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    Por Edgar Alonso Angulo Rosas*

    En la historia de las civilizaciones, la única constante absoluta es el abuso autoritario de quienes detentan el poder. La civilización no es más que el juego de ascensos y caídas de personas, dinastías e imperios que se suceden bajo sueños utópicos de grandes transformaciones basadas en reclamos de justicia. Sin embargo, el tiempo siempre demuestra que, una vez derrocados los regímenes combatidos —ya sea por las vías legales o por las romantizadas luchas armadas—, los nuevos redentores acaban traicionando sus propios discursos. El poder no solo corrompe; el poder deshumaniza.

    La historia oficial es el arte de romantizar la barbarie. Se nos presenta a los “héroes” como seres impolutos, desconociendo las sombras que los habitaron. Pero tras el bronce se esconde la voluntad de anular al anterior. Esta pulsión no es nueva: los atenienses, padres de la democracia, sentenciaron en el Diálogo de los Melios que “el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe”, masacrando a una población neutral sin rastro de moralidad. Roma fue más allá con la Damnatio Memoriae: no bastaba vencer al enemigo; había que borrar su nombre de las piedras y decretar que nunca existió. En los pasillos de los gobernantes suele escucharse la sentencia cínica: “el poder es para ejercerse”.

    Así, el crecimiento de las naciones no es la obra de hombres libres, sino de quienes destruyeron a otros para lograr sus objetivos. Los ejemplos de Stalin y sus purgas, o Hitler y el exterminio de sus opositores alemanes —de quienes se habla poco—, muestran que el totalitarismo requiere convertir al adversario en un paria. Ya sea mediante persecuciones judiciales, fiscales o mediáticas, el objetivo es que el oponente deje de ser una persona para convertirse en un estorbo que debe ser removido.

    Hitler no solo persiguió a judíos y comunistas; para consolidar su poder absoluto, utilizó a las SS (Schutzstaffel) en la “Noche de los Cuchillos Largos” para purgar a las SA (Sturmabteilung), el mismo ejército paramilitar de aliados que lo había llevado a la cancillería. En esa fatídica jornada de 1934, las SS ejecutaron a Ernst Röhm —líder de las SA y amigo íntimo de Hitler— y a toda la cúpula que lo había ayudado a subir. Fue el ejemplo perfecto de la máxima: “uso al aliado para subir y lo aniquilo para gobernar”. En el poder absoluto nadie está a salvo.

    Del mismo modo, el momento más oscuro de Stalin no fue la lucha contra enemigos externos, sino la destrucción de sus propios camaradas en el XVII Congreso del Partido (1934) —irónicamente llamado el “Congreso de los Vencedores” y posteriormente “Congreso de los Condenados”—. Allí, la mayoría de los delegados que osaron cuestionar o simplemente no aplaudir lo suficiente, fueron purgados —un eufemismo de aniquilados—. El poder absoluto vive bajo la sospecha eterna de la traición.

    En este espejo de contradicciones, el concepto de “traición” se vuelve flexible. En México, hoy se llama “apátridas” a unos mientras se santifica a Juárez y Madero. Sin embargo, ambos buscaron en Estados Unidos el oxígeno para sus causas. Juárez, en su hora más desesperada, estuvo dispuesto a firmar el Tratado McLane-Ocampo, cediendo soberanía a perpetuidad a cambio de reconocimiento. Por otro lado, la narrativa oficial omite que Porfirio Díaz entregó un país con aspiraciones soberanas, finanzas sanas, sin deuda externa y estabilidad macroeconómica —aunque con una desigualdad estructural profunda y a pesar de la dureza, también criminal, en su ejercicio de gobierno—.

    Mientras tanto, Francisco I. Madero encontró refugio en San Antonio, Texas, desde donde redactó y difundió el Plan de San Luis, recaudó fondos y compró armas. El “apóstol”, movido por el espiritismo esotérico y el pensamiento mágico, encabezó un gobierno fallido que traicionó a sus propios aliados, lo que precipitó la ruptura con el gobierno americano. Con ello iniciaron las batallas fratricidas y el desastre económico que sobrevino tras el quiebre del orden.

