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    El proceso electoral celebrado en Chile el pasado fin de semana representa un nuevo punto de inflexión en la política latinoamericana. A cuatro años del triunfo de Gabriel Boric y del ascenso de una generación que prometía reconfigurar el modelo social chileno, el electorado ha enviado un mensaje distinto: la prioridad ya no es la refundación, sino la estabilidad. Este giro no debe leerse únicamente en clave ideológica, sino como una expresión de agotamiento social frente a un Estado que, pese a las sucesivas reformas y expectativas, no ha logrado responder de manera efectiva a los temas que hoy preocupan más a los ciudadanos: la seguridad, la economía y la gobernabilidad.

    Chile, tradicionalmente considerado un ejemplo de estabilidad institucional en América Latina, ha transitado en los últimos años por una fase de profunda transformación política. Las protestas de 2019, la redacción y posterior rechazo de una nueva Constitución y la polarización ideológica en el debate público fueron síntomas de un país que buscaba redefinir su contrato social. Sin embargo, el desencanto con los procesos políticos y la frustración frente a la falta de resultados tangibles terminaron por erosionar la confianza en la izquierda progresista que había prometido un cambio estructural. La elección de 2025 se da en ese contexto: un país más participativo —gracias al restablecimiento del voto obligatorio—, pero también más escéptico, más inseguro y menos ideologizado.

    El resultado de la primera vuelta confirma esta recomposición del mapa político. La candidata oficialista Jeannette Jara, representante del sector progresista, obtuvo cerca del 32 % de los votos, mientras que el ultraconservador José Antonio Kast alcanzó alrededor del 24 %. No obstante, al sumar el total de sufragios obtenidos por los candidatos de derecha y centro-derecha, el bloque opositor concentra casi el 70 % del electorado. Este dato refleja con claridad el cambio de ánimo en la sociedad chilena: más que una adhesión ideológica a un proyecto determinado, se trata de un voto de castigo a la ineficacia gubernamental y a la ausencia de respuestas concretas ante problemas cotidianos.

    La inseguridad, por ejemplo, se convirtió en el tema dominante de la campaña. Chile, que por décadas se percibió como una excepción regional en materia de seguridad pública, enfrenta hoy un aumento en los índices de homicidios, secuestros y presencia de grupos criminales transnacionales como el Tren de Aragua. Paralelamente, la migración —particularmente la llegada de miles de venezolanos y haitianos— ha modificado el tejido social y alimentado un sentimiento de pérdida de control en las zonas fronterizas del norte. Ambos fenómenos se han traducido en una creciente percepción de vulnerabilidad, capitalizada por los discursos que asocian orden, disciplina y control con la recuperación del bienestar.

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    El desgaste del proyecto constituyente también pesó en las urnas. Tras dos fracasos consecutivos en los plebiscitos de 2022 y 2023, muchos votantes perciben el proceso de reforma constitucional como un símbolo de ineficiencia institucional. Lejos de articular una visión de futuro, el debate se transformó en un campo de enfrentamiento político. En ese clima de frustración, las promesas de renovación perdieron atractivo frente a la narrativa del orden y la autoridad.

    Desde una perspectiva regional, el caso chileno debe leerse dentro de una tendencia más amplia en América Latina: la consolidación de una nueva derecha que combina liberalismo económico con políticas de seguridad y discursos nacionalistas. Este fenómeno no responde al tradicional péndulo ideológico, sino a una reconfiguración de las demandas sociales. En contextos marcados por la inflación, la desigualdad y la inseguridad, la ciudadanía privilegia la estabilidad sobre la transformación. Es el mismo patrón que explica los cambios recientes en Argentina, Ecuador o El Salvador, donde el discurso de la autoridad ha sustituido a la retórica de la justicia social como promesa de eficacia.

    En el plano internacional, lo que ocurra en Chile en las próximas semanas tendrá implicaciones geopolíticas significativas. Un eventual triunfo de Kast en la segunda vuelta implicaría una reorientación de la política exterior hacia una mayor cercanía con Estados Unidos y una revisión del papel de Chile dentro de la Alianza del Pacífico, privilegiando la inversión y el libre comercio sobre la agenda social. Por otro lado, si la izquierda logra mantenerse en el poder, el reto será reconstruir la confianza en las instituciones, mantener la estabilidad macroeconómica y demostrar que el progresismo puede gobernar con pragmatismo y resultados. En ambos escenarios, el desenlace chileno impactará en la percepción regional de los proyectos políticos, en la confianza de los inversionistas y en la narrativa democrática de América Latina.

    Lo que está en juego, más allá de quién gane la presidencia, es la redefinición del vínculo entre Estado y ciudadanía. Chile, como otros países de la región, atraviesa una fase de fatiga democrática donde la promesa de cambio ya no basta; lo que se demanda es efectividad. En palabras que resumen la coyuntura actual, más que un giro ideológico, Chile muestra una transformación del contrato social: la ciudadanía busca certezas, no promesas. Esa será la prueba para cualquier gobierno que llegue a La Moneda.

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