La captura de Nicolás Maduro es apenas el inicio de lo que será un largo periodo de incertidumbre y de riesgos para el Venezuela y el continente americano.
Con el estilo que le caracteriza, Donald Trump no dejó escapar la oportunidad, en el momento de celebración, para acusar a Gustavo Petro por el tráfico de cocaína y amagar con operaciones en Colombia. También repitió que los cárteles del narcotráfico son los que mandan en México y que “algo se tendría que hacer al respecto.”
Una de las características del momento es que no conocemos cuáles serán los límites para Trump porque por el momento no existen, pero ahí está el anuncio del retorno de la doctrina Monroe para ir calibrado los niveles de riesgo.
El presidente derrocado era un dictador, se robó la elección del 2024, implantó una férrea militarización que significó la violación de los derechos humanos de modo permanente y provocó, entre otras cosas, el éxodo de seis millones de venezolanos, que tuvieron que partir de su país por motivos políticos, económicos y humanitarios.
Hay una acusación formal en la Corte Penal Internacional, a la que habría que añadir el expediente de la Fiscalía en Estados Unidos y los señalamientos sobre narcotráfico.
Pero su contraparte, Trump, está lejos de ser un demócrata, no está en su agenda que se restablezca el Estado de Derecho en Venezuela, sino la apropiación del petróleo.
De ahí que la primera disposición sea la de mantener a la estructura chavista, siempre y cuando la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, obedezca, si no quiere “enfrentar consecuencias peores que las de Maduro”.
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Marco Rubio, el secretario de Estado, y uno de los más estrechos colaboradores de Trump le dijo a CBS News que “si no toman las decisiones adecuadas, EE. UU. mantendrá múltiples palancas de presión para garantizar la protección de nuestros intereses.”
Por ahora, la cúpula militar y los políticos de mayor peso en el régimen venezolano respaldan a Rodríguez, pero todo es incierto.
Lo que empieza a devalarse, es la traición interna, un topo de la CIA que permitió que los Delta Force tuvieran la información precisa de dónde se encontraba Maduro y su esposa, Cilia Flores.
De poco sirvieron los talismanes con los que solía viajar el sucesor de Hugo Chávez, entre ellos, como recordó Daniel Lozano en su crónica para el matutino español El Mundo, la Espada de Urdaneta, el Pendón de Pizarro y el anillo de esmeraldas que le regaló el gurú indio Sai Baba.
Tampoco resistió su escolta, y murieron 32 militares cubanos durante el operativo Resolución Absoluta.
Son hechos consumados, pero sí existió otra posibilidad para Venezuela.
Las elecciones del 2024 mostraron lo que opinan la mayoría de los ciudadanos. Los resultados, los que pudo recabar la oposición, porque de los oficiales nunca se presentaron las actas respectivas, dieron el 67 % a Edmundo González, el candidato impulsado por el movimiento que lidera Corina Machado, y un 30% para Nicolás Maduro.
En efecto, de haberse respetado la voluntad popular, se habría dado una oportunidad al restablecimiento de la institucionalidad y a la vuelta a la normalidad democrática.
Por desgracia, lo que se está configurado para Venezuela es un protectorado. Estados Unidos estará presente en tanto se consume una “transición” de la que por el momento no existe mayor claridad y de la que, de momento, están descartados Edmundo González y Machado.
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