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    Por Edgar Alonso Angulo Rosas*

    La voz de la razón es baja, pero no descansa hasta hacerse oír.
    —Sigmund Freud

    En la psicología clínica se suele iniciar las consultas explicando a los pacientes que el espacio terapéutico no es fácil. Aunque los espacios sean amables, confortables y estén ambientados para generar paz, el quehacer clínico es, sin lugar a duda, uno de los lugares más incómodos, difíciles y ásperos en los que se pueda habitar. Allí se exorcizan demonios, se combaten fantasmas transgeneracionales y se mira al espejo para encontrar verdades incómodas. Todo esto se hace a través de poner a prueba hipótesis clínicas, buscando que los consultantes derriben defensas, acepten opciones y corrijan; en esencia, que descubran, entiendan y transformen aquello que ocasiona su malestar.

    Al paciente se le responsabiliza de sus conductas y omisiones, así como del resultado que estas provocan. Contrario a la creencia popular, el paciente es confrontado, no confortado; el buen terapeuta no le “da la razón”. Incluso cuando detecta conductas que ponen en peligro su integridad, procede con los protocolos necesarios (violencia intrafamiliar, maltrato infantil, adicciones, ideación suicida, etc.), salvaguardando la integridad del paciente y de terceros, pero también abre el espacio para reflexionar sobre cómo y por qué llegó ahí.

    Esta confrontación, más allá de las teorías de cada escuela clínica, es en esencia el común denominador del ejercicio terapéutico: la crítica al sujeto consultado. Una crítica que construye, protege, fortalece, libera y permite caminar hacia la plenitud, donde se experimenta el poder del potencial en la congruencia de cada individuo; el terapeuta busca descubrir “a la persona que puede llegar a ser”, como diría Nietzsche.

    Criticar no es traicionar. El periodismo crítico es, quizá, el gran terapeuta de la política y, por extensión, de la nación. Voces tan diversas como las de Octavio Paz, Enrique Krauze, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Granados Chapa y Carlos Monsiváis coinciden en que el gobernante debe aprender a vivir y convivir con la crítica, no a perseguirla, ridiculizarla o anularla. Más que un acto de oposición, es una forma de ejercer un deber cívico. El crítico no odia al país que cuestiona; lo ama lo suficiente para incomodarlo. En el ejercicio del análisis, el paciente puede enojarse con el analista; eso es intrascendente, siempre y cuando las metas terapéuticas se alcancen. El gobierno podrá no estar de acuerdo con los intelectuales, pero no debiera dejar de escucharlos.

    Quizá por ello los romanos fundaron su República (509 a. C.) sobre una idea: nunca más tener un rey. Su pánico a la tiranía (la locura de un solo hombre) los llevó a crear un sistema de crítica institucionalizada. Sin embargo, la historia de los emperadores (Calígula, Nerón, Domiciano, Cómodo) es una clase obligada de psicología sobre la “locura del poder”. Una vez que las instituciones republicanas, como el Senado, perdieron su poder real, ya no había crítica externa ni contrapesos. El emperador solo tenía aduladores, lo que inevitablemente ocasionó una paranoia extrema.

    Calígula creyó que todos conspiraban en su contra (y aunque algunos lo hacían, su paranoia se volvió universal), llevándolo a ejecuciones masivas, a humillar al Senado (famoso por querer nombrar cónsul a su caballo) y a exigir que lo adoraran como a un dios viviente. A Nerón, su paranoia lo llevó a asesinar a su madre, a su hermanastro y, finalmente, a sus antiguos maestros, como Séneca.

    El pensamiento único es el delirio de omnipotencia que asume que la verdad es un mandato divino o popular. No importa si alguien llega o no con mayor validación democrática, nadie tiene el monopolio de la voz del pueblo; nadie puede hablar por la patria. El poder tiene el peligro de convertir a los ciudadanos en adeptos que, en su afán de creer, se ciegan a la realidad. El gobierno siempre necesitará una voz que se lo recuerde.

    Esa ceguera es, precisamente, el fenómeno que analizó Hannah Arendt. Al cubrir como reportera el juicio de Adolf Eichmann, descubrió que el mal más aterrador no provenía de monstruos sádicos, sino de la “banalidad” de burócratas: hombres normales que renunciaron a “pensar”, es decir, a tener un diálogo introspectivo. Cuando el pensamiento único —en forma de eslóganes y órdenes— reemplaza al juicio crítico, el totalitarismo florece. Arendt nos advirtió que el peor crimen es, simplemente, dejar de pensar, renunciar al juicio moral y obedecer sin cuestionar. Adolf Eichmann no era un psicópata, no era especialmente antisemita ni disfrutaba matar; quizá solo quería ser un buen funcionario del régimen. Ahí residía el peligro.

