Es curioso como, en ocasiones las organizaciones y las personas —a pesar de sus diferencias— podemos enfrentar periodos similares, uno de los más frecuentes es el sentir que estamos atrapados en un estado de confusión. Me refiero a esos momentos en los que percibimos que vamos a la deriva y no estamos controlando el rumbo; es cuando sabemos que no tenemos las manos sobre el timón; son esos momentos en los que hemos perdido el propósito y sentimos que le estamos pegando a la piñata con los ojos vendados. Son estadios de mucha angustia y que, en medio de ese caos, no tenemos idea de qué hacer y cómo salir de ahí.
En ocasiones, es fácil detectar qué fue lo que nos llevó a ese estado de confusión: puede ser la pérdida de alguna patente, la falta de interés en el mercado por lo que estamos ofreciendo, un decrecimiento de la demanda, situaciones socioeconómicas, en fin, factores externos que no podemos controlar. No obstante, la mayoría de las veces los periodos de confusión se detonan al interior de las organizaciones o de nosotros mismos.
Los estados de desconcierto vienen acompañados de un barullo no nos permiten entender cuál es el verdadero problema y nos enfocamos en síntomas o consecuencias y no atacamos el mello del asunto. Los periodos de confusión, insisto, pueden encontrarse tanto en el ámbito personal como en el profesional y empresarial. En el ámbito personal, un periodo de confusión podría surgir tras la pérdida de un ser querido, de un trabajo o de estatus social, donde el duelo provoca una sensación de desorientación y falta de propósito. También, la crisis de la mediana edad, una mudanza, un cambio de jefe o de reglas del juego, en fin, circunstancias en las cuales las personas pueden cuestionarse sus logros y dirección en la vida.
Profesionalmente, se puede experimentar confusión cuando nos son asignadas tareas ambiguas sin una clara dirección o apoyo. Asimismo, los cambios abruptos en la estructura organizacional pueden desestabilizar a los trabajadores, creando un ambiente de incertidumbre.
En el contexto empresarial, la confusión puede manifestarse cuando una empresa no logra adaptarse a las rápidas transformaciones del mercado, como la aparición de nuevas tecnologías o cambios en las preferencias del consumidor. Sucede, por ejemplo, cuando una compañía lanza un nuevo producto sin una adecuada investigación de mercado y se obtiene un resultado de una baja demanda imprevista. O bien, cuando una empresa enfrenta una crisis de liderazgo, donde la falta de una figura directiva clara y coherente genera incertidumbre y desorganización entre los empleados.
Cuando una organización está enfrentando confusión, es clave implementar una estrategia estructurada para restablecer claridad y enfoque. Lo mismo sucede en los casos personales. En cualquier caso y casi en todas las formas de confusión lo mejor es recurrir a un método. Un método no es una fórmula mágica de solución, es más bien un mapa que nos indica los pasos que debemos seguir para alcanzar un objetivo y perseguir una meta.
En general, lo que buscamos para salir de los periodos de confusión es claridad. Hay seis pasos —estrategias— para enfrentarlos:
1. Diagnosticar la causa de la confusión
Identificar los problemas principales mediante reuniones, encuestas internas o entrevistas. Preguntarnos:
-¿Qué procesos o decisiones generan incertidumbre?
-¿Qué objetivos no están claros?
Es importante clasificar las causas como internas (falta de liderazgo, comunicación deficiente) o externas (cambios en el mercado, competencia).
2. Revisar la visión, misión y objetivos
Evalúar si los objetivos estratégicos son claros y realistas. Ajustar los lineamientos para asegurar que sean específicos, medibles, alcanzables, relevantes y con un plazo definido (SMART, por sus siglas en inglés: specific, measurable, achievable, relevant, timeline).
3. Fomentar una comunicación clara y transparente: Establecer canales de comunicación efectivos. Implementar reuniones regulares para compartir avances y resolver dudas. Usar mensajes consistentes para evitar interpretaciones confusas.
4. Priorizar acciones clave
Identificar las actividades críticas que generen el mayor impacto. Definir responsables, recursos y plazos claros. Usar herramientas como matrices de priorización para decidir qué resolver primero.
5. Capacitar y empoderar al equipo. Ofrecer formación para mejorar habilidades relacionadas con los problemas detectados. Delegar con claridad las responsabilidades, asegurándote de que cada miembro del equipo entienda su rol y contribución.
6. Monitorear y ajustar Definir indicadores clave de desempeño (KPIs) para medir el progreso. Realizar revisiones frecuentes y ajusta la estrategia según sea necesario.
Los periodos de confusión son como un laberinto que esconde muchos monstruos. Un guerrero se prepara para enfrentar a los monstruos tratando de comprender la configuración del laberinto. Un estratega hace prácticamente lo mismo. Va a la raíz del problema, lo identifica y busca el mejor método de solución. En esos momentos en los que percibimos que vamos a la deriva y no estamos controlando el rumbo; cuando sabemos que no tenemos las manos sobre el timón; esos momentos en los que hemos perdido el propósito y sentimos que le estamos pegando a la piñata con los ojos vendados, lo mejor que podemos hacer es respirar y analizar con calma los motivos de la confusión y atacarlos con estrategias que nos den claridad.
Si no entendemos, preguntamos; si no sabemos investigamos; se trata de poner atención porque las respuestas están frente a nosotros y tenemos que aprender a interpretarlas.
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