Hace más de una década, el tiempo de algunas especies marinas, como el callo de hacha, parecía haber llegado a su fin en Baja California Sur. La pesca desordenada y la contaminación del mar parecían una condena fatal, pero un grupo de mujeres y hombres decidieron cambiar la historia para salvar las raíces familiares que los unen con el lado más profundo del océano.
El interés de un grupo de pescadores y de organizaciones de la sociedad civil dio vida a un proyecto para proteger y regenerar a las especies marinas que se encontraban amenazadas. Hubert Méndez es uno de los protagonistas de esta historia.
Él se enamoró del mar desde que era pequeño. Es la quinta generación de una familia de pescadores de la comunidad El Manglito, en La Paz, Baja California Sur. Su abuelo fue buzo perlero y su papá pescador. Hubert recuerda que cuando de niño se portaba mal, su castigo era ir a trabajar con su padre. “Y a mí me gustaba, decía: síganme castigando, mientras me vaya con mi papá a andar en el mar, entre el agua, con las almejas, que me sigan castigando”, relata.
Cuando lo acompañaba, lo veía bajar al fondo del mar usando solo la fuerza de sus pulmones y le contaba que debajo había un paraíso lleno de peces, almejas y algas. Pero cuando Hubert creció, dice, nunca vio eso que le contaba su papá. “La sobreexplotación y los fenómenos naturales fueron acabando con eso”, menciona; pero también la pesca ilegal.
Te puede interesar: El CEO que revolucionó a una farmacéutica bicentenaria
Aunque su papá le enseñó a pescar de una forma respetuosa con las especies, él no lo hacía cuando estaba solo. “Mientras trabajaba con mi papá era el mejor pescador del mundo porque respetaba talla y cuota, pero andaba solo quería sacar, porque si no lo sacaba yo, lo sacaba el otro. Y fui contribuyendo a la baja en los peces, en los moluscos y ahora quiero reparar ese daño que hice, quiero construir un poco, cuidar, proteger y aprender a pescar”, cuenta.
En 2011, los pescadores de la zona se dieron cuenta que cada vez había menos callo de hacha. Realizaron un censo en el que contabilizaron 60,000 especies en más de 5,000 hectáreas que conforman la bahía de la Ensenada. “Prácticamente nada. Lo dimos a conocer a toda la comunidad y los pescadores decían que no era posible, que era demasiado poco. No nos creyeron”, dice Hubert. Realizaron otro conteo que dio una cifra menor: 40,000 callos de hacha.
Aunque al principio les costó trabajo ponerse de acuerdo entre la misma comunidad, todos coincidieron en que querían rescatar a la Ensenada y a las especies que les daban ingresos. Después del monitoreo, y de la mano de Noroeste Sustentable (NOS), una organización de la sociedad civil que trabaja la restauración y desarrollo de comunidades y que forma parte del brazo filantrópico de iAlumbra, a finales de 2012 llegaron a un acuerdo de no pescar.
iAlumbra es una plataforma de impacto conformada por un colectivo de 15 organizaciones empresariales y filantrópicas comprometidas en demostrar y catalizar modelos enfocados en cuatro áreas: vitalidad oceánica, cuidado de la tierra y el agua, conciencia de lugar y comunidades resilientes.
Noroeste Sustentable (NOS) llegó a la Ensenada, una pequeña bahía de La Paz, de aproximadamente 5,000 hectáreas, en octubre de 2008, bajo la dirección de Alejandro Robles González para desarrollar relaciones con los miembros de la comunidad, conformada principalmente por familias de pescadores.
Ahora lee: Del negacionismo de Trump a la COP30 en Brasil: ¿Es 2025 decisivo en la lucha climática?
De acuerdo con Alejandro Robles, La Ensenada “fue extraordinariamente rica en sus épocas. Y producto del desarrollo y todo lo que vino pasando, se fue deteriorando y se quedó prácticamente con muy poca pesca. Cuando eso ocurre, las comunidades y los pescadores sufren, se tienen que mover a otros lados”, comenta.
