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    La productora A24 se ha consolidado como una especie de faro del cine contemporáneo gracias a la producción y narrativa de sus filmes. Pero este 2026, quizá sin habérselo propuesto del todo, la productora está por cambiar la forma en la que vemos, conceptualizamos y disfrutamos el séptimo arte.

    Al cobijar dos proyectos aparentemente opuestos, el estudio abrió las puertas a un cine que ya no se mide por la luz capturada en un set, sino por la gestión de algoritmos y mitos digitales. Me refiero a la experimentación con inteligencia artificial de Darren Aronofsky en “En este día… 1776” y la adaptación del terror analógico propio de la web con “Backrooms” de Kane Parsons.

    Por una parte, nos encontramos ante la propuesta de Aronofsky, realizada al 100% con IA. Con esta acción, el director rompe el vínculo físico que le quedaba al cine: la necesidad de la cámara y el registro de la realidad. Aquí, la IA no es un efecto visual; es el lienzo y el pincel.

    Este modelo cambia radicalmente la forma de hacer cine, transformándolo en una proyección de datos donde la imagen es líquida y el “actor” es un espectro sintético. El cine deja de ser una captura del mundo para convertirse en una alucinación dirigida, una mezcla de píxeles que obedecen directamente a la voluntad del autor sin pasar por el filtro de la materia.

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    Por el otro lado, tenemos el fenómeno de los Backrooms. Si Aronofsky altera el cómo, Kane Parsons altera el qué. Al llevar a la gran pantalla una mitología nacida en los foros de 4chan y pulida en YouTube, se cambia el origen de los tropos típicos del cine.

    Ya no es el guionista en su torre de marfil quien dicta qué nos asusta; ahora es el folclore digital, la “creepypasta” y el miedo colectivo a los espacios liminales lo que nutre la narrativa. El origen del tropo se desplaza de la literatura o el guion original hacia la colmena de internet. El director ya no es un creador desde la nada, sino un curador de miedos que ya han sido validados por millones antes de que se encienda el proyector.

    Lo que estamos presenciando es una metamorfosis velada. El cine se está transformando no solo en sus herramientas técnicas o en sus temáticas de nicho, sino en su propia esencia. Estamos ante el preludio de un cambio más profundo: el cine a demanda.

    Si hoy aceptamos que una película puede nacer de un algoritmo puro y que su trama puede ser el resultado de un mito de internet, el siguiente paso lógico es la disolución de la obra fija. Nos acercamos a un futuro donde el espectador, a través de la IA, podrá generar su propia narrativa en tiempo real, adaptando el mito a sus propios temores y deseos.

    El cine está dejando de ser un objeto terminado para convertirse en un flujo constante, una experiencia que ya no se observa, sino que se habita y se convoca a voluntad.

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