    ¿Cómo distinguir a un “traidor bueno” de uno “malo”? La respuesta es amarga: la diferencia no es moral, sino de quien controla la imprenta, la prensa, los medios digitales o la mañanera. El héroe es quien usa al enemigo extranjero para triunfar y luego llama a esa alianza “estrategia patriótica”, mientras el derrotado —como el propio Díaz— queda sepultado en el exilio, sin permitírsele regresar ni después de muerto. La historia no la escriben los justos, sino los sobrevivientes que logran anular la memoria de los vencidos.

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    La velocidad con la que opera la metamorfosis del poder es sorprendente. Aquel que ayer caminaba con sandalias en el polvo y pregonaba austeridad, hoy se embriaga con el vértigo de la altura. El cuerpo se acostumbra con sospechosa facilidad a la buena vida, a los viajes de lujo y a las cortesías del cargo —todas ellas efímeras—, mientras la memoria del origen se desvanece. El oído se vuelve selectivo: el mismo que antes encabezaba las marchas, ahora desprecia la protesta, viéndola como un ruido insolente. Qué rápido caen los ideales ante el canto de las sirenas al cruzar el Atlántico; qué fácil es cambiar la incomodidad de la lucha y de la tienda de campaña, por la Europa decembrina, la sala VIP y la clase premier.

    El régimen actual en México es un triste recordatorio de esta ciclicidad. Apela al respeto al débil y a la soberanía frente al fuerte, pero en la praxis persigue y silencia. Veracruz y Campeche se alzan hoy como muestras vivas de la persecución. En estos feudos, gobernados con mano dura, la prensa crítica no es vista como un contrapeso, sino como un enemigo a destruir; periodistas y activistas han sido hostigados y perseguidos bajo acusaciones delirantes que, en la práctica y el discurso, los equiparan con terroristas o saboteadores de la paz pública, usando fiscalías a modo para silenciar la pluma crítica.

    La concentración de poder de los últimos dos sexenios ha fracturado la división de poderes, derivando en una peligrosa paranoia interna. La consigna de “estás conmigo o estás contra mí”, más que una declaración política, es un síntoma de un trastorno paranoide, un delirio persecutorio. Porque cuando se ama a la patria se puede también criticar, observar, discernir e incluso combatir con el arma de las palabras.

    Incluso en el espejo latinoamericano contemporáneo la farsa se desmorona: si el régimen de Nicolás Maduro era la epopeya democrática que decían defender, ¿por qué hoy, ante la presión de su propia sombra, se ven obligados a liberar a cientos de presos políticos? La respuesta es triste: siempre sí los hubo. ¿Dónde están ahora los negacionistas? ¿Acaso no hay valor para pedir perdón? ¿Cuántos regímenes en Latinoamérica siguen esos mismos pasos?

    Las derechas y las izquierdas no importan; son el pretexto discursivo de las peores atrocidades. La libertad y la justicia social son palabras que han perdido su esencia, han sido prostituidas, mancilladas y utilizadas a conveniencia en las narrativas de los vencedores.

    Nadie puede festejar la intervención extranjera del poderoso, pero ha faltado mucha empatía al ver el ejercicio moderno del poder en las naciones. Aquel que aplastó al opositor, hoy pide civilidad, certeza jurídica y respeto al derecho internacional; lo pide ante el fuerte, solo ante el fuerte. Ojalá el karma no nos alcance.

    Las nociones de los “buenos” y los “malos” se desdibujan. Al invocar al himno para la defensa de la patria, debe saberse que también habla de combatir al “extraño enemigo”; el problema es que el enemigo hoy habita también junto a los gobernantes, en los pasillos de sus palacios y torres. Ese enemigo les habla al oído, les aconseja y decide por ellos. Ese enemigo tiene nombre: soberbia histórica.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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