El gobierno mexicano lanzó una convocatoria abierta para que la sociedad civil, la academia y las autoridades se sienten a debatir un tema urgente: la presencia de las redes sociales en la vida de la niñez (https://www.gob.mx/sep/prensa/boletin-242-sep-propone-consolidar-entornos-mas-sanos-con-una-cultura-digital-de-uso-consciente-critico-y-responsable-mario-delgado?idiom=es). La discusión busca evaluar los efectos (positivos y negativos) que tienen estas plataformas en la salud mental de niñas y niños, así como en su proceso de aprendizaje dentro y fuera de las aulas.
En la apertura de esta conversación, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, dejó clara la intención central: más que recurrir a la prohibición por la vía rápida, la meta es construir un marco legal que fortalezca la formación integral de la infancia. Entre los puntos clave que ya están sobre la mesa destaca el diseño de las propias plataformas: mecanismos como la reproducción automática (autoplay) o el infinite scroll, creados intencionalmente para mantenernos enganchados.
Ahí radica el corazón del asunto. Si vamos a regular las redes socio-digitales, el objetivo no debe ser la censura de contenidos, sino la arquitectura del algoritmo que los distribuye.
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Es vital trazar una frontera clara entre la libertad de expresión y el negocio de capturar nuestra atención. Las reglas del juego no pueden enfocar la lupa en el mensaje o la opinión de los usuarios, sino en la manera en que las plataformas amplifican de forma automatizada esos mensajes. El modelo comercial de las redes se basa en capitalizar el tiempo que pasamos frente a la pantalla, estimulando una observación sin fin a la que las y los niños, por la etapa de desarrollo en la que se encuentran, son los más vulnerables.
Si permitiéramos que el Estado determinara qué tipo de contenidos son adecuados para publicarse, más allá de las normas comunitarias que ya existen para sancionar delitos o discursos de odio, estaríamos abriendo una puerta peligrosa hacia la censura.
Definir qué es adecuado para el consumo digital de la infancia debe ser una responsabilidad compartida entre las autoridades y las familias, respetando el criterio de cada hogar. Por eso la relevancia de estos foros participativos: los consensos y herramientas que ahí se obtengan servirán como insumo para que la SEP formule un proyecto de ley equilibrado y respaldado por la comunidad.
Al final del día, el punto más importante es la conciencia. Más que aspirar a un aislamiento digital irreal donde niñas y niños no consuman tecnología, el reto es dotarles de un marco que les ayude a identificar los riesgos del entorno virtual, entender el valor de su propia atención y aprender a cuidar su salud mental en un esfuerzo conjunto entre padres, madres y docentes.
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