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    Sigmund Freud, en El malestar en la cultura, ofrece el diagnóstico preciso de esta locura. Para Freud, hay un precio que pagar por la seguridad de la civilización. El ser humano, para poder convivir, debe reprimir sus pulsiones más elementales: la agresión (Tánatos) y el placer (Eros). Reprimirlas no las desaparece, sino que las internaliza y las transforma en lo que él llamó el “superyó”, la conciencia moral introyectada que nos vigila y nos castiga con la culpa.

    El problema del poder absoluto, como el de Calígula, Nerón o los líderes populistas modernos, es que libera al líder de esta represión. El colectivo adulador le da permiso para desatar sus pulsiones primitivas sin filtro; la agresión ya no se internaliza como culpa, sino que se proyecta hacia afuera como paranoia, tiranía y control. Es el individuo que, al negarse a pagar el precio de la civilización, termina por destruirla, dando lugar a los episodios más oscuros de la humanidad: limpiezas étnicas vestidas de patriotismo, persecuciones políticas y la eliminación pública de los opositores.

    Es fundamental distinguir la crítica de la militancia. Señalar las incongruencias del régimen en turno, advertir los riesgos de una reforma legal o proponer alternativas a una política pública no son, de ninguna forma, un ejercicio de nostalgia. No equivalen a validar a exgobernantes ni a oponerse visceralmente a un movimiento.

    Por el contrario, la crítica es la labor de poner el saber al servicio de la patria. Es un ejercicio que posee una particularidad esencial, a menudo olvidada en la polarización: se hace por convicción cívica, no por interés económico. Es un acto de patriotismo, no de transacción.

    Jorge Ibargüengoitia, quien falleció en un trágico accidente aéreo el 27 de noviembre de 1983 (cuya efeméride luctuosa conmemoramos esta semana), lo entendió perfectamente. En su libro Las muertas, sobre el caso de las Poquianchis, escribió con magistral vigencia: «El procurador general de la República […] era un hombre enérgico que estaba dispuesto a aplicar la ley, aunque para ello tuviera que violarla».

    Esa sátira es hoy una realidad convertida en política de gobierno. Lo ocurrido con la reciente recomposición de la Suprema Corte no es un hecho aislado, sino el síntoma de esa ironía trágica: el poder ha perfeccionado el arte de violar la ley en nombre de la ley. Tal como nos advierte la efeméride de Ibargüengoitia, cuando la crítica es silenciada, el absurdo toma el control.

    Ya no se necesita violar la ley a escondidas; ahora la transgresión se convierte en ley, usando las mayorías del Congreso para fabricar un argumento a modo para cada una. Se validan “fraudes patrióticos” —con acordeón y todo— o se anulan juicios firmes como si fueran errores contables, destruyendo el principio de cosa juzgada. Se desmantelan organismos de transparencia en nombre de una “austeridad” que solo aplica a los contrapesos. Se minimizan “tesis plagiadas” como errores juveniles si el implicado es un aliado, pero se magnifican como crímenes de Estado si es un adversario. Se prefiere al “incompetente leal” sobre el experto crítico, bajo la premisa de una “honestidad” que solo el líder puede definir. Y si la realidad objetiva contradice al poder, simplemente se desecha y se invocan “otros datos”. Pasamos del surrealismo mexicano al México mágico, hasta quedar atrapados en una nación onírica que parece incapaz de despertar.

    Todo esto nos recuerda que, sin el espejo, sin el periodismo crítico, sin la columna, el poder siempre encontrará la forma de violar la ley en nombre de la ley. El ejercicio de la crítica no es, por tanto, una opción; es el deber cívico que nos mantiene en los límites de la cordura nacional: el superyó freudiano que pone freno a las muchas pulsiones del poder.

    Sobre el autor:

    *Edgar Alonso Angulo Rosas es psicólogo clínico y experto en adicciones con amplia experiencia en prevención y atención a violencias, adicciones, salud mental y derechos humanos. Ha ocupado cargos directivos en ONGs, sector público y privado.

    Correo electrónico: [email protected]

    Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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