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    Mil 400 representantes de 178 países acudieron a Busan, Corea del Sur para buscar llegar a un tratado global para paliar la contaminación por plásticos. Desafortunadamente, a pesar de los esfuerzos de los medios de comunicación, investigadores, agencias gubernamentales, líderes, científicos, académicos, organizaciones no gubernamentales, fundaciones y diversas asociaciones civiles, no fue posible alcanzar consenso y llegar a un documento final.

    2024 cierra entonces como un año de serios retrocesos en materia ambiental, polución, sustentabilidad, apocalipsis climático y una grave problemática en agua, desastres naturales y sus consecuencias sociales, económicas, políticas y de salud. 

    Se estima que desde los años 50 se han producido unos 10 billones de toneladas de plásticos en el mundo; un 80% ha terminado en el mar, ríos, lagunas y tiraderos a cielo abierto, menos del 10% ha sido reciclado y el resto termina incinerado o enterrado.

    El problema se hace cada vez mas grave porque los plásticos son cada vez mas fuertes, resistentes, durables, ligeros, flexibles, con colores y características que implican el uso de químicos muy dañinos y que hacen mucho más complicado procesarlos o descartarlos. 

    Así las cosas, millones de toneladas de plásticos estarán en la tierra por cientos, miles de años, sin que pueda hacerse mucho precisamente sin un acuerdo obligatorio y los recursos necesarios para atender este asunto. 

    Durante la reunión, los intereses económicos colisionaron, se presentaron posturas enfrentadas y se esgrimieron las mejores estrategias políticas de cada contraparte. Por un lado, los que afirman que el mundo actual es inconcebible sin plásticos, el progreso es imparable y no hay reversa. 

    Por ejemplo, el comercio electrónico no podría existir sin plásticos. Millones de mercancías, y productos son -al final- productos basados en polímeros. Ropa, accesorios, envases, juguetes, todo tipo de utensilios, gadgets, electrónicos, no hay casi nada que no requiera además una envoltura, empaques, cintas adhesivas, etiquetas, contenedores, tarimas, cajas, cubiertas -precisamente- de plástico.

    Cada día se consumen unos 800 millones de botellas de PET de agua, refrescos, bebidas comerciales; unos 200 mil millones de empaques diversos para alimentos, envolturas de golosinas, vasos, recipientes, bolsas, cubiertos, manteletas, toallas, todas hacen su parte para expandir la presencia del plástico en nuestra vida.

    Millones de empresas, industrias enteras y miles de seres humanos dependen de la economía del plástico. Electrónicos, alimentos, farmacia, química, textiles, moda, empaque, logística, petrolera, pesquera, agricultura, ganadería, minería, todos requieren de esos materiales y sería muy costoso y complejo sustituirlos. 

    Ante esos argumentos, los ambientalistas poco pudieron hacer. Los intereses de los países productores de petróleo operaron en su contra, reventando cada progreso hacia un acuerdo global, la limitación de su producción y mucho menos la prohibición de los plásticos de un solo uso.

    Poco importo lo que cada miligramo, cada partícula de micro plásticos le hace al aire, el suelo y las aguas; la toxicidad de las emisiones que se generan al quemar basura plástica; los tiraderos clandestinos que usan trabajo infantil para colectar, clasificar y “reciclar” materiales, expuestos a contaminación por demás peligrosa.

    Millones de toneladas de desperdicios circulan por el mundo y terminan -ilegalmente- en el mar, los intereses en juego no admitieron ni regulaciones, ni supervisión ni siquiera una cuantificación o reportes estadísticos de las dimensiones estas prácticas.  

    La ropa, automóviles, celulares, cargadores, computadoras, video juegos, discos, bocinas, accesorios, pantallas, cables, audífonos, muebles que desechaste terminaran en algún tiradero en cierto país subdesarrollado donde se quemaran, dividirán y/o romperán para sacarles unos cuantos centavos de dólar, pero acumulándose por miles de toneladas que permanecerán inalterables un largo periodo de tiempo. 

    Ninguna llamada de alerta, el clamor y los casos descritos en las conferencias sirvieron de mucho; zonas costeras invadidas por millones de residuos de redes, boyas, trampas, jaulas, cajas, empaques, cuerdas, señuelos, botellas, tapas, ropa, calzado, material médico.

    La cruda y cruenta realidad de lo que antes eran grandes paraísos naturales, todo vestigio de vida extinta, cientos de botes pesqueros echándose a perder al lado de montañas de basura. 

    Nada de eso contó, la industria del plástico vale billones de dólares y no va a perder un segundo por salvar unas cuantas especies. Ni siquiera los enfermos y las victimas colaterales de la contaminación por químicos movieron un ápice tan poderosos intereses. 

    Al margen de los dramatismos, a cada segundo la causa se hace mas difícil, la tarea más compleja y resulta mucho más costoso atenderla. 

    Los motores de esta dinámica son el consumismo de caducidad programada (los productos dejarán de funcionar, presentarán fallas después de una duración predeterminada por el fabricante); de obsolescencia calendarizada (dejarán de ser actualizables inexorablemente y nos llenará de ansiedad poseer la última versión); de utilitarios inútiles (al final terminaran en la basura porque son principalmente innecesarios, superfluos, banales) y de satisfactores temporales (una vez que los comienzas a usar empiezan a dejar de ser atractivos, necesitaras seguir consumiendo para mantener esa recompensa de posesión).  

    Soluciones existen, son muy complejas, pero hay grandes avances. Tan solo una transición de plásticos de un solo uso a reciclables y para composta pueden ahorrar millones de emisiones y desperdicios diariamente. De otras muchas, platicaremos pronto. 

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