Y comenzaron con varias líneas de acción, de la mano de iAlumbra y NOS, para restaurar La Ensenada, como acuacultura (cultivo y producción de organismos acuáticos de agua dulce o salada) como de almeja catarina y ostión, y limpieza, pues esa zona era vista como un basurero. Hasta ahora han recogido 80 toneladas de basura.
Tras el acuerdo de no pescar comenzaron a hacer vigilancia de día y de noche. Los resultados no se hicieron esperar: para finales de 2012 contabilizaron 700,000 callos, entre 2014 y 2015 la cifra rondaba los 5 millones, y desde entonces va en aumento. Hacia el primer semestre de 2024, se contabilizó un total que ascendía a una tonelada 450 kilos aproximadamente.
“Entre más se incrementaba [el número de especies], más gusto nos iba dando, y eso motivó a que nos fuéramos uniendo y a que fuéramos dialogando cada vez mejor. Si no tuviéramos un acuerdo, te aseguro y garantizo que ni un callo de hacha hubiera en la Ensenada de la Paz”, dice convencido.
Gracias a todo el aprendizaje que obtuvieron se dieron cuenta que no solo podían vivir de la pesca. “Debido a la lenta recuperación que hemos tenido con el callo de hacha, comenzamos a generar alternativas. Si ya la limpiamos [la región], la embellecimos, estamos recuperando el callo, nace también un turismo, generar distintas alternativas porque no podíamos depender solo del callo de hacha”, menciona.
Ésta es la historia de una comunidad dispuesta a salvar este ecosistema y mantener viva la actividad pesquera para que las nuevas generaciones sean los nuevos guardianes del mar.
Te sugerimos: Banca en México está en buena posición para enfrentar políticas de Trump: prestamista
El sueño de un paraíso acuático
Con la organización que se logró durante estos años, en 2016, lo formalizaron al fundar la Organización de Pescadores Rescatando la Ensenada (OPRE), de la que Hubert es el presidente del Consejo de Administración, y que está conformada por 15 cooperativas de la comunidad El Manglito y 10 pescadores independientes. En 2017, se les otorgó la concesión para darle un manejo adecuado y sustentable al callo de hacha.

“Es la única concesión que se ha dado con el derecho de recuperar una especie para después explotarla de una manera sustentable”, explica Hubert. OPRE puede pescar el 30% de callo de hacha, pero Hubert dice que prefieren hacerlo al 20%, para seguir cuidando a la especie.
Hoy Hubert sostiene en su mano un callo de hacha como señal de triunfo. Es el logro después de haber rescatado una especie casi extinta. Pero no es lo único que lo hace sentir orgulloso, sino también que sus hijas, como los de muchos otros pescadores, se hayan involucrado en el mar.
“Muchas veces me preguntaron si me gustaría que mis hijas fueran pescadores y yo decía que no. Sentía que ahí no había ningún futuro para ellas, pero después que empezamos este proyecto y fue creciendo, vi todo lo bonito que hay (y) después dije que sí. Y como suele suceder, los hijos no le hacen caso a los papás, se pusieron a estudiar y mi hija es ingeniera en Pesquería y a mi otra hija le gusta bucear”, menciona.
Las nuevas generaciones impulsan lo que sus padres hicieron. Hasta ahora, Hubert no ha logrado ver el paraíso que le contó su padre, pero tiene fe en los jóvenes. “No quiero que se diga como en muchas otras especies ‘hubo esto’, ‘hubo lo otro’, si no quiero que sigan diciendo que ‘hay callo de hacha’ en La Ensenada, ‘hay callo de hacha’ en El Manglito, y que los jóvenes se apoderen de ello”.
