Cuando era un niño, Enrique Ponce se escondía de su madre, para salir con su abuelo Leandro Martínez, quien lo llevaba por el campo para torear becerras en una zona de Valencia, en donde no era fácil conocer un toro, pues no había ganaderías por aquellos lares.
“Mi abuelo me puso un capote y una muleta en la mano. Me enseñó a torear y no me acuerdo cómo fue ese primer día que empecé a torear […] Me inculcó ese respeto por el toreo”, dice, en entrevista, el español, quien la tarde del pasado 5 de febrero se despidió de su oficio desde la Plaza de Toros México.
Desde los 8 años, Enrique jugaba con sus primos a ser torero. “Estoy convencido de que yo nací torero. Desde muy niño… Incluso te puedo decir que no tengo un recuerdo anterior a no querer ser torero”, dice.
A pesar de que no conoció a su tío abuelo Rafaelillo Ponce, Enrique cree que por la sangre le corre el designio de ser matador. Él ha lidiado más de 4,000 toros, indultado cuarenta y ha abierto las puertas de las principales plazas de España, Francia e Hispanoamérica. También ha recibido la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y el Premio Nacional de Tauromaquia.
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El 10 de agosto de 1986 fue el día en que Ponce se puso el traje de luces por primera vez. A sus 16 años, el público aficionado lo conoció en el ruedo, aunque desde los 10 años ya toreaba en solitario. “Es un rito del hombre con la fiera, pero no es un enfrentamiento entre el hombre y el toro. Ha habido una evolución en la tauromaquia […] El torero se juega la vida en ello”, dice al hablar de lo que representa estar en el ruedo.
Ponce cree que el toreo se encuentra asociado a una expresión que escritores como Ernest Hemingway y Orson Welles siguieron durante su vida, a pesar de no estar influenciados por la cultura popular de la llamada fiesta taurina.
“La tauromaquia va más allá del simple hecho de matar un toro. No es un enfrentamiento con el animal”, dice.
“México es uno de los países más arraigados culturalmente a la tauromaquia y siempre ha habido una gran rivalidad con España. México es muy independiente en su fiesta”, dice.
En este sentido, cree que el país ha sido decisivo para acercar este evento al público estadounidense, como llegaba a ocurrir en Tijuana, por su cercanía con el vecino del norte.
Enrique Ponce trata de ser una buena persona y no hacer lo que no le gustaría que le hicieran.
Ponce se encuentra ilusionado con ser empresario y atender un negocio de aceite que ha emprendido, el cual lleva su nombre, cuyo propósito es exportarlo a otros países desde España. Y ya espera la próxima cosecha para traerlo a México, mientras avanza con su propia ganadería.
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“Es una manera romántica de criar al animal que tanto me ha dado y forma parte de un tributo que le ofrezco al toro bravo, con el poder criarlo y cuidarlo”, dice.
El torero español se ha despedido de su afición en México y ha decidido regresar por los caminos del campo en donde toreaba becerritas de niño. El recuerdo de su abuelo Leandro Martínez le acompaña en este regreso a una nueva etapa desde la barrera.
“Nunca lo he dicho, pero en el fondo de mi corazón está despedida va dedicada a mi abuelo Leandro. De hecho, cuando acaba cada corrida, miro al cielo y se lo dedicó a él, por todo los momentos que he vivido con él y por esa gratitud hacia él, pues tal vez no hubiera sido torero sin su presencia. Él me enseñó el camino”, dice Ponce, quien cree que estaría orgulloso de la carrera que ha forjado.
Y es que las últimas palabras de su abuelo antes de morir, en 2013, fueron: “que le había hecho muy feliz y que ya no me arrimara más…”, dice con una sonrisa que humedece ligeramente los ojos del torero. “Esta despedida va dedicada a él”.
Pero Enrique Ponce sabe que hay ritos que se deben cumplir. “Un torero nunca se retira, solo deja de torear, pero siempre será torero, por eso yo no me voy a cortar la coleta. Pues el acto simbólico de cortarse la coleta yo no lo voy hacer, pues yo moriré torero”.








