A lo largo de los años, la administración ha sido una disciplina que ha movido su ojo focalizador: unas veces se a enfocado en las instalaciones, otras en el producto, en el talento, en los sistemas, pero siempre ha sido entendida como el arte de optimizar recursos para maximizar resultados. Los administradores usan herramientas como la eficiencia, rentabilidad y control. La ecuación parecía clara: los negocios deben generar utilidades. Sin embargo, esa lógica —útil durante décadas— hoy resulta insuficiente. En un entorno marcado por la turbulencia geopolítica, la crisis climática, la desigualdad social y la desconfianza institucional, administrar ya no puede limitarse a hacer bien las cosas: debe preguntarse si esas cosas merecen ser hechas.
Los cuestionamientos que uno hace frente a un proyecto de emprendimiento, un plan empresarial, la ampliación de un radio de influencia, el lanzamiento de un nuevo producto al mercado debe pasar por el tamiz reflexivo de la intención. En el pasado, estos análisis no se hacían y no se llevaban a cabo porque no estaban en el radar del entorno. Hoy, si queremos pensar en generaciones futuras, debemos hacerlo.
Hablar de administración sustentable no es hablar de una moda ni de una etiqueta amable para reportes anuales. Es hablar de una transformación profunda en la forma de tomar decisiones, de asignar recursos y de asumir responsabilidades. Estamos viviendo momentos en los que necesitamos reconocer que toda organización opera dentro de un ecosistema social, ambiental y económico del cual depende, y al cual afecta, quiera o no. Esto es así porque necesitamos encarar nuestra conciencia social.
Es cierto, la administración siempre ha tenido sus cuestionamientos. Insisto, con los cambios de paradigma, el ojo focalizador debe atender temas viejos y adaptarse a los nuevos. En el pasado y bajo las reglas de la administración tradicional nos preguntabamos: ¿cuánto cuesta?, ¿cuánto produce?, ¿qué tan rápido crece?
La administración sustentable agrega otras preguntas incómodas pero necesarias: ¿a costa de qué vamos a producir?, ¿para quién?, ¿por cuánto tiempo?
Cuidado, este enfoque no niega la rentabilidad; la redefine. Una empresa que no genera utilidades no es negocio. Un empresario que no tiene su interés puesto en generar utilidades está haciendo mal su trabajo. Pero, una empresa que destruye su entorno, quema a su talento o erosiona la confianza social puede ser rentable hoy, pero difícilmente será viable mañana. La sustentabilidad, en este sentido, no es un freno al crecimiento: es una estrategia de supervivencia a largo plazo.
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Hubo momentos en los que la administración se podía dar el lujo de tener una visión muy espacializada, parcial o de corto plazo. Hoy, la sustentabilidad nos exige ampliar nuestras miras, ensanchar nuestros horizontes. Administrar de manera sustentable implica, primero, pensar en panoramas extendidos. Es preciso dejar de pensar sólo en el cierre del trimestre, sino que hay que empesar a considerar el impacto de las decisiones dentro de cinco, diez o veinte años. Implica también integrar criterios ambientales, sociales y de gobernanza en la planeación estratégica, no como anexos decorativos, sino como variables centrales del negocio.
En la práctica, esto se traduce en decisiones concretas. Por ejemplo, hay que considerar la inclusión de cadenas de suministro más responsables, políticas laborales que priorizan el bienestar y no sólo la productividad, modelos de innovación que reducen desperdicios, liderazgos que rinden cuentas y aceptan límites. No es idealismo: es gestión compleja en un mundo complejo.
Uno de los mayores errores es pensar que la administración sustentable es responsabilidad exclusiva de grandes corporativos. Toda organización administra impacto, sin importar su tamaño. Un proyecto de emprendimiento que cuida a su equipo, que cumple con la ley, que gestiona responsablemente sus recursos y que construye relaciones éticas con su comunidad ya está practicando sustentabilidad. Un zapatero que hace bien su labor, que entrega en tiempo y forma, que trabaja con honestidad está siendo más sustentable que aquellos grandes corporativos que invierten millones de dólares en campañas de sustentabilidad sin estar comprometidas.
La sustentabilidad, insisto, es un cambio de paradigma que exige una transformación cultural dentro de las organizaciones. Es muy importante entender que la sustentabilidad no se decreta desde un manual; se construye desde la coherencia entre el discurso y la acción. No basta con hablar de propósito si los incentivos internos premian conductas contrarias a él. No basta con medir huella de carbono si se ignora la huella humana del desgaste, la precarización o la exclusión.
En este punto, el rol del administrador —y del líder— se transforma. La administración sustentable mueve los elementos de lugar. Así, un director sustentable deja de ser nada más un gestor de procesos para convertirse en un custodio de consecuencias. Se trata de hacernos responsables de nuestras decisiones y acciones.Cada decisión administrativa tiene efectos que trascienden los estados financieros: afecta personas, territorios, relaciones y futuros posibles.
La administración sustentable no promete soluciones simples. Al contrario, acepta la tensión entre crecimiento, ética y responsabilidad, y aprende a gestionarla. Requiere formación, datos, diálogo interdisciplinario y, sobre todo, voluntad política y organizacional.
Quizá la pregunta clave no sea si las empresas pueden darse el lujo de adoptar una administración sustentable, sino si pueden darse el lujo de no hacerlo. En un mundo donde los recursos son finitos y la legitimidad se construye día a día, administrar sin considerar el impacto ya no es neutral: es una decisión con costos cada vez más visibles.
Administrar sustentablemente, al final, es reconocer que el verdadero éxito organizacional no se mide sólo por lo que se gana, sino por lo que se preserva.
El reto de la administración sustentable radica en torno a hacer las cosas bien, tomando en cuenta las utilidades que se generarán, el impacto que se causará, rodeándo nuestros proyectos, planes y programas con un círculo virtuoso. De que se puede, se puede.
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