Enlaces rápidos

    Una línea divide el interés público del privado, el poder político del económico, el mandato democrático del privilegio del dinero, e impide a los grandes empresarios tomar los gobiernos para defender no el bien común, sino el valor de sus acciones. Lo recomendable es no cruzarla.

    Cuando esa sana distancia se trasgrede, el resultado no es eficiencia ni innovación, como suelen prometer sus apologistas, sino captura, dependencia y, a menudo, desastre.

    El ejemplo más visible y viralizado, trending disruptor del aburrimiento en redes sociales, principalmente X, es el divorcio de Elon Musk y Donald Trump. El magnate detrás de Tesla, SpaceX y otras marcas tan admiradas como polémicas, fue empresario estrella del gobierno republicano en lo que parecía una relación simbiótica: uno aprovechaba el aura de innovación empresarial y el otro empujaba sus intereses, desde subsidios a los autos eléctricos hasta contratos espaciales.

    Sin embargo, cuando el vínculo nace de la conveniencia y no de la convicción, llega la ruptura. La relación se volvió espectáculo, trivialidad que esconde cuestionamientos respecto de la legitimidad de los subsidios y contratos o sobre la presunta mención del Presidente en los registros relacionados con el abusador sexual Jeffrey Epstein.

    Mientras duró la luna de miel se tomaron decisiones públicas desde la cercanía privada, sin transparencia ni rendición de cuentas, escondida bajo la narrativa del emprendedor exitoso que “ayuda” al gobierno.

    El caso contrasta radicalmente con el estilo de Carlos Slim, el hombre más rico de México y uno de los empresarios más influyentes de América Latina, quien no ha necesitado cargos formales ni consejos asesores. No aparece con frecuencia en ruedas de prensa ni presume su cercanía con presidentes, pero su poder está ahí.

    Ha caminado en paralelo al poder político con relación cercana con Andrés Manuel López Obrador o Claudia Sheinbaum, con quien comparte una visión tecnocrática de la infraestructura y la conectividad como motores de desarrollo.

    Slim ha sabido manejar esa sana distancia con inteligencia política: invierte donde el gobierno lo necesita porque es buen negocio; entiende al empresariado en alineación con el Estado. A diferencia de Musk, no tuitea opiniones polémicas ni se enreda en guerras culturales. Sabe que los gobiernos cambian, pero el capital —bien administrado— permanece.

    El dilema del capitalismo contemporáneo, como lo ha señalado el economista Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional de la Fundación Ford en la Escuela Kennedy de Harvard, no es entre mercado y Estado, sino entre capitalismo inclusivo y extractivo. El primero requiere instituciones fuertes, separación de poderes, y un sector privado que compita sin privilegios. El segundo se nutre de la fusión entre empresarios y gobernantes, y genera riqueza para pocos a costa de muchos.

    Musk y Trump encarnan este último modelo.

    Sobre el autor:

    Salvador Guerrero Chiprés es Coordinador General del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano (C5) de la Ciudad de México.

    X: @guerrerochipres

    www.c5.cdmx.gob.mx

    Twitter: @C5_CDMX

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

    Síguenos en Google Noticias para mantenerte siempre informado