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    Echar una cascarita sobre el pavimento de Periférico expresa el milagro cívico chilango. Este fin de semana, a la altura de Cuicuilco, un grupo de manifestantes convirtió los carriles centrales de Periférico en una cancha improvisada. Dibujaron porterías sobre las líneas de los carriles y empezó la reta.

    Desafiaron el paso vehicular, pero también el ojo crítico ante un evento que parecía solo dibujar sonrisas. Fue una manera bastante mexicana de decir: si están convirtiendo la ciudad en espectáculo, nos sumamos para hacerlo aún más estridente.

    ¿Es necesario traer un torneo mundial para que las goteras se vuelvan cosmopolitas? Las ciudades no sanan solo por el hecho de recibir visitas (ni por soportarlas). La ciudad entra en una fase en la que deja de entenderse como un lugar para vivir y empieza a verse como escenografía. No importa que funcione, sino que luzca. El socavón importa menos que la toma aérea. El ambulantaje molesta no por informal, sino por ensuciar las selfies. El truco aquí es que la shineada sea lo suficientemente efectiva para que no se noten los hilos. 

    Guadalajara y Monterrey también ensayan sus papeles de anfitriones y ya se pule la imagen típica de cada ciudad para exportarla en la taza, la camisa, el llavero. La idea es que quien venga se lleve otra idea de lo que aquí sucede en realidad. Se perfuma lo pintoresco. Se encapsula lo incómodo. Y se espera que los extranjeros hagan su parte: hacer sonar la caja. ¿Dónde quedó la violencia? ¿Las desapariciones?

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    En el estrado, los discursos traerán cifras récord y aplausos ensayados, pero a ras de banqueta la realidad tendrá otro pulso. Me toca vivirlo desde ahora: llevo mes y medio intentando cambiarme de departamento y los precios resultan simplemente impagables. Los corredores de bienes raíces me explican, con una lógica de 2 + 2: “es por el Mundial”. Sin saber qué partido se jugará en la sala de ese departamento, queda de manifiesto que el mexicano busca cualquier ocasión para pasarse de vivo, no importa si es a costa de un vecino. 

    Por eso la escena de Periférico dice más de lo que parece. Un balón pateado sobre el pavimento es mucho más que una ocurrencia. Se trata de una objeción, de un manifiesto. Desde luego que la protesta no fue contra el futbol, sino contra la costumbre de convertir cualquier celebración en licencia para desalojar la realidad. La solicitud no era una foto con Cristiano Ronaldo, sino una ciudad habitable. Rentas realistas. Espacios para estacionarse sin estorbar. Calles para usarse, no para impresionar con jardineras matacarriles sobre Tlalpan, que durarán lo que la ceremonia de inauguración.

    Las porterías en Periférico duraron una tarde. Era lógico. Las ciudades no toman bien los símbolos que evidencian sus carencias. Pero alcanzó. A veces una protesta sirve para eso: para volver ridículo lo que ya dábamos por normal. Dentro de unos meses rodará el balón, sonarán los himnos y colgaremos parafernalia sobre una urbe que no logramos habitar pero sí decorar. El Mundial durará unas semanas. Lo demás, no.

    Sobre el autor:

    Periodista por vocación, provocador por defecto. Eduardo Navarrete es Head of Comms & Press en Fintual México y escribe columnas porque Excel no lo deja expresarse.

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