Hay épocas del año en el que los ritmos se ralentizan y las prisas toman un segundo lugar. Por lo general, desde la cosmogonía occidental, esa etapa coincide con las fiestas navideñas y el fin de año —aunque, cualquier oportunidad que se nos presente, es buena—. Son momentos en los que las rutinas cotidianas se cambian y las urgencias se dejan para enero. Son días en los que la reflexión es una buena forma de ocupar nuestro tiempo. Tal vez sea buena idea pensar en la arquitectura de nuestro propósito.
En el mundo corporativo actual, el propósito suele promocionarse como una línea recta: una misión clara, un KPI alcanzable, un destino final. En ocasiones, el arte y el universo de los negocios se tocan. En estos días encontré gran inspiración en el premio Nobel de Literatura 2025, para quienes buscamos una profundidad real en el liderazgo, la literatura de László Krasznahorkai —específicamente su obra Al norte de la montaña, al sur del lago, al oeste del camino, al este del río— ofrece una perspectiva valiosa, aunque radicalmente distinta.
Krasznahorkai nos lleva a reflexionar en la maravilla de la ausencia de prisas, en ir más allá de lo instantáneo, en buscar la trascendencia. En la novela, el nieto del príncipe Genji busca “la belleza perfecta” en los templos de Kioto. No busca una eficiencia medible; busca un orden que trascienda lo efímero. Para la alta dirección, esta búsqueda encierra tres lecciones fundamentales sobre cómo construir organizaciones con un sentido de trascendencia.
1. El propósito no es un destino, es un proceso
Krasznahorkai nos describe un jardín japonés diseñado con tal precisión que parece infinito. En los negocios, solemos confundir el propósito con el éxito financiero. Pero el autor húngaro nos recuerda que la verdadera excelencia reside en poner atención, en estar atentos y tomarnos el tiempo par observar al detalle. Un propósito empresarial auténtico no es una placa en la recepción; es el rigor con el que se ejecuta cada proceso diario. Si la estructura interna no es armoniosa, el resultado final será una fachada vacía.
2. La resistencia a la inmediatez
Vivimos en la era de la “urgencia constante”. Frente a esto, la prosa de Krasznahorkai —famosa por sus oraciones larguísimas que parecen no terminar nunca— nos obliga a frenar. Las empresas que perduran son aquellas que, como los templos descritos en la novela, entienden el valor de la perspectiva a largo plazo. Construir una cultura organizacional sólida requiere tiempo y una visión que no se agote en el próximo trimestre. El liderazgo hoy requiere esa “respiración lenta” para distinguir entre lo que es ruido de mercado y lo que es valor real.
3. La estética de lo invisible
En la obra, lo más importante a veces no es lo que se ve, sino el vacío y el equilibrio entre los elementos. En los proyectos corporativos, en los planes empresariales, en las experiencias de emprendimiento esto se traduce en los intangibles: la confianza, la ética y el clima laboral. A menudo, los líderes se enfocan sólo en lo que pueden “mapear” (el Norte, el Sur, el Este y el Oeste). Pero el propósito real habita en el centro, en ese espacio invisible donde los empleados encuentran un sentido de pertenencia y lealtad. Saber que pueden confiar en sus jefes y que ellos pueden delegar a sus subordinados tareas de relevancia porque saben que se realizarán en forma adecuada.
La lección de Krasznahorkai para el CEO moderno es que la perfección no es un estado de llegada, sino una forma de caminar. Al igual que el protagonista que recorre los puntos cardinales en busca de un orden superior, las empresas deben dejar de ver el propósito como una herramienta de marketing y empezar a vivirlo como una disciplina arquitectónica. Sólo cuando una organización se diseña con la paciencia de un jardín milenario, logra volverse verdaderamente resiliente ante las tormentas del mercado.
El propósito no puede copiar y pegarse, no se le puede preguntar a un programa de inteligencia artiicial, ni extraerlo de un lugar y adaptarlo a otro. Ha de florecer de una reflexión profunda y entre las prisas, no nos damos tiempo para pensarlo. En momentos en los que el ritmo se ralentiza, tenemos el regalo de ser los artífices de la arquitectura de nuestro propósito.
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