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    El término “sociedad civil” suele tener muy buena prensa. En general, cuando un gobierno o empresa presume de su colaboración con la sociedad civil, tendemos a asumir buenas intenciones. Intuimos que las organizaciones de la sociedad civil resguardarán los intereses colectivos y la participación cívica, y que pueden interactuar y mediar tanto con el Estado como con el mercado para alcanzar metas sociales.

    El argumento a favor de la sociedad civil sostiene que una comunidad con puntos de encuentro sociales, ya sean de activismo político o simplemente culturales y recreativos, puede aumentar las relaciones de confianza entre los individuos. Esto facilita la resolución de problemas colectivos, fomenta la moderación, permite transacciones comerciales más seguras y aumenta el flujo de información. Las asociaciones y espacios de la sociedad civil, por lo tanto, generan normas de reciprocidad, crean un sentido de comunidad y facilitan la acción colectiva. Todo lo anterior conllevaría una mejora en la calidad de las instituciones cívicas y democráticas.

    Los espacios de la sociedad civil suelen tener dos posibles tendencias en la manera en que generan confianza entre los ciudadanos. La primera es funcionar como un “pegamento”, que une a aquellos que se parecen en términos sociales, económicos o incluso étnicos y raciales. Este tipo de capital social es exclusivo. La segunda es como un “lubricante” que facilita las interacciones entre personas de diferentes grupos y características, es decir, capital social inclusivo. El capital social exclusivo agrupa a personas en colectivos preexistentes, mientras que el capital social inclusivo facilita interacciones y la formación de nuevos grupos transversales. Estas categorías no son excluyentes, sino más bien un espectro en el cual se puede medir la influencia de la sociedad civil. Es decir, una organización de la sociedad civil puede ser inclusiva en un sentido y exclusiva en otro.

    Dado este panorama, debemos preguntarnos qué tipo de sociedad civil estamos fomentando y cuál queremos para México. Vale la pena reflexionar: ¿qué espacios existen en México donde personas de diferentes niveles socioeconómicos, ideologías, color de piel y bagajes culturales puedan convivir y colaborar como iguales? En un país donde aún existen grandes brechas socioeconómicas, todos los que interactuamos con iniciativas de la sociedad civil, incluidos empresarios y gobernantes, debemos esforzarnos por crear espacios incluyentes y abiertos a la construcción de puentes. México necesita espacios de encuentro transversales, en los que los ciudadanos convivan como iguales a pesar de sus diferencias. Solo así podremos aprovechar el verdadero potencial de la sociedad civil para la consolidación democrática.

    DATOS DEL AUTOR

    *El autor es director adjunto del Centro de Investigación en Responsabilidad Social de IPADE Businees School.

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