Imagina por un momento que estás escuchando una voz antigua, es tan vieja que viene de los tiempos anteriores a Sócrates. Más allá de saber que ese rumor nos pondría la piel de gallina, hay una sabiduría añeja y por demás actual en la forma en que personajes como Anaximandro, Heráclito, Parménides, Demócrito y algunos otros de sus contemporáneos se atrevieron a plantearse preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la realidad, el cambio y el conocimiento.
La frase “desde la debilidad de mis sentidos, no puedo juzgar la verdad absoluta” se convierte en punto de partida para comprender cómo el empresario y el creador de ideas deben asumir la incertidumbre, la limitación humana y la apertura al asombro como motores de innovación.
Los filósofos presocráticos, desde los albores de la fantástica Atenas, entendieron que el conocimiento humano está siempre mediado por percepciones parciales y por un lenguaje limitado. La grandeza de su forma de pensar no radicó en ofrecer respuestas definitivas, sino en abrir caminos de pensamiento, en desafiar los supuestos establecidos y en proponer hipótesis radicales para explicar el cosmos.
Es preguntando que se llega a conocer las respuestas. Parece obvio y nos hemos olvidado de entender que el meollo se encuentra en la forma en la que cuestionamos nuestra realidad para enfrentar los problemas y llegar a soluciones. Y, lo que parecen ser dos puntos inconexos: la filosofía presocrática y la vida empresarial, tienen un punto de encuentro interesante.
Del mismo modo que lo hicieron en su momento estos filósofos de la antigüedad, el empresario de hoy que aprecia la creatividad y la innovación debe empezar por aceptar que sus sentidos —y por extensión, sus experiencias, datos o diagnósticos de mercado— son insuficientes para capturar la complejidad absoluta del entorno. Esta aceptación no es debilidad, sino fortaleza, porque conduce a la humildad intelectual y a la búsqueda constante de nuevas perspectivas. Esta humildad intelectual es un bien escaso y por lo tanto, quien lo posee, adquiere una ventaja competitiva.
Heráclito afirmaba que “todo fluye” y que la realidad es un devenir. En la empresa, esta visión se traduce en reconocer que los modelos de negocio, las preferencias de los consumidores y las dinámicas de los mercados son cambiantes. Nadie puede negar que lo que hoy está de moda en el futuro podrá dejar de estarlo, de la misma manera en la que algo que dejó de ser tendencia, de pronto, vuelve a ocupar la preferencia del consumidor. ¿Cómo se explica esto? El pensamiento creativo surge, entonces, de la capacidad de abrazar el cambio como esencia de lo real y no como amenaza. Hay que estar al pendiente de las señales del mercado para entender el ciclo de vida del producto o servicio que estamos ofreciendo y analizar la demanda del mercado.
Por su parte, Parménides sostenía un punto de vista contrario. Él defendía la permanencia del ser, lo que nos recuerda que en medio de la transformación constante debe existir un núcleo de identidad empresarial: los valores, la misión, la ética. Entre Heráclito y Parménides se despliega la tensión productiva que todo emprendedor debe aprender a habitar: cambiar sin perder lo esencial. El cambio constante nos convierte en veletas. Es necesario discernir lo que debemos de transformar y aquello que es necesario conservar para mantener identidad.
La frase sobre la debilidad de los sentidos invita también a desconfiar de las certezas inmediatas. Todo empresario que se precie de serlo, debe saber que camina en terrenos en los que la incertidumbre y el riesgo son variables con las que debe convivir. En un mundo donde los datos parecen dictar el rumbo de las decisiones, conviene recordar que los números describen, pero no agotan la realidad. El pensamiento creativo exige interpretar, cuestionar y combinar la información con intuición y visión estratégica. Así como Anaximandro imaginó un universo infinito cuando los sentidos solo alcanzaban a percibir un horizonte limitado, el empresario debe atreverse a concebir escenarios que rebasan la evidencia aparente.
Aceptar que no se puede juzgar la verdad absoluta desde la limitación sensorial es también abrirse a la colaboración. En la empresa, el conocimiento no puede residir en un sólo individuo. Los tiempos de la persona orquesta que todo lo sabe, todo lo controla y todo lo puede probaron estar equivocados y ya son agua que desembocó en el río. La creatividad florece cuando se reconocen los límites personales y se busca el aporte de otros, construyendo redes de pensamiento que enriquecen la perspectiva. Los presocráticos inauguraron el diálogo filosófico; el emprendedor moderno debe cultivar el diálogo interdisciplinario y multicultural.
Se trata de fomentar el trabajo en equipo, de permitir que el pensamiento creativo florezca en nuestros proyectos. El papel de quien ejerce el liderazgo no es el de ser una fuente inagotable de ideas y novedades. El papel del líder es el de permitir que esas ideas y novedades tengan una oportunidad, con independencia de a quién se le ocurrieron.
Por otro lado, el líder deberá de ser el administrador de esas ideas. Dicho en forma presocrática, deberá de cuestionar por qué son buenas ideas, dar un tiempo de análisis, permitir la tensión productiva de la que hablaron Heráclito y Parménides: cambiar sin perder lo esencial: permitir el devenir de la realidad y asumir el cambio.
La lección de los filósofos presocráticos para la vida empresarial es clara: es preciso reconocer nuestras limitaciones, aceptar que los sentidos no alcanzan la verdad total y convertir esa falta en motor de búsqueda. Ahí empieza la creatividad. Lejos de paralizar, esta conciencia libera la imaginación, abre a la exploración y posibilita la construcción de nuevas realidades. Así, la frase “desde la debilidad de mis sentidos, no puedo juzgar la verdad absoluta” deja de ser una confesión de impotencia y se transforma en el fundamento mismo del pensamiento creativo que toda empresa necesita para innovar, adaptarse y perdurar.
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