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    Por Lyfson Hernández*

    Invertir en un entorno marcado por conflictos geopolíticos y eventos globales de gran escala, como una Copa del Mundo, obliga a los inversionistas a encontrar un delicado equilibrio entre la protección del capital y la capacidad de capturar oportunidades de consumo extraordinarias. En un mundo donde la incertidumbre se ha vuelto permanente, la estabilidad es, quizá, el activo más escaso de todos.

    Ninguna maestría en finanzas, ni siquiera los más sofisticados manuales de gestión de crisis, nos prepararon para el contexto actual. Vivimos una era caracterizada por la sobreexposición informativa, la saturación del entretenimiento, el ruido digital y una sucesión constante de acontecimientos que, hasta hace poco, habríamos catalogado como históricos o generacionales.

    Durante décadas, los refugios tradicionales del capital fueron el oro y los bonos soberanos de alta calidad. Hoy, sin embargo, estos instrumentos han dejado de representar necesariamente una estrategia de crecimiento. En muchos casos, su función se limita a preservar valor o amortiguar pérdidas. Las oportunidades más atractivas se han desplazado hacia sectores vinculados a la producción de materias primas, energía, infraestructura y tecnología. En México, sin embargo, el potencial energético continúa limitado por una desaceleración estructural que se arrastra desde la administración anterior.

    Ante este escenario, el interés de los fondos especializados en mercados emergentes se ha concentrado en verticales híbridas capaces de combinar infraestructura crítica con innovación tecnológica. Desde mi experiencia como inversionista, tanto de manera personal como a través de vehículos colectivos de inversión, existen dos sectores que destacan por encima del resto: la ciberseguridad y el entretenimiento. Ambos responden a una demanda creciente a escala global y regional, particularmente en América Latina, donde gobiernos, empresas y consumidores están incrementando su gasto de manera sostenida.

    Paradójicamente, mientras el mundo busca estabilidad frente a las guerras y la fragmentación geopolítica, los grandes eventos deportivos continúan funcionando como aceleradores económicos de corto plazo. Un Mundial de Fútbol concentra consumo, atención y gasto discrecional en cuestión de semanas, generando oportunidades tácticas para inversionistas capaces de identificar a los ganadores antes de que llegue la euforia. La expectativa para México era clara. Como país anfitrión, se anticipaba un impulso significativo para la industria turística, hotelera, restaurantera y de entretenimiento. Sin embargo, los resultados estuvieron lejos de las proyecciones más optimistas.

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    Aerolíneas: cuando la lógica del mercado falla

    La teoría indicaba que millones de aficionados internacionales incrementarían el flujo turístico y la actividad económica. La realidad fue distinta.

    De acuerdo con datos de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), el tráfico aéreo total en México registró una caída de 4.2% durante junio respecto al mismo periodo del año anterior. Lejos de provocar un incremento generalizado de visitantes, el Mundial parece haber desplazado una parte importante del turismo corporativo y de los viajeros tradicionales de temporada.

    El resultado fue un fenómeno poco intuitivo: más turistas vinculados al Mundial, pero menos turistas convencionales. La consecuencia económica fue una derrama estimada cercana a los 2,000 millones de dólares, una cifra modesta si se compara con los aproximadamente 20,000 millones de dólares generados por Catar 2022.

    Este contraste revela una lección relevante para los inversionistas: no todos los grandes eventos producen automáticamente grandes retornos económicos. En ocasiones, simplemente redistribuyen el gasto existente.

    Los verdaderos beneficiarios fueron sectores mucho más específicos. Restaurantes, bares, plataformas de apuestas digitales, casinos y ciertas categorías de videojuegos registraron incrementos significativos en actividad y consumo. Curiosamente, son industrias que suelen permanecer fuera del radar de muchos fondos institucionales, ya sea por restricciones regulatorias, criterios ESG o simple aversión reputacional.

    La enseñanza es clara. En un entorno donde coexisten tensiones geopolíticas, desaceleración económica y eventos de consumo masivo, la diversificación tradicional ya no es suficiente. La ventaja competitiva proviene de identificar qué sectores capturan realmente el flujo de capital y cuáles únicamente se benefician del optimismo colectivo.

    La estrategia más efectiva consiste en combinar posiciones defensivas que protejan frente a la volatilidad macroeconómica con exposiciones tácticas en sectores capaces de monetizar el gasto emocional y discrecional de los consumidores.

    Porque, al final, los mercados no se mueven únicamente por fundamentos. También se mueven por expectativas, narrativas y emociones. Y pocas fuerzas económicas son tan poderosas como la euforia colectiva.

    Sobre el autor:

    *Lyfson Hernández es Inversionista certificado & CMO CAAN ASSET MANAGMENT.

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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