Te recomendamos: Así es como el ciclo de inversiones ha impulsado a Whirlpool
La batalla de las mujeres pescadoras
La labor de las mujeres en la pesquería ha sido clave, pero invisibilizada. Martha Magdalena García Juárez nació hace 44 años en La Paz, después de que sus papás migraran de Oaxaca hacia el norte del país buscando mejores oportunidades. Cuando llegó a El Manglito no había nada, ni pavimento ni casas grandes. A los 17 años se casó con un pescador, quinta generación de buzos perleros de la zona.
Sin embargo, se involucró más en el mar cuando la pesca escaseó. “Yo me iba con él en una panguita (lancha) que teníamos para que las autoridades no se lo llevaran. Aquí se usaba que las esposas se iban, con los hijos pequeñitos de meses, porque como no teníamos permisos, las autoridades se los querían llevar. Al ir nosotras con nuestros hijos, les decíamos a las autoridades: si te lo llevas, nos tienes que llevar a nosotros. Era una herramienta que usábamos para evitarlo”, recuerda.
Durante los 90, a la par que se fue acabando el producto, la ciudad crecía, y Martha explica que se abrieron nuevos hoteles y los fueron desplazando y despojándolos del mar. “Empezaron a hacer áreas de no pesca, a cerrar la isla, a decir que era prohibido; prohibir y prohibir siempre, y nos hicieron pescadores ilegales y después éramos los criminales. Eso era lo que nos daba impotencia, que las organizaciones y las autoridades nos trataban de criminales y era para comer. Aprendimos a ser hostiles, era una manera de protegernos”, dice.
En 2009, llegó Noroeste Sustentable (NOS), pero por la experiencia con otras organizaciones, muchos se negaron a escucharlos y a participar, una de ellas era Martha. “Para mí era una organización más que venía a chingarnos, no todos empezamos creerles desde 2009 y nos dedicamos a predicar en cada casa que no lo dejaran entrar, que les iban a lavar el cerebro, que venían por nuestras propiedades, que nos querían reeducar”, rememora.
Fue hasta 2014 que Martha colaboró con ellos, aprendieron sobre la pesca sustentable y la restauración. Tras fundar OPRE, en 2016, la organización tuvo que incluir mujeres por ser un requisito, sin embargo, varios pescadores estaban en contra de eso.

Les ofrecieron solo cinco lugares. “Entramos 14 mujeres (activas) repartiéndonos el sueldo de cinco compañeros, ganábamos la tercera parte de lo que ganaban nuestros ellos y por el mismo horario, nos dijeron: esto es lo que hay, o son cinco o son 14. Fue decisión de nosotras para poder generar ese espacio dentro de la organización”, menciona Martha García; actualmente son 12 mujeres activas.
Ahora lee: La conquista silenciosa de las empresas por parte de WhatsApp
Pero la parte más difícil para ellas fue la del género. “Ni siquiera nosotros nos creíamos parte del sector ni pescadoras, aunque íbamos a pescar, vendíamos el producto y siempre estábamos en la panga o la relación que teníamos con el mar”, cuenta Martha y explica que el rol de las mujeres dentro de la pesquería va desde acompañar al marido en la panga hasta preparar las cosas por las mañanas y la venta del producto.
Tras el acuerdo de no pescar, ellas comenzaron a realizar la vigilancia, lo que les permitió conquistar espacios dentro de OPRE. “Pero antes de eso teníamos que quedar bien en la casa para poder ‘merecer’ ir a trabajar y ganar ‘nada’. Eran tantas nuestras ganas de ser visibles y reconocidas que hacíamos todo”, dice.
Siguieron con las labores de limpieza del Conchalito y la restauración del bosque de manglar (único en la zona urbana). “(Nos) enfrentamos a los (pescadores) ilegales (y nos decían): váyanse a lavar los trastes, viejas mitoteras; tráeme a tu marido, nos decían de todo, (hasta) me sacaron los cuchillos”, recuerda.
