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    Más allá de la anécdota que parece hasta cierto punto divertida de ver a funcionarios de alto nivel entre bravuconadas, empujones y teatralidades; más allá de los memes, algunos llenos de ironía perspicaz, que festejan por igual el apoyo a uno u otro bando, habrá que pensar por qué ese actuar público encarna un sentir colectivo para el cual la violencia se ha vuelto un recurso válido.

    La respuesta es desoladora. El acto violento es siempre la expresión del fracaso de todos los demás recursos. Supone la claudicación del mayor instrumento civilizatorio que poseemos: el diálogo. La cancelación de la palabra es la semilla que germina en odio. Porque el silencio, en este contexto, no es una estrategia pacificadora; es el arma que anula, deshumaniza e invisibiliza al otro.

    El encono en nuestro país ha trascendido el discurso de la lucha de clases para entrar en un territorio más oscuro. Las ofensas vulgares y juicios fáciles, desprovistos de empatía, construyen identidades a partir del rechazo, la estigmatización y la desvalorización del adversario. Etiquetas como “chairos”, “nacos”, “fifís”, “conservadores rapaces”, “mugrosos” o “mochos” ya no describen una postura política, sino que constituyen un odio identitario y una militancia feroz en la que sus dirigentes exacerban el desprecio por lo distinto.

    Vivimos una polarización afectiva: una ira revestida de ideología que nace de la incapacidad de aceptar que una patria se construye con diferencias. Se nos olvida que los grandes imperios alcanzaron su cúspide cuando integraron culturas, no cuando las aplastaron. La leyenda de Nerón incendiando Roma sigue siendo una poderosa metáfora del líder que destruye su propio hogar.

    La peligrosa narrativa del odio se nutre de relatos simplificados e intelectualmente pobres, donde todo se reduce a una lucha de buenos contra malos. Por eso reescribe la historia a su conveniencia, borrando los matices de los actores políticos bajo una historia oficial que impide la reconciliación genuina, porque fomenta percepciones maniqueas impulsadas por los discursos oficiales de los gobiernos en turno.

    La Colonia, por ejemplo, no fue solo un periodo de opresión y sistema de castas; fue también el crisol del mestizaje y el momento en que se fundaron instituciones como la Real y Pontificia Universidad de México en 1551, casi un siglo antes que Harvard, sentando las bases de la vida intelectual del continente.

    El estudio profundo de cada personaje histórico revela claroscuros, a veces desconcertantes y aparentemente irreconciliables. Nos da cuenta de que no existen personajes sin sombra, incluso entre los gigantes de la historia.

    Benito Juárez, considerado el Benemérito de las Américas, buscó en el extranjero apoyo a su causa, proponiendo el polémico Tratado McLane-Ocampo, un acto de pragmatismo extremo para obtener apoyo estadounidense contra los conservadores. Restaurar la República implicó actos de cuestionable injerencismo bajo la búsqueda, quizá, de fines superiores.

    Maximiliano de Habsburgo, el emperador, aplicó leyes más liberales que las de sus propios aliados conservadores y eligió enfrentar el fusilamiento por su nueva patria en lugar de huir con deshonra, pidiendo que su sangre sirviera para la reconciliación nacional. Murió al grito de “¡Viva México!”, en compañía de Miguel Miramón y Tomás Mejía, mexicanos otrora ejemplares que acabaron con la sentencia de traidores.

    Incluso Antonio López de Santa Anna, el dictador al que se le atribuyen los errores que llevaron a la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, contribuyó a forjar símbolos de identidad, pues fue él quien convocó al concurso que dio origen al todavía vigente y hermoso Himno Nacional.

    Porfirio Díaz materializó su lema de “Orden y Progreso” industrializando al país con ferrocarriles y finanzas estables, y creando mucho del actual patrimonio nacional. Pocos recuerdan que fue su desobediencia a las órdenes de Zaragoza lo que en el tan celebrado 5 de mayo agrandó a la patria, al encabezar la persecución que selló la victoria en la honrosa batalla contra las fuerzas de ocupación.

    Finalmente, la Revolución, que nació de un ideal de justicia, se devoró a sí misma en un torbellino de traiciones: la traición de Huerta a Madero desató la guerra entre caudillos como Villa, Zapata y Carranza, donde se cometieron todo tipo de excesos, algunos de ellos mucho más crueles que los cometidos por la dictadura de Díaz.

