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    Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el tabaco es responsable de la muerte de más de 8 millones de personas cada año. De esta alarmante cifra, se estima que 1.3 millones son no fumadores que mueren por la exposición al humo ajeno. La causa directa es la inhalación de las más de 8,000 sustancias tóxicas que genera la combustión del tabaco, dentro de las cuales se han identificado al menos 70 como cancerígenas confirmadas y una, el Polonio-210, como radioactiva.

    Ante esta realidad irrefutable, la industria tabacalera ha orquestado, desde hace más de una década, una astuta campaña que busca sustituir a mediano plazo los cigarros tradicionales. La estrategia consiste en introducir al mercado una gama de dispositivos “libres de humo”: vapeadores, calentadores de tabaco, tabaco masticable, narguiles, bolsas de nicotina, parches y chicles. La industria insiste en promoverlos como una “alternativa más segura” o una herramienta para abandonar el hábito.

    Sin embargo, el consenso de la comunidad científica y médica internacional advierte que esto no representa una disminución, sino un cambio de riesgos. Mientras la correlación del tabaco con cáncer, cardiopatías, disfunción eréctil o úlceras está plenamente documentada, ya se evidencia a gran velocidad el peligro de los dispositivos electrónicos. La nueva información apunta a la acumulación de metales pesados (plomo y níquel) en cerebro y pulmones, la asociación con enfermedades pulmonares agudas como la lesión pulmonar asociada al vapeo (EVALI), y el riesgo de accidentes por la explosión de las baterías de litio.

    Para ejemplificarlo: una de las primeras lecciones de seguridad para un infante, después de “no toques el fuego”, es “no metas los dedos en los enchufes” y “las pilas no se chupan ni se ingieren”. Un vapeador es, en esencia, una pila que sobrecaliente una resistencia para vaporizar una sustancia. Este proceso no solo libera los químicos del líquido, sino que también degrada la resistencia y la batería, liberando micropartículas tóxicas que se inhalan directamente, lo que lleva al usuario a ignorar una regla de seguridad primordial: las baterías no se llevan a la boca.

    El daño, además, se extiende a quienes no consumen. Al conocido humo de segunda mano se suman nuevas amenazas. Existe el vapeo pasivo, pues el aerosol exhalado no es vapor de agua inocuo, sino una mezcla de nicotina, metales pesados y compuestos cancerígenos. Y también el humo o vapeo de tercer orden: residuos tóxicos del humo de tabaco o del aerosol de dispositivos electrónicos que se impregnan en ropa, muebles y paredes, permaneciendo activos por meses y exponiendo de forma continua a los más vulnerables, especialmente a los niños. No basta con fumar o vapear fuera de casa para proteger a la familia.

    El precio de esta adicción es devastador. Se estima que un fumador promedio pierde 10 años de esperanza de vida, cifra que puede ascender hasta 20 en casos severos. En términos económicos, el gasto personal es monumental. Con un costo promedio de 80 pesos por cajetilla en México, un fumador de una al día gasta más de 29,000 pesos al año. En una vida de fumador (40 años), esto supera 1.1 millones de pesos, sin contar la inflación ni los crecientes costos para atender las enfermedades derivadas. El gasto de vapear no se queda atrás: puede ir de 7,000 a 28,000 pesos anuales. Pero estas cifras palidecen ante la realidad médica: el gasto privado para tratar un cáncer de pulmón en México puede superar el millón de pesos al año.

    A nivel colectivo y nacional, el panorama es peor. Según el Instituto Nacional de Salud Pública, el tabaquismo le cuesta a la economía mexicana más de 116 mil millones de pesos anuales, el doble de lo que el Estado recauda por el impuesto al tabaco (IEPS). Globalmente, la farsa económica es aún mayor. Un estudio en Tobacco Control estimó que el costo social del tabaquismo asciende a 1.4 billones de dólares anuales. Frente a los cerca de $900 mil millones que la industria genera en ingresos, la conclusión es demoledora: por cada dólar que la industria del tabaco gana, le cuesta al mundo 1.60 en muerte, enfermedad y pérdida de productividad.

    Este desastre financiero ni siquiera considera el impacto planetario. Las colillas son el desecho más común del mundo y una causa principal de incendios forestales. Una sola puede contaminar hasta 50 litros de agua. A esto se suman ahora las baterías y plásticos de los dispositivos electrónicos, una nueva ola de basura tóxica. Incluso en su origen, el cultivo de tabaco emplea pesticidas que causan enfermedades hepáticas y daños irreversibles a los trabajadores, muchos de ellos niños.

    El objetivo principal de esta maquinaria son los menores. Para sustituir a los consumidores que mueren o abandonan el hábito, son atraídos con sabores y diseños que aseguran una nueva generación de adictos, garantizando así dividendos por décadas. Las escuelas están inundadas de vapeadores, muchos falsamente etiquetados como “sin nicotina”. Las mujeres, por su parte, enfrentan riesgos específicos como complicaciones en el embarazo, envejecimiento precoz y afecciones en su salud reproductiva; la combinación con alcohol, además, multiplica el peligro. Adicionalmente, estos dispositivos se están usando para consumir otras drogas, como la marihuana, sin el conocimiento de los padres.

    La industria ha logrado cambiar la narrativa, haciendo que personas que nunca hubieran fumado hoy consuman nicotina en otras formas. Las bolsas de nicotina, por ejemplo, ya están dejando secuelas en la salud bucal como recesión de encías y lesiones potencialmente precancerosas. El narguile se ha convertido en una importante fuente de transmisión de infecciones, con una carga de virus y bacterias en sus boquillas compartidas que llega a ser mayor a la encontrada en excusados. Por otro lado, el término “vapeador” fue una estrategia de mercadotecnia para disociarlo de su nombre original, “cigarro electrónico”, el cual mantenía una alta percepción de riesgo y fue un fracaso comercial que no sumó nuevos consumidores, como sí lo hizo el término “vapeador”. Y aunque en México la comercialización de estos dispositivos está prohibida, se venden impunemente en plazas, redes sociales e incluso dentro de los colegios.

    La narrativa de la “reducción de daños” es la fachada de un viejo modelo de negocio que se lucra con la enfermedad. Una industria legal, pero criminal, que alimenta sus ganancias a partir del sufrimiento. Se estima que el tabaco mató a más de 100 millones de personas en el siglo XX, y las proyecciones para el siglo XXI ascienden a mil millones, más que cualquier guerra o arma de destrucción masiva.

    No es una transición hacia la salud, es la modernización de un genocidio redituable.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

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