Sin embargo, su lucha fue más allá del reconocimiento y del rescate de La Ensenada, sino también por la comunidad. “Somos mamás, algunas abuelas, algunas saben leer, otras no saben escribir, hay de todo, (pero) entendimos que si nuestra comunidad, que no es de más de 600 personas, no está sana, no hay un parque, no hay un lugar digno para que nuestros hijos se desarrollen, (no hay) mejoramiento de viviendas para que nuestra gente no quiera vender y no vengan las inmobiliarias. Es empoderar y organizar al barrio”, dice Martha.
En 2018 formaron la organización Las Guardianas del Conchalito, y en marzo de 2024 se consolidaron de manera formal como colectivo. Hoy Martha es la presidenta, es parte de OPRE, donde es secretaria de vigilancia y forma parte de la mesa directiva.
Martha, al igual que Hubert, no quería que sus hijos fueran pescadores ni que se involucraran con el mar. Sin embargo, NOS les dio becas a los niños de la zona y gracias a eso, una de sus hijas hoy es bióloga marina, mientras que otros estudiaron Ingeniería en Pesquería y Sistemas Computacionales.
Te puede interesar: Estas abogadas luchan contra la corrupción en las empresas
“La mayoría de nuestros morros está estudiando pesquería y la mayoría son mujeres. No queríamos que nuestros hijos fueran pescadores y ahora estamos regresándolos, que estudien algo referente a lo que nosotros hacemos para poder tener esa estabilidad económica que aún no la tenemos, que sí tenemos una comunidad organizada y una concesión, y las mujeres más que estabilidad económica, (tenemos) estabilidad emocional”, comenta, pues entre ellas se han convertido en una red de apoyo para otras. “(Las Guardianas) nos ha dado estabilidad emocional porque somos una red muy chingona de apoyo, que si una necesita, ahí estamos”, afirma.
Hoy Martha reconoce que sus compañeros y esposos las ven con gusto y con orgullo. Además, han logrado diversas cosas, como que el gobierno les pusiera el Parque El Manglito, el mejoramiento de la vivienda y han aprendido de género y a tener sus propias herramientas de trabajo y protección.
“Somos chingonas y no fue fácil, nos costó muchos sacrificios, muchas lágrimas, muchos desprecios, muchísimas cosas, pero lo logramos”.
Capital social
Christy Walton es una filántropa, empresaria y activista, y ha sido miembro activo de la comunidad de La Paz, Baja California Sur, durante más de 40 años. Su interés por trabajar dentro de las comunidades de La Paz en temas de salud y educación, así como en la generación de modelos económicos sostenibles y amigables con el medio ambiente, la llevaron a fundar Innovaciones Alumbra (iAlumbra).
Christy se casó con John Walton, miembro de una de las familia más ricas del mundo por ser fundadora de Walmart. En 2005 su esposo falleció en un accidente aéreo, por lo que heredó una participación en la empresa minorista y recibió, aproximadamente, una sexta parte del patrimonio de su marido, de acuerdo con información de Forbes.
Walton, de 75 años de edad, cuenta con una fortuna de 18,300 millones de dólares. En 2024, ocupó el sitio número 48 de la lista de las 400 personas más ricas de Estados Unidos y el lugar 140 de los multimillonarios del mundo de Forbes.
Lee: Claudia Romo, la mexicana que lucha por los latinos en EU
Los resultados de los trabajos colectivos de iAlumbra han sido significativos e incluso considerados casos de estudio para diversas universidades nacionales y extranjeras, que van desde la regeneración de mantos acuíferos que permitió la presencia de agua todo el año en un lugar donde había sequía, hasta el rescate de especies que estaban casi extintas, como el callo de hacha.
Mientras que el trabajo de NOS se enfoca en la conservación y restauración de los ecosistemas marinos y del tejido social de las comunidades costeras en la región del noroeste de México, a través del desarrollo de soluciones que fomenten comunidades resilientes, empoderadas e incluyentes, capaces de restaurarse a sí mismas y a sus ecosistemas, generando economías regenerativas.
El Manglito, una zona perteneciente a la Ensenada de La Paz y con aproximadamente 600 habitantes, enfrentaba una severa crisis socioeconómica y ambiental. “El Manglito estaba aislado y con escaso capital social, dependiente de una pesca en declive y amenazada por prácticas ilegales”, explica Robles.
