El proceso de revisión sexenal del T-MEC entre México, Estados Unidos y Canadá ya está en marcha, desde septiembre de este año tanto nuestro país como los Estados Unidos aperturaron consultas públicas para recopilar propuestas de empresas y expertos, con audiencias programadas a celebrarse este mes de noviembre.
El punto de inflexión está por un lado en extender su vigencia hasta el 2042 o abrir la puerta a una modalidad de revisiones anuales, e incluso la posibilidad de su terminación en 2036, lo cual representa una encrucijada geopolítica que podría redefinir el futuro de los negocios mexicanos. Esta revisión es una amenaza existencial.
En el transcurso el secretario de economía Marcelo Ebrard ha venido sosteniendo múltiples reuniones con sus homólogos estadounidenses Howard Lutnick y Jamieson Greer, enfocadas a tratar de convencer a sus pares de los posibles impactos negativos que una renegociación desequilibrada tendría en la economía de toda la región.
En este sentido, las constantes y palpables amenazas del presidente de los Estados Unidos Donald Trump, materializadas en aranceles en los sectores automotriz, del acero, aluminio y agropecuario, basados en acusaciones por incumplimientos en propiedad intelectual, reformas judiciales, combate al crimen organizado y la filtración de inversiones chinas entre otras, han afectado las exportaciones mexicanas. Estas presiones han reducido las proyecciones del crecimiento del producto interno bruto.
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Revisión del T-MEC ¿oportunidad o amenaza para México?
Sin embargo, a pesar de los vientos que vaticinan una tormenta, también hay un espacio de oportunidad, México ha estado captando alrededor de 35,000 millones de dólares en relocalización, atrayendo 400 empresas de manufactura y logística, alineado con Washington y con aranceles calibrados con Asia, con la idea de fomentar la expansión gracias a la proximidad geográfica del país.
Claro que hay que interpretar que la situación impone un mensaje, hay que diversificar a la brevedad posible, por ejemplo invirtiendo en proveedores locales para crear cadenas que permitan superar el 75% regional, mitigar riesgos con la digitalización y la inteligencia artificial, capacitando talento y mano de obra.
En un mundo de bloques, México tendría que salir fortalecido de esta coyuntura como un contrapeso de China, el puente integrador natural norteamericano, aunque eso requiere además de una visión pura de negocios regionales, un enorme esfuerzo diplomático y de convencimiento, ese es el gran reto del gobierno mexicano.
Asimismo, habría que partir de la base que el enfoque no puede ser confrontacional, sino basado en la evidencia de los beneficios mutuos, porque independientemente de la necesidad de diversificar como receta, romper la integración que ha generado el mayor bloque económico del mundo, no solo sería en perjuicio de los tres países que lo conforman, es una ventana para que las otras potencias emergentes invadan espacios que hoy nos pertenecen.
De esta forma, bajo la tesitura del interés compartido y esa es una tarea que no solamente involucra al gobierno, sino también a las contrapartes empresariales, el objetivo tiene que enfocarse en las oportunidades que brinda la integración regional y la eventual competencia proveniente de otros mercados, ante un escenario de vulnerabilidad que por supuesto va más allá solamente de la imposición de aranceles.
El componente ideológico que hoy más que nunca influye en los Estados Unidos es una distracción que se contrapone a su tradición pragmática de ejercer su supremacía económica, implica una amenaza devastadora en materia de intercambio comercial para México, pero que sin ninguna duda también tendría un efecto catastrófico más allá de la frontera.
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