticamente inadvertida fuera de ciertos círculos especializados. Hoy genera titulares internacionales.
En términos industriales, los Premios Platino ya pueden presumir algo que hace apenas una década parecía improbable: haber acompañado el proceso de internacionalización más importante que ha vivido el audiovisual iberoamericano en el siglo XXI. Cuando nació la premiación en 2014, el ecosistema regional todavía operaba bajo una lógica fragmentada, con industrias nacionales que rara vez dialogaban entre sí. Trece años después, el panorama es radicalmente distinto.
Ese crecimiento no sólo es cuantitativo, también es cultural y económico. En los primeros años de los Platino, las producciones iberoamericanas tenían una presencia limitada en mercados globales. Hoy, películas y series surgidas de la región compiten regularmente en festivales como Cannes, Berlín, Venecia, San Sebastián y los premios Oscar, mientras gigantes del streaming han convertido al contenido en español y portugués en uno de sus activos estratégicos. No es casualidad que Netflix, Prime Video, HBO o Movistar+ hayan incrementado de forma sostenida su inversión en proyectos iberoamericanos durante los últimos años.
Apenas hace un año, en Febrero de 2025, el CEO de Netflix acompañó a la presidenta Claudia Sheinbaum en la conferencia mañanera. En aquella presentación, Ted Sarandos informó que la empresa de streaming haría una inversión de mil millones de dólares en México para producir contenido local entre 2025 y 2028.
Los propios Premios Platino ayudan a explicar ese fenómeno. Tan solo este año, las grandes ganadoras pertenecen a plataformas de streaming: Las Muertas y El Eternauta son producciones de Netflix, mientras que El agente secreto es un lanzamiento de MUBI.
De las películas que han ganado el Platino a Mejor Película Iberoamericana desde 2014, varias terminaron consolidando carreras internacionales históricas. Tal fue el caso de Gloria, de Chile, que inauguró el premio hace más de una década. La película Relatos salvajes llevó el cine argentino a una nueva dimensión comercial, ganando el premio de la academia como mejor película extranjera en 2915. Algo similar ocurrió con El abrazo de la serpiente, que puso a Colombia por primera vez en la conversación de los premios Oscar, o Una mujer fantástica de Sebastian Lelio, que ganó el Premio de la Academia para Chile en 2018. Pero quizá el caso más representativo fue el de Roma, que en 2019 transformó a Alfonso Cuarón en símbolo global del cine de autor contemporáneo. Le siguieron Argentina, 1985 y La sociedad de la nieve, dos títulos quereactivaron el músculo industrial del Río de la Plata y España por igual; mientras que Aún estoy aquí, de Walter Salles, confirmó en 2025 el renacimiento creativo brasileño.
La expansión también se refleja en televisión. Y es que, cuando los Platino comenzaron, las series ni siquiera formaban parte central de la conversación. Fue hasta 2017 cuando la premiación incorporó categorías para miniseries y teleseries, anticipando el boom que el streaming detonaría pocos años después. Hoy, producciones como La casa de papel, Narcos: México, Cien años de soledad o El Eternauta forman parte de la conversación cultural global y demostraron que Iberoamérica ya no exporta únicamente melodrama o cine de autor: también produce ciencia ficción, thrillers políticos y dramas históricos con estándares internacionales.
Y quizá ahí esté la verdadera dimensión de los Premios Platino. Más allá de las alfombras rojas, las polémicas políticas o las fotografías con celebridades, el premio terminó convirtiéndose en una plataforma de integración regional. Un espacio donde España, México, Argentina, Brasil, Colombia, Chile o República Dominicana dejaron de verse como mercados aislados para empezar a pensarse como parte de una misma conversación audiovisual.
Hollywood sigue siendo enorme. Pero Iberoamérica dejó de comportarse como periferia. Y los Premios Platino 2026 fueron, probablemente, la demostración más contundente de ello.
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