Sin embargo, el desafío más grande fue ganar la confianza de la comunidad y contribuir a restaurar el tejido social fracturado. “La reputación de violencia y la desconfianza entre los mismos habitantes hicieron que las primeras interacciones fueran difíciles. Además, la sobrepesca y la pesca ilegal habían reducido significativamente los recursos marinos, lo que aumentaba la resistencia al cambio por temor a perder su principal fuente de sustento”, explica Robles.
Pero también reconoce un reto interno: cambiar la forma de pensar sobre las comunidades pesqueras. “Traemos nuestros modelos mentales muy preestablecidos. [Pero] lo que nos ha enseñado El Manguito es lo que dijo un pescador: si estamos restaurando la Ensenada, primero tenemos que restaurarnos nosotros mismos, la Ensenada no es un problema ambiental, es un problema social que se está reflejando en el medio ambiente”, recuerda.
“NOS nunca propuso restaurar la Ensenada, fueron los pescadores y NOS vio cómo apoyarlos en esa visión”, sentencia.
Te recomendamos: Esta es la ‘tormenta perfecta’ para la crisis hídrica en México
NOS, forma parte del brazo filantrópico de la Fundación Innovaciones Alumbra, y para lograr ese acercamiento con la comunidad y no fuera una imposición externa, comenzaron con actividades comunitarias no relacionadas directamente con la pesca, como fútbol y campañas de limpieza.
También construyeron capital social con actividades comunitarias, desarrollo de programas de vigilancia comunitaria para proteger los recursos pesqueros y educativos para niños y adolescentes, así como el otorgamiento de becas en 2010, que dio como resultado a más mujeres incursionando en carreras como Ingeniería Pesquera y Biología.
De acuerdo con Alejandro, esto permitió la restauración social y ambiental, para avanzar hacia la diversificación económica y la organización para la producción. Asimismo, desarrollaron otros productos que les permitieran tener ingresos, como El Manglitour, un tour para turistas.
En El Manglito, NOS, junto iAlumbra, desde que comenzó su labor en 2009, han obtenido logros significativos como el incremento de la población de callo de hacha, la reintroducción de la extinta almeja catarina y la conformación de OPRE.
Mientras que en la Ensenada de La Paz el trabajo ha incluido la restauración del estero y manglares, la creación de oportunidades económicas alternativas como el turismo y la acuicultura, y la implementación de programas de vigilancia comunitaria.
Las inversiones en estos esfuerzos han incluido fondos de fuentes nacionales como internacionales. Del 2010 al 2023 el monto acumulado de inversión asciende a 47 millones 650,000 pesos.
Te sugerimos: Creando unicornios: El futuro del emprendimiento está en México
Sin embargo, reconoce que las comunidades pesqueras están sufriendo debido a que la pesca está desapareciendo y muchos jóvenes ya no quieren dedicarse a eso, aunado a la penetración del crimen organizado en dichas comunidades del noreste. “Las veo muy emproblemadas y alejándose cada vez más de la posibilidad de prosperidad que algún día tuvieron”, reflexiona.
NOS está trabajando en otros proyectos que se puedan implementar en otras comunidades del Golfo de California, así como en otras regiones del país, pues aunque solo opera en México, su enfoque es adaptable y podría aplicarse en otras partes del mundo. “NOS espera consolidar la comunidad de El Manglito de modo que opere con completa autonomía de NOS”, dice Alejandro.
Y agrega: “al día de hoy, que la fuerza de esta comunidad, la resiliencia que tienen para enfrentar sus problemas, la forma en cómo se han ido uniendo, y no es perfecto, pero luchan por mantenerse unidos y esa parte es fundamental, la creación de esa capacidad de la comunidad de tomar el futuro con sus manos”, por lo que espera ver a esta comunidad siendo exitosa y sirviendo de ejemplo para otras.