    Mucho cuesta la visión simplista de la historia. No se trata de mantener aún exiliados los restos de Díaz o de ocultar que el llamado imperio mexica tenía prácticas como el canibalismo, el sacrificio ritual y la esclavitud. Se trata de comprender nuestra historia en su totalidad para poder sanarla y amarla en toda su complejidad.

    Las consecuencias: un país vulnerable

    En el México actual no hay patriotas y traidores monolíticos, sino visiones distintas de la nación. En todo gobierno y en todo país, la corrupción existe, quizá inherente al ejercicio del poder sin contrapesos, pues permite hacer de ello un negocio. Sin embargo, en todo gobierno hay también servidores públicos de gran calado que con su trabajo ven la oportunidad de hacer patria. No es del todo cierto que un político honesto solo es posible como personaje de ciencia ficción.

    Lamentablemente, en las redes sociales y en los espacios públicos como cafés, las diferencias ideológicas y políticas se tiñen de agravios. Las charlas son más monólogos sin capacidad de escucha; ya no se precisa del intercambio intelectual, en cambio, se prefiere la ruptura de amistades y familias por defender o atacar a personajes de los cuales solo se conoce la imagen pública, construida a menudo solo a base de percepciones y no de verdades. Mientras tanto, el país enfrenta retos geopolíticos y económicos mayúsculos que exigen unidad. México está herido y la división interna nos vuelve vulnerables, incapaces de construir los consensos necesarios para aprovechar las oportunidades del nuevo orden global o para enfrentar crisis nacionales como la seguridad, la ecología o el consumo de drogas.

    El odio es el resultado de complejos procesos psicológicos, y el riesgo de la masa como entidad es alto, pues en la masa el individuo se disuelve, su yo se aniquila, permitiendo que unos cuantos piensen y decidan por todos. La facilidad con que se cede a la autoridad ha sido demostrada por célebres experimentos, como los de Stanley Milgram, donde personas comunes y corrientes fueron capaces de administrar descargas eléctricas dolorosas a otros solo por seguir órdenes de una figura de autoridad. Una de las conclusiones más aterradoras de ese experimento es que la sinrazón no es exclusiva de psicópatas o sociópatas: personas comunes pueden seguir órdenes atroces. El pensamiento único puede derivar en violencia, desde linchamientos públicos hasta guerras fratricidas. Estamos a tiempo de que el escalamiento de la violencia cese.

    Si bien esta crisis se alimenta de décadas de una desigualdad hiriente —una fractura social que los datos confirman: según la última Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) del INEGI, el 10% más rico de la población en México concentra un ingreso 15 veces mayor que el del 10% más pobre—, el error es caer en la creencia de que los privilegios de unos son la causa directa de las carencias de otros. Hay que pensar con claridad: empobrecer a unos no necesariamente enriquece a otros, ni económica ni discursivamente.

    Hoy es necesario, trascendental, cultivar la humildad intelectual, el pensamiento crítico y la escucha activa de perspectivas que desafíen las nuestras. Es crucial que desde las más altas esferas del poder exista un ejemplo de inclusión y altura democrática. En la política, como en el deporte, saber perder es tan importante como saber ganar. La creación de “enemigos irreconciliables” a través de la persecución jurídica, política o social es la máxima expresión del fracaso de la democracia.

    Las luchas fratricidas no tienen ganadores. Como sentenció Unamuno frente al autoritarismo: “Venceréis, pero no convenceréis”. Una mayoría que vence sin integrar la diferencia corre el riesgo de equivocarse. Por eso es un peligro pensar en “el pueblo” como una categoría moral infalible, como lo demostraron tantos desastres en el siglo XX.

    El verdadero desafío no solo es ganar la siguiente batalla, sino encontrar antes la forma de sanar juntos las heridas que nos definen. México es el resultado del encuentro y desencuentro de grandes y vigorosas civilizaciones; en nuestra sangre coinciden los sueños de ancestros que convergen en un hoy que debería llenarnos de orgullo. Somos una patria grande, precisamente, por la pluralidad de todos los que la